Sobre la pereza

Ésta es una historia que empecé hace ya más de un año y medio y que había dejado inacabada en la página tres. Espero que les guste y que no se haya notado demasiado mi cambio de estilo.

Sobre la pereza


Camilo Estronshot estaba sentado en una silla; con las piernas estiradas y relajadas; la columna vertebral recta y en posición de descanso; la nuca apoyada en un extremo de ésta; y los brazos extendidos a ambos lados del asiento. Estaba tan aburrido y tan impertérrito y fuera de preocupaciones que por un momento creyó que se iba a dormir, a pesar de encontrarse en su trabajo. Pero no le importaba, ya que su cabeza no estaba lo suficientemente activada en aquella circunstancia como para darse cuenta de lo graves que podrían a llegar a ser las consecuencias. Esta increíble falta de preocupación también se podría deber a la casi inutilidad de su presencia en el lugar donde ejercía su deprimente empleo, pues no había habido ningún caso de asesinato en más de dos años y medio, y si no ocurría ninguna muerte sospechosa transcurridos muchos más meses, más era probable que su sueldo terminara por ser aún más rebajado, cosa que era de temer para nuestro joven detective; que por ese motivo deseaba desde lo más profundo de su corazón que alguien resultara fallecer por razones desconocidas en un intervalo corto de tiempo, comenzando el conteo a partir de aquel instante en el que se encontraba.

Le haría excesivamente bien a su economía si tal cosa sucediera.

Camilo Estronshot era un joven de treinta y dos años, llevaba una barba sin cortar, aunque no demasiado larga: había tenido que ser una persona bastante lampiña; su nariz era de unas magnitudes bastante considerables, pero no se podía decir que fuera alguien completamente narigón porque no era de diámetros tan enormes como para poder catalogarlo como tal; sus labios eran algo finos y no tenían ninguna propiedad que fuera necesaria recalcar; llevaba el cabello algo largo y todo tirado para atrás bien a la antigua; y vestía una campera negra de cuero, unos pantalones de jeans y unos zapatos negruzcos. Era alguien que muy a menudo pecaba de perezoso, no obstante era bastante jovial con las personas que lo rodeaban y generalmente sacaba buenas conclusiones en la mayoría de los casos en su trabajo.

Fue en ese entonces cuando, inesperadamente, llegó aquella feliz noticia que tanto esperaba Camilo Estronshot. Mientras estaba apunto de cerrar los ojos por completo para sumirse total y definitivamente en el más que maravilloso mundo de los sueños, una sombra de un hombre alto y robusto entró en la oficina, provocando que los abriera en un instante.

—Te ves tan bien descansado..., como siempre, Camilo —dijo Juan Ramírez, un humano formidable de estatura y con una musculatura perfectamente esculpida que le daba una imponente estampa.

—¡Oh, cállate! —farfulló Camilo, bastante molesto—. Ahora no me vengas a decir que tú eres un trabajador demasiado sacrificado.

A Juan Ramírez no le pareció afectar mucho ese comentario. En realidad nunca le perturbaba nada.

—Todo parece indicar que tus días de vagancia han terminado —anunció con su pastosa voz.

—¿Qué quieres decir?

—Encontraron a una pareja muerta en la plaza Frosternair —respondió Juan Ramírez sin denotar emoción alguna en su pétrea faz, para la descomunal alegría de Camilo Estronshot— y todo parece indicar que se trató de la típica pareja de jovencitos enamoradizos enfrascados en dantesco trío.

—Muchísimas gracias por informarme de este asunto —dijo Camilo Estronshot intentando con todas sus fuerzas ocultar su sonrisa (no era muy prudente burlarse de los muertos)—, tomaré el caso.

—Bien, si necesitas algo pégame un grito —dijo Juan Ramírez mientras saludaba con una mano.

—Te pegaré más que un grito si no me dejas trabajar en paz —dijo Camilo, que se había echado a reír—. Mira que este día me siento de muy buen humor.

El lugar en que los hechos habían transcurrido era una gran plaza que se encontraba a aproximadamente media ciudad de en donde estaban. Camilo iba sentado en un asiento de su FIAT modelo seiscientos, una versión de automóvil vieja y anticuada; pero a él no le daba mucha importancia eso, ya que no se consideraba un gran fanático de los coches, ni tampoco le era grato transportarse por medios de vehículos tan cómodos, aunque quizás el que poseyera un auto de tan baja calidad se debía más bien a su extrema falta de interés hacia gastar grandes cantidades de dinero en asuntos de dicha jaeza. Aunque a él realmente no le atraía demasiado la idea de poseer buenos y lujosos medios de transporte, le causaba bastante placer manejar por las calles, recorrer los locales y los edificios, apretar el acelerador para ir un poco más rápido; doblar en las esquinas; escuchar las bocinas; sentir el sol en medio del rostro; percibir una agradable brisa en los antebrazos; respirar unas bocanadas de aire puro mientras el viento mecía suavemente sus cabellos.

Por fin, después de tantas escenas inútiles, Camilo Estronshot había llegado a la escena del crimen. Rodeada por una inmensa cinta policial estaba el centro de la vasta plaza Frosternair, y por el resto de ésta se podía pasear tranquilamente con la familia, con amigos, con una mascota o solo.

Ambos cuerpos se habían encontrado intactos, enterrados a solamente dos centímetros de la superficie de tierra; éstos se hallaban en un estado de putrefacción media, es decir que se podía dar un calculo a simple vista del tiempo que llevaban muertos de unos dos días aproximadamente; y alrededor de éstos y a doscientos metros a la redonda se podía notar el terriblemente asqueroso olor que los cadáveres, otrora humanos bióticos, despedían. Camilo se acercó con un pañuelo en la nariz, pasó por encima de la cinta de la policía y miró con una mueca de desagrado aquella repulsiva imagen.

Los forenses iban equipados con sus habituales guantes de látex, sus bolsitas con cierre a presión para las evidencias, tizas blancas para marcar los lugares donde fueron encontrados sendos cuerpos, entre otras herramientas, como por ejemplo tijeras, bisturís y gasas. Luego de que hubieran recogido todas las evidencias posibles y que desnudaran los cuerpos inertes por completo los llevarían a la morgue para realizar una autopsia, pero antes de que sucediera aquello Camilo deseaba investigar a fondo la escena del crimen, pues era crucial hacerlo si lo que quería era realizar una fructífera investigación del caso.

—Estos no fueron encontrados así, ¿o sí? —le preguntó Camilo a un forense mientras se rascaba la pera.

—Claro que no —le contestó— ellos estaban enterrados en una finísima capa de tierra de tan sólo dos centímetros.

Camilo observó al instante que la tierra que rodeaba a las víctimas estaba algo corrida y que la ropa estaba impregnada de polvo.

—Me imagino que es algo completamente innegable para todos de que el homicidio debió haber ocurrido a la noche, quizás entre la una y las cuatro de la mañana, y que el o la asesino o asesina debió haberlos matado rápidamente y en silencio, y hacer un entierro improvisado —reflexionó Camilo mirando a un perito que le devolvía la mirada anonadado, como preguntándole qué quería de él.

“Habría sido mejor que el ministerio de seguridad me hubiese asignado un asistente con el que discutir todo esto, bien a lo Sherlock Holmes y Watson, pero como éste es un pueblo tan pacífico no lo creyeron muy necesario” pensó Camilo arrodillado frente a las víctimas y observando cómo los forenses hacían la tarea para la que habían sido contratados.

La blusa que llevaba puesta la víctima mujer poseía en su interior un celular BlackBerry, unas cuantas monedas (se podía colegir que las había llevado con el fin de viajar en colectivo), un billete de veinte pesos viejo e invadido por centenares de pequeñas arrugas, además de un juego de llaves adornado con un adorable llavero con forma de corazón. Todos estos objetos fueron colocados en bolsas herméticas con sumo cuidado, al ser considerados como pistas fundamentales en la pesquisa, y se colocó una etiqueta en cada una de éstas en las que se escribió con un marcador indeleble negro la palabra del castellano “EVIDENCIA”.

Un hecho considerablemente curioso tanto como para Camilo como para los forenses fue que la víctima de sexo masculino no llevaba ningún elemento tecnológico o de ninguna otra naturaleza en su abrigo de cuero más que un par de centavos, suficientes para realizar un corto recorrido en autobús. Por lo general, las personas solían llevar consigo algún celular, algo de dinero o, por lo menos, llaves que permitiesen hacerlas retornar a sus hogares.

El Sol estaba brillante en el medio del despejado cielo, tirando todos sus rayos infernalmente calientes sobre la desgraciada nuca de Camilo, que inmediatamente sintió una innumerable cantidad de olas de calor recorriendo cada fibra de su ser, y le dio la sensación de que su hirviente sangre recorría sus venas tan deprisa que en algún momento éstas le irían a estallar en fragoroso estruendo. Entonces su garganta se comenzó a comprimir, señal de que era un ineludible y absoluto menester para una plena satisfacción personal ingerir algún líquido que suprimiera, aunque sea en proporciones mínimas, su terriblemente atormentante y abrasante sed. Por lo tanto cogió una botella de coca cola que previamente había comprado en un kiosco y bebió la sustancia que había en su interior con una desesperación casi innatural. Una inimaginable sensación de bienestar surgió en su corazón en el preciso momento en que el milagroso brebaje pasó a través de su deshidratada laringe. El resto de los agentes federales que se encontraban allí se lamentaron irreparablemente de no haberse acordado de comprar anteriormente algún tipo de bebida que apaciguara sus respectivos malestares, y observaron esta escena con mirada de bestia sedienta y voraz.

-¿Cómo crees que murieron? -le inquirió Camilo a uno de los agentes federales que pasaban por allí.

-Bueno... -el hombre se rascaba el cuero cabelludo con nerviosismo, mientras que su facciones reflejaban la misma concentración de los matemáticos al hacer sus intrincadas fórmulas-. Debió de haberlos matado alguien que conocía a la perfección la anatomía humana, cabe la posibilidad de que hubiese sido un médico o alguien que tuviese profundamente estudiado el funcionamiento del cuerpo..., quizás algún asesino serial muy observador, o algún otro hombre, quizás de mediana edad, con padres cirujanos..., médicos; no sé...

-Sí, se nota que no sabes -dijo Camilo tocándose la barbilla con gesto ceñudo-. Que los cuellos de sendas víctimas estuvieran perfectamente doblados y que no se pudiera percibir daño más alguno en ellos, no denota, de ninguna forma, conocimiento biológico de parte del agresor. Cualquiera sabe que de un golpe fuerte en la nuca, todo animal vertebrado expira como consecuencia de sucederle aquello.

-Puede, sí, que tengas razón... -porfió el mismo hombre-, mas hay algo que todavía no me deja demasiado convencido. ¿Cómo es que sus aspectos se mantienen así de tranquilas, con una apariencia tan relajada y apacible? Es la primera vez que observo semejante portento. Generalmente, sólo los cadáveres más ancianos son los que, ya fuera de este mundo, siguen mostrando una expresión similar; y ni estos últimos lo hacen si es que resultaron ser los infortunados blancos de un psicótico homicida. Nadie le sonríe a la parca, ni el más noble ni el más infame. La chica y el chico debieron haber muerto en el mismo instante, sin siquiera darse cuenta de que algo anormal estaba ocurriendo. El golpe que les dislocó el cráneo debió haber sido ejecutado por una mano desmesuradamente diestra; no puede haber otra explicación al asunto.

-¿Y qué tiene que ver todo eso que me explicaste con tener conocimientos del metabolismo de los humanos? -preguntó Camilo.

-No sé, simplemente tengo esa sensación -contestó el contertulio del inspector-. Si el muchacho y la muchacha no tuvieron tiempo siquiera para darse cuenta de lo que les estaba por deparar el destino, entonces todo tuvo que haber pasado fugazmente...

-Bah, sólo sabes emitir esas sandeces tan características de los estúpidos como tú -lo interrumpió Camilo-. Pero, aún así, quiero saber tu nombre... ¿cómo te llamas?

-Ricardo.

-Bien, Ricardo: eres un idiota -dijo Camilo escupiendo al suelo-, se nota que sólo te pagan porque sabes recoger cosas del suelo y guardarlas en una bolsa. Deja de hacerte el inteligente y haz tu trabajo.

-Pero, yo estaba respondiendo a su...

-¡Cállate de una vez y haz lo que te digo!

Ricardo pareció mirarlo con un marcado desdén, pero en nada protestó por la brusca forma en la que se dirigió Camilo a él.

Una nueva ola de viento tórrido azotó a los presentes, que contemplaban su situación y protestaban silenciosamente, exasperados, de lo mala que era, y que por poco terminarían como la pareja de mozalbetes, la que a pocos pasos de ellos estaba, si pasaba que no encontraban con celeridad algo con lo que hidratarse y refrescarse vehementemente sus rostros, que exudaban, estreñidos, el cristalino sudor que deleznable fragancia les estaba provocando.

-¡¿Qué prodigio de la providencia puede estar causando semejante martirio en nosotros?! –se lamentaba en silencio uno de los presentes, uno que había estado en un constante trajinar y cuyas venas casi estallaban de lo rápido que habían latido.

Pero su interrogante quedó sin contestación.

Aquella noche, Camilo no pudo dormir bien. Se rascaba su cuero cabelludo con constancia; pues algo lo inquietaba en demasía, que era aún más perturbador al ser eso algo desconocido, no identificado y registrado por su ingenua, impetuosa y ociosa mente. Quizás, al final de todo, Dios sí castigaría a los pecadores, mandándolos a angustiarse durante toda una infinidad en el Tártaro, y él no tardaría en ser juzgado como lo impío que era, que con tanto descuidado y negligencia trataba todo cuanto ante él se le interponía...; no, eso se lo dejaba a hombres de mentes más imaginativas que la suya. Un escéptico no debía temer lo que no existía, y alguien objetivo consideraría lo que sí existía, para realizar sus análisis y deducciones. Pero ¿qué existía y qué no? Los filósofos, desde siempre, negaron la realidad rotundamente, al creerla incierta y poco verídica, pero Camilo, que a veces había disertado en el asunto, sabía que aquellos antiguos hacían que las palabras se comieran a sí mismas, en el sentido metafórico de la expresión. Ciertamente, pero, ¿por qué elucubraba en aquello? No era un intelectual, y tenía un misterio por resolver, y éste definiría su condición económica y social. ¿Por qué la incertidumbre lo roía cual cruenta carcoma que no se inhibe ante el ingente tamaño de un árbol, y lo deshace hasta la última partícula? ¿Por qué el remordimiento se estaba apoderando de su corazón, un remordimiento que nunca había sentido, y uno que nunca creía que iría a sentir?

Una hoja de papel estaba sobre una mesa de madera, y Camilo estaba sosteniendo una birome azul. Hacía calor, y por eso un ventilador estaba vibrando allá arriba, en su techo, con sus aspas metálicas dando vueltas sin parar, semejando al girar a un molinete sostenido por la regordeta mano de un cándido infante.

La mirada del detective se quedó abstraída, vacía: prisionera de ideas incoherentes, inconexas y descabelladas. Su madre, si estuviera viva, estaría decepcionada de lo que estaba haciendo, puede que incluso irritada, no sería de extrañar que aquella, que ante cualquier cosa se impacientaba, profiriese con sus habituales chillidos una inaguantable retahíla de insignificancias que poco bien le harían a sus atormentados oídos. Había sido una buena mujer sí..., estúpida e histérica, pero buena a fin de cuentas, y no se podía decir que muchos en el universo hubiesen sido mejores que ella.

¡Y de vuelta había caído entre las redes de la desconcentración! Definitivamente, tendría que haber alguna especie de hechizo que hacía que no se pudiera focalizar en los cuestiones sobre las que era un requisito que lo hiciera si lo que buscaba era ganarse el pan y sobrevivir de esa manera...; y ésta una magia sin lugar a dudas poderosa, era. Podía ser que la falta de práctica había ocasionado que se denostaran sus habilidades como indagante, o que sencillamente no hubiera nacido para desempeñar el rol para el que, creía antes, había sido concebido.

Entonces se percató de algo. Deliberar en el mismo pensar no lo ayudaría en nada en su incursión mental al caso del que él era el principal partícipe. Incluso aquello que estaba haciendo en ese momento no era más que algo que sólo podía estorbar; al ser tiempo despilfarrado, tiempo en el que podría haber ahondado en el tema que sin lugar a dudas le atañía, y verdaderamente le concernía.

El asesino... En él debía centrarse Camilo, pues. ¿Qué métodos utilizó y qué fue lo que lo llevó a matar de esa forma tan particular? ¿Era un envidioso del amor, o un lunático obsesivo de los noviazgos y el arte que con sus muertes podría crear? Se sabía que había hombres de todos los estilos, siempre podía surgir una nueva rama de ellos e innovadores motivos para cometer crímenes, no le sorprendería que prontamente se descubriese que una persona mataba a otras para coleccionar sus orejas, al considerarlas enigmáticas y curiosas.

Un sempiterno océano de posibilidades se abrió ante él, y su vastedad por poco lo dejó obnubilado. Debía decantarse por alguna de ellas..., siguiendo la analogía, se podía decir que lo que hacía era como tratar de encontrar una pelusa, una pluma o, aún mejor, un átomo, en susodicho mar, siendo muy difícil al ser lo espacioso que era, y al haber tanto más de lo ignorado allí.

¡Y seguía con sus malditas comparaciones!

Una brisa fresca venía de algún lugar. Camilo alzó la cabeza y recordó que estaba prendido el ventilador. Se frotó el pecho, se dio algunas palmadas en el vientre, que de tan poco se había alimentado recientemente, y apagó la maquina que repiqueteaba y martilleaba sus sesos incesantemente, por encima suyo. Además, había descubierto que tenía frío, aunque la ventana que tenía al lado estaba cerrada. No tardó este intrépido personaje en interpretar todo lo recién ocurrido como un pésimo síntoma: inconveniente era el mundo exterior, aunque más apetecible y reconfortable que el interior, que era el que lo haría triunfar en las dos facetas. Se sentía entonces Camilo como Eva cuando la providencia le ofreció, amistoso, el árbol cargado con crujientes manzanas, pero advirtiéndole antes que no le sería provechoso aceptarlo. Y aún así ella, la desdichada, y la, ¡oh, más que desdichada!, se rindió a sus instintos atávicos, aunque tentada también por un exótico reptil parlanchín, y probó el manjar que la haría, a sí misma y a toda su descendencia, desgraciada para siempre.

Camilo se rió de lo patético que era. Un vaso de agua fresca podía hacerle algún bien, pero nada como lo que realmente tenía que realizar, y así lo había decidido. No satisfizo su garganta y prosiguió con su cometido.

El agresor era alguien rápido. Sí, quizá sí había algo de verdad entre la sarta de idioteces que Ricardo había proferido. Un atleta, algún fanático de las aventuras que anhelaba el riesgo y carecía de moralidad. Si uno creía, y tenía una firme convicción en ello, que la ética y lo demás no eran otra cosa que una maraña de mentiras, algo que cambió en cada época según los intereses sociales y que, por ende, no era de valor real alguno, ¿había algo mejor, acaso, que demostrarlo?

Camilo, que tenía los ojos rojos y los labios resecos, se rascaba el cabello, le picaba la cabeza, y estaba muy nervioso. No entendía por qué estaba considerando opciones tan remotas e inverosímiles, y no estaba seguro de si no era él el loco que estaba tratando de descubrir, o si no era él al que deberían de meter preso... Sus ideas eran excesivamente demenciales como para siquiera no generar mínimas sospechas sobre su propia persona.

¿Por qué los rostros de los fallecidos tenían el semblante así de indiferente? Había algo raro detrás de todo aquello, algo que no le gustaba, pero que irremediablemente le atraía: como una inocente estrella que no puede evitar acercarse lentamente, con timidez, a un agujero negro que no es capaz de ver, le ocurría que se sentía.

Quizás, aunque sólo quizás, estaba haciendo complicado algo que era increíblemente sencillo en demasía, tal y como aseveraban sus colegas, aquellos con los que hacía su trabajo. No había complejidad, por regla general, donde había una pareja exánime y de tez muerta, en el noventa y nueve por ciento de las veces resultaban ser las víctimas de algún envidioso ex novio de la muchacha agredida en cuestión, sería raro que fuera de otra índole todo.

Los factores extraños acá eran pocos, pero los había, y en ellos debía profundizar Camilo, el tan poco profesional que casi nada le interesaba. Habría de enumerarlos para de esta forma acomodar sus pensamientos, que corrían aceleradamente en cientos de direcciones diferentes, aclararlos y sacar conclusiones al respecto.

Entonces se acordó de que tenía los elementos necesarios para anotar a su alcance. Los tomó y comenzó con su tarea, aquella que hace algunas horas debería haber empezado para un expeditivo y eficaz labor en su acomodamiento de premisas. Y primeramente puso: escasez de recursos en el sujeto de sexo masculino; luego, quebradura de la médula ósea presente en sendos individuos; acto seguido, expresión en la cara algo relajada y plácida en ambos (y "como si todavía estuvieran disfrutando de la presencia del otro" acotó al lado); después, minutos después, exterminio al aire libre. Esta última no supo bien por qué la había escrito, pero pudo intuir que había sido simplemente porque no le era grato dejar tan pocos componentes; ya que eran comunes los homicidios a campo abierto, aunque no a campo abierto y de esa peculiar manera (si es que podía hacer incrementar la extrañez).

El paso siguiente era unir todas estas conjeturas en una única hipótesis que resumiría y zanjaría este tedioso y estresante tema de manera perentoria.

Todavía no había imaginado la alternativa de que el asesino fuera un ladrón, la cual explicaría el hecho de que el hombre muerto tuviera encima suyo poco objeto de valor que fuera digno de renombrar. Pero, en ese caso, ¿por qué no había buscado también en los bolsillos de la mujer? Más si se había tomado la labor de enterrar los cuerpos, poco le habría costado, comparado a eso, tomar lo que la chica tenía. Además, los que robaban solían llevar siempre consigo alguna navaja, o alguna otra arma blanca con la que amenazar.

Podía ser también que este malhechor hubiese visto cómo el hombre se colocaba una alhaja en su bolsillo, quizás hasta tenía un anillo con el que pensaba hacer comprometer a su novia en el sagrado matrimonio. Los dos novios, tan enzarzados en su mutuo amor como seguramente estaban, no se dieron cuenta de la llegada del asesino en ningún momento, pues, además, éste se debía haber movido flemáticamente, con precaución, no se habrían escuchado sus pasos rebotar contra la tierra, ni se habría visto su sombra reflejada en alguna luz.

Y en ese preciso instante se cayó el cielo.

Las gotas caían por todas partes, empañando al vidrio de una forma en que nunca se había empañado. A Camilo no se le ocurrió hacer otra cosa más que alarmarse y desesperarse, mirar a un lado y a otro, con los ojos bien abiertos, paranoicos, recorriendo derredor a la misma velocidad con la que los automóviles avanzaban en las carreras, precipitándose en la recta final. El sonido del agua cayendo estaba inundando su cerebro, y retumbaba en cada rincón de su cráneo con una potencia devastadora. Se levantó entonces, y corrió de un lado para el otro, vociferando estentoreamente incoherencias que ni él mismo comprendía.

Y vino un relámpago que azotó la habitación, y todo cuanto había se estremeció con brutalidad. La ventana se hizo trizas, y volaron incontables segmentos de vidrios, que causaron tanto temor en Camilo, que éste se vio obligado a bajar de su recinto, recorrer con la mayor celeridad posible las escaleras, mientras se podían percibir cuantiosos clamores. Parecía ser el apocalipsis, y parecía que Dios finalmente castigaría a los pecadores, condenaría a los que habían osado transgredir sus normas a una eternidad plagada con los más indescriptibles suplicios que un alma en llamas podría padecer; y parecía que todo iba a darse vuelta, que el mundo iba a colapsar, que todo se iba a destrozar, todo iría a tener terrible desenlace; y sólo los buenos, los puros, los castos y los abnegados se salvarían yéndose gloriosamente al idílico éter que arriba de todo, junto al Señor que en todos lados estaba, se encontraba. La desesperación se hizo dueña de las riendas de todo su ser, y su corazón palpitaba como si fuera a dejar de hacerlo en cualquier instante.

La música comenzó; los violines entonaron su melodioso y luctuoso canto, las cuerdas vibraban, las trompetas, trombones, saxofones y flautas endulzaron esta alegre endecha, y las bocas se abrieron y el mirífico sonido salía de ellas como si de una catarata multicolor cayendo a mansalva sobre el espíritu, animándolo y reconfortándolo, se tratase.

Camilo estuvo en la superficie, en el suelo frío y mojado. Observaba, entonces, alrededor de él, y veía todo cuanto había cerca suyo. Todo estaba podrido, todo estaba deshecho y malogrado, si es que no había estado así desde antes de eso, o si era que no había sido alguna vez de otra forma.

Camilo captó un murmullo en lontananza. Semejaba al tañido de los ruiseñores aquello, aunque no era exactamente lo mismo. Este homo sapien tenía miedo y temblaba ostensiblemente, augurando las calamidades que le avecinaban. El sudor cubría cada poro de la piel que recubría su cuerpo y la lluvia copiosa había amainado hasta transformarse en una suave llovizna. Se sentía el aliento de la vida, aquel perfume único que siempre iba a florecer, entre el orden y el desorden.

Algo estaba barriendo con todo. Los edificios, las plazas, las casas, hasta las nubes mismas llegaba aquello de lo alto y aterrador que era. Una vez que hubiese alcanzado a Camilo, todo habría terminado.

Lloró entonces el detective, no habiendo encontrado la solución de su caso. No había llegado a tiempo, y ya era demasiado tarde para lamentarse. Y las lágrimas cayeron en las baldosas de cerámica, y todo era negro a su alrededor, y todo estaba llamas, y todo estaba anegado..., antes del fin. Nunca más oiría el noticiario en la mañana, ni tomaría un té por la tarde. Nunca más se recostaría en su silla, con los pies sobre su mesa ni se reiría de comentario casual alguno.

Y ahora sí que era su fin, y así que todo se esfumó como había aparecido.


FIN

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