
La luna estaba negra como el alma de un asesino serial. Se podían divisar a incontables nubes de horizonte a horizonte: eran una infinidad de manchas grisáceas desparramadas por todo el cielo, y parecían dibujadas por algún romántico pintor sobre un fondo oscuro, pero iluminado por incontables estrellas de brillante tono. Se veía, y esto era a la vista de cualquier ser, unos pináculos blanquecinos extenderse hacia el éter, elevándose majestuosamente mientras perdían, a cada metro, un poco de volumen en lo que a anchura se refería, resultando acabar cada uno en pinchudos conos de accidentada naturaleza. Muchos eran los pilares, y hasta muy en lontananza se extendían, las montañas, que ése era el nombre popular que se utilizaba para identificarlas, se alzaban por leguas y leguas, como una columnata infinita de pétrea roca sosteniendo algún techo invisible de ignotas propiedades.
En esa zona, la nieve caía intermitentemente, empapando a todo el sector de una mullida alfombra blanca que en cada recóndito sitio se adentraba. Era imposible para cualquier creatura que por allí caminase no mancharse con su blanquecino color, era inevitable que aquello sucediese; así como también era ineludible conocer el hecho de que todo ser dotado de, aunque sea, un mínimo de sensibilidad táctil, sólo por estar en aquellas regiones, sintiera un terrible congelamiento que por cada célula y por cada minúsculo átomo que lo compusiera se expandiese. Pues las temperaturas eran increíblemente bajas, dado, sobretodo, a las grandes alturas sobre las que se hallaba ubicado el terreno, y tanto era así que el clima podía llegar a asesinar a cualquiera en cuestión de unos pocos instantes de tiempo. No era de extrañar esto, ya que solía haber unos diez grados Celsius bajo cero la mayor parte del día, y es bien sabido lo perjudicial que puede hacerle esto al organismo.
Aún a pesar de todo eso, contra todo pronóstico, contra toda idea concebible, allí había un humano, y uno que todavía no se encontraba en estado de defunción, y cuyos pulmones respiraban fatigosamente, pero lo seguían haciendo: ni su cuerpo, ni su metabolismo estaban en perfecto funcionamiento; pero sin lugar a dudas estaba en un estado lejano en demasía de encontrarse en una condición cercana a la muerte; por lo que aquello no debía de ser de preocupación para él, no lo valía siquiera un poco. Las barbas de este robusto hombre de anchos hombros le caían en rizos hasta la cintura; su cejas eran pobladas: casi ocultaban por completo sus ojos de lo pobladas que lo eran; su cabello, negro como la ausencia total de fotones en el campo óptico, era tan luengo que le llegaba a los pies; su nariz era carnosa como el vientre de un lobo marino, y ésta era la única sección de su cara que no estaba oculta ni por prenda ni por cabello alguno. Una bufanda de lana se enroscaba alrededor de su cuello y ascendía hasta cubrir por completo sus labios, protegiéndolo del pernicioso helor del ambiente; cumpliendo también esta tarea de atinada manera -pues el calor escaseaba en su organismo- estaban los incontables kilogramos de camperas, chalecos y demás vestimentas de impermeables atributos.
En la lejanía sonó un poderoso relámpago que iluminó todo lo perceptible por algunos pocos segundos, quedando en ese intervalo las rocas de un reflejo ligeramente azulado. También resonaron aquéllas como consecuencia del mismo, y todo el panorama vibró en general a un ritmo frenético y desmedido.
El humano se estremeció, aunque sólo ligeramente, y sólo por un mísero instante. Las cosas no le habían salido de forma tan desastrosa, y eso que había hecho muchas cosas; y ésta no tenía por qué ser la excepción, sería una anormalidad casi inconcebible, incluso para mentes tan imaginativas como lo era la suya. Hace años ya que había exterminado a Dëmuy, el gran hechicero, y se había consagrado como un indiscutible y afamado héroe en todo el norte de Aamïa, y su nombre era conocido por casi todo el continente. Seär, así lo llamaban, pues así se había llamado siempre y ése había sido el nombre que su madre le había dado para que lo llevase en toda su vida, como rúbrica. Seär se hizo rico además y el rey de Tayû, Orfron Degstod, en recompensa por sus proezas extraordinarias, le otorgó un feudo de considerables dimensiones en la zona septentrional de Fasnum. Pero la vida cómoda no era para él, y es por eso que acostumbraba hacer largos viajes, no había ningún paraje fabricado por algún dios al que él no quisiera visitar alguna vez, quería dejar su huella en el tiempo y en el espacio... ése había sido su objetivo siempre y sólo con esa mentalidad había podido liquidar a Dëmuy, y difícilmente con otra podría haberlo hecho.
En sus expediciones apenas llevaba comida, apenas llevaba cosa alguna con la que alimentarse, protegerse de las hostilidades del ambiente u otra herramienta que pudiera resguardarlo o prevenirlo de cualquier posible imprevisto que pudiera ocurrir en determinado momento, lo cual era increíblemente probable considerando la ingente cantidad de peligros a los que suponía exponerse a los albures del desplazamiento en Tágonor, célebre por las terribles creaturas que lo habitaban y por las inclemencias de su terreno que, de consuno, conformaban un popurrí especialmente catastróficos para los desafortunados que por allí se aventurasen.. Por esta razón, a Seär lo pasaron a llamar el Guerrero Errante, y de esa forma era Seär: un fanático enloquecido de la acción y las empresas más riesgosas. Extraña vez Seär se mantenía tranquilo mientras estaba en condición de reposo, en el único momento en el que podía llegar a sentir algo de euforia era en medio de una batalla o en una situación dificultosa. La amedrentación era un factor desconocido para él, los obstáculos no eran una cuestión de problemas, sino los objetivos mismos a los que se debía de alcanzar. El placer era la guerra... exterminio, masacre, destrucción y muerte.
Seär tenía sangre de dioses, y así él lo sabía.
Sea como fuera, en sus circunstancias no podía darse el lujo de elucubrar en trivialidades de ese tipo, no tenía sentido nada excepto seguir, al menos hasta que no terminase el camino, el cual distaba, de momento, de concluir.
Parecía que con cada bocanada de Seär el mundo se le deslizaba un poco más de entre sus dedos. El oxígeno casi ni estaba presente allí, así que con cada inhalada el guerrero debía hacer acopio de todas sus fuerzas para tragar la suficiente cantidad de aire como para que sus células siguiesen haciendo su trabajo por dentro y por fuera de él; con lo que cada segundo era transformado en una tortuosa agonía que, a su vez, era paliada por su mente hasta quedar conmutado en una insignificante molestia en un lapso por poco momentáneo de tiempo. Hasta ahí se había mantenido impasible como la esperanza de salvación en los más devotos..., aunque sólo hasta ahí.
Y así siguieron las cosas hasta que así dejaron de seguir. El cambio fue sutil al principio, tan sutil que incluso Seär se había mostrado incapaz de percatarse de él en cuanto comenzó; pero, como siempre sucede con todo lo digno de ser nombrado, este cambio no tardó en hacerse notar. Las moléculas se estaban sacudiendo con mayor fuerza, aunque sólo con un poco más, ni siquiera era aquella peripecia lo bastante relevante como para ser considerable a ojos del menos competente. Todo estaba tan blanco que ni se era capaz de ver desde ningún rincón en aquel gélido páramo, y en esa situación tan comprometedora -como lo era la de Seär- nada tenía importancia excepto caminar, sólo de aquella forma podría atravesar el molesto escollo y llegar hasta su ansiado destino.
Sus robustas piernas forradas con esos lanudos pantalones se movían a paso lento pero seguro, avanzando con el arrojo de quien realmente sabe adónde va. El viento lo laceraba..., pero él era recio.
A medida que los minutos iban transcurriendo, la nevada iba amainando y también el clima se iba haciendo ligeramente menos pernicioso para los advenedizos mamíferos que por allí pasaran. Seär estaba tan concentrado en su caminata que no percibió esto hasta que hubieron pasado otros tantos minutos. Sin proponérselo, el gozo se comenzó a apoderar de su corazón, mostrando una debilidad que no le pertenecía y de la que planeaba deshacerse lo más pronto que fuese posible. Su espíritu era implacable y debía seguir siéndolo si lo que no deseaba era dar una postrera exhalación que liberase a su volátil ánimo en aquel preciso momento.
Hace rato ya que había pasado eso cuando Seär se dio cuenta de que su mente estaba lo apropiadamente desvelada como para deducir que algo allí no encajaba para nada. En todo el recorrido que había hecho, en ningún momento había disminuido de altura, pero, sin embargo, en aquel entonces sentía que la temperatura era idónea, lo cual era motivo de alborozo, sí, pero también de extrañeza y desconcierto. Algún ente sobrenatural o algún artilugio misterioso debía estar causando ese portento. Quizás había un hechicero por allí, uno muy poderoso.
Lo más probable era que por fin había encontrado aquello que con tanto anhelo había buscado durante tantos años, y eso lo ponía lo más feliz que podía estar dadas sus circunstancias. La nieve, poco a poco, le dejó el paso a la tierra yerma, y la nevada le dio paso a una lluvia torrencial. Las nubes seguían tan abultadas entre sí y era tanta su cantidad, que parecía imposible que en algún momento el Sol lograra escaparse de entre sus grisáceos dedos, y ésa debía ser la principal razón por la que no se podía divisarse flora o fauna alguna, eso, además de la casi total ausencia de oxígeno y dióxido de carbono en el hostil entorno en el que se encontraba.
Mientras subía, el calor aumentaba, contra toda expectativa y contra lo que todo sentido común suele dictar a los seres sensatos. Pronto, todo se hizo sofocante, y hasta la nieve tan maldecida hacía tan poco tiempo atrás ahora era añorada por el guerrero, tan preferible habría sido morir en ella para su yo actual. El guerrero se deshizo, en cuanto lo creyó completamente necesario, de todos sus atavíos, pues no creía poder soportar más sin calcinarse como consecuencia de hacerlo. Así que también se afeitó la barba con su filosa hacha: eso podría aliviar el dolor, aunque sea un poco. Después de que su piel quedó tan lisa como el cráneo de un orangután, Seär siguió su camino hacia la fuente de la torridez.
Pasada una hora, el aguerrido homo sapien distinguió unas cuatro torrecillas de roca pura resplandecer en el horizonte, a aproximadamente tres kilómetros de donde se hallaba. Eran unas gigantescas atalayas vislumbrando al universo con mirada inexistente. Superaban la milla de altura aquéllas, siendo, por mucho, la excrecencia natural más oblonga jamás atisbada por mortal alguno. Pero no, al acercarse y hacérsele todo más nítido, Seär notó que aquello que estaba viendo era artificial, producto de una mente consciente y vasta, muy probablemente un dios, y muy posiblemente un poderoso grupo de magos.
Las cuatro torres tenían, cada una de ellas, una serie de redondeados escalones cuyos diámetros, a medida que se iban acercando más a la cúspide, se hacían ligeramente más reducidos. Había cuatro tenues luces cerúleas en cada una de las cimas, lo que casi confirmaba de manera perentoria la presencia de magos o hechiceros en susodichos puntos. Una especie de palacio se hallaba exactamente en el centro de éstas, a simple vista parecía un simple promontorio más, pero si se lo miraba detenidamente podría uno sorprenderse con lo que se encontrase, puesto que el conjunto era un círculo tan perfecto como sólo la misma Luna es.
Un punto negro se fue acercando lentamente. Seär aguzó su visión: quería avizorarlo; mentalizarse para la posible pelea que podría significar su presencia; y estudiar todos sus movimientos, ya que hasta su forma de andar le podía dar pautas sobre con quién se habría de enfrentar. Si era un mago de esa hipotética orden que, suponía, había erigido todo aquello, entonces no cabrían dudas de que su trifulca no sería sencilla de forzar a tornarse en un triunfo a su favor. Seär le rogaba a sí mismo -para él, más que un dios- de que así fuese y también de que sus músculos no estuviesen poco desentumecidos, y que todo terminase resultando de lo más divertido. A fin de cuentas, esa era la razón de ser de todo. Casi estupefacto quedó Seär al percatarse de que aquella creatura avanzaba deslizándose elegantemente, sin tocar, aparentemente, los pies para hacerlo, cuando todos los otros seres que había visto -incluído él mismo- no podían realizar dicha acción, era algo que pertenecía a las más alocadas fantasías, no a la más que lógica y coherente realidad.
Seär sonrió. Había viajado durante días y días sólo para eso y parecía que por fin iba a conseguirlo. La emoción se comenzó a apoderar de su corazón en ese momento, cuando todavía faltaba para que aquella cosa, fuera lo que fuera, llegara hasta él. Sí, definitivamente todo pintaba bastante extraño, pero ese no era un motivo para arredrarse, sino para quedar lleno de complacencia: todo podría ser más interesante si es que se tratara de algún mago con poderes a los que él desconociese. La experiencia le decía que la excentricidad nunca era mala, aunque el juicio le porfiaba en afirmar de que no siempre podría ser así, por ejemplo, si fuera que, tal y como sospechaba, la silueta fuera un numen, la trifulca podría concluir demasiado rápidamente... y no precisamente quedando él incólume al final. Era probable que estuviese exagerando, nunca se había enfrentado a un dios, así que nadie podía saber cómo todo iría a acabar.
Una vez que aquella mancha se hubo acercado lo suficiente a Seär, éste pudo notar con suma nitidez todos los rasgos que componían su aspecto físico y morfológico. No era, sin lugar a dudas, esto lo que esperaba: unos brazos negros luengos cuyo extremo era una serie de perniciosas garras, tan largas éstas también que hasta para un sujeto como él eran tenebrosas; una capa roja flameándole en la fornida espalda dándole un aire misterioso; unas piernas, desnudas por supuesto, pequeñas y arrugadas como pasas de uva que eran, al parecer, inútiles en lo que a desplazamiento se refería; y un rostro de ébano rutilante con sendos ojos de fuego incrustados de forma que equidistaban entre sí con una nariz respingada que semejaba a una rama seca. Si esa habría sido la forma de la creatura, Seär no se lo habría esperado; pero afortunadamente para él aquel ser no era de esa manera, sino que era, verdaderamente, así: celeste, de un color celeste tan puro como el de un día despejado decorado con un radiante sol; con unos cabellos rojos que le flotaban por encima de la cabeza; sendas pelotas verdáceas a modo de ojos; y una línea delgada y recta a modo de boca. Despedía ignominioso hálito aquel ominoso ser, como si la atmósfera, a cada segundo, se estuviese llenando de malos aires portadores de malos agüeros. Una vez que estuvieron a unos pocos metros entre sí, el recién llegado abrió sus invisibles labios y habló, y su voz era horrísona, digna de una orquesta de infinitos intrumentos desafinados tocando en diferentes notas y tempos.
-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí, fugaz ser? Habrás notado que los de tu calaña no están autorizados para pisar estas ínclitas glebas, así que lo que te correspondería, por derecho, es la plácida muerte y el descanso eterno.
-Soy Seär, o al menos ése es mi nombre, y vengo de las praderas del sur de este continente -contestó el gallardo personaje con su impertérrito vozarrón-. Escuché rumores extraños sobre lo que había detrás de estas pórfidas montañas, quizás inspirados en los mismos deseos divinos de llevarme a mí hasta aquí, si es que alguno de los Grandes busca probar mi valía. En resumidas cuentas, lo que vengo a hacer en este lugar es exactamente lo mismo que cualquier ser proveído de inteligencia y sentido común, mortal o inmortal, quiere: entretenerse, sentir emoción, adrenalina, éxtasis, euforia y demás excelsos sinónimos.
-No sé ni entiendo cómo un simple humano como tú pudo superar la Anchurosa Barrera, pero no importa. Estás en un territorio prohibido, estás en una parte de las estancia de la doncella Sâr - Sabaranallaradifurilanasa y debes marcharte de aquí cuanto antes si no pretendes que se tomen las medidas oportunas lo antes posible.
-Una doncella, ¿eh? -por un segundo, Seär perdió su compostura y su mente se descarrió por lascivos senderos-. Ha de ser una diosa, de seguro. Dime, y sé sincero en todo cuanto digas, ¿qué es lo que provoca este calor?
-Es ella, la eminente doncella, la que irradia todo el calor éste que estás sintiendo en este momento -dijo la creatura alzando los brazos, ya que al parecer la tenía en tal alta estima que sentía que debía hacerlo al mencionarla-. Esto se debe a que es, en realidad, un fragmento del magnánimo Sol que, desde Bajotierra, se aparece, brillante, cada día.
-¿Y cómo demonios se supone que un fragmento del Sol pudo eregir semejante palacio? -inquirió Seär frunciendo el ceño-. Dudo que una bola de fuego llamada, irónicamente, creo, doncella, haya sido capaz de realizar tamaña tarea. Es absurdo, mires por donde lo mires.
-No te pienso contar minuciosamente todos los secretos que bien guardados los tiene mi señora, así que no porfíes ni insistas demasiado en sacármelos -había convicción y determinación en su duro talante, y así era palpable para Seär-. Sería un oprobio, para mí y para los que sirvo, no echarte de aquí, ora vivo, ora muerto, en este mismísimo instante.
Una espada se materializó en las manos del ser, para sorpresa de Seär. Era fulgurante aquella marcial arma, como una nacarada estrella a punto de estallar, y oblonga, como un frondoso árbol sempiterno que, con el paso de los milenios, no hace más que extenderse y extenderse. Mas el guerrero contumaz no se dejó amilanar y lanzó un potente rugido, indicándole a su contrincante que aceptaba, y muy gosozo, su desafío.
-¡Sólo eres un tonto! -fue lo último en escucharse antes de que la mortal herramienta de aniquilación del estrambótico ser -cuyo nombre Seär desconocía- raspara al fragoroso viento con furia, acercándose con perniciosa diligencia a la cabeza de su adversario. Pero éste, que no era lo suficiente estúpido como para quedarse inmóvil, arredrado, pronto dió una pequeña vuelta hacia atrás, que lo dejó fuera del rango de acción de la tizona. Fue un acto sumamente prudente aquél, ya que aquella espada, de una índole tan sospechosamente mágica, sobrenatural, seguramente habría hecho añicos su rústica hacha de batalla. No se le ocurría una manera de hacerle terrible daño Seär al otro, pero, de alguna forma, debía vencer, así que arremetió con toda su furia contra el protervo ser, no sea que ahora tuviera él que escapar despavorido en rauda huída. Le bastó acercar un poco su hacha al cuerpo de su enemigo como para darse cuenta de que todo iba a ser futil: el metal comenzaba a fundirse si se lo dejaba demasiado tiempo muy cerca de su piel. Una vara de metal líquida ya no podría servir para acabar con su inconveniente existencia.
-¡Maldición! -gruñó Seär, mostrándo al abrir la boca los pocos dientes que todavía se mantenían unidos a su encía respectiva.
Seär alejó su hacha antes de que todo pasara a mayores. Un extremo de la misma se había deformado, pero el resto estaba intacto: hasta aún mantenía su filo de lo ilesa que había quedado. Seär sabía que debía haber una forma de ganarle, aunque cuál, él aún no la sabía. O quizás sí, a pesar de que eso no era muy probable, podría intentarlo...
-¡Lo ves! -gritaba el ser (cuyo nombre todavía era desconocido)-. ¡Soy Deremaredledwellemreberederl, el siervo de una diosa, es lógico que un simple mortal como tú no pueda derrotarme!
Lamentablemente para Deremaredledwellemreberederl, mientras estaba pronunciando su discurso a viva voz, Seär introdujo su hacha entre sus labios entreabiertos, disolviéndose en éstos casi al instante. Para sorpresa del belicoso humano, el esbirro del fragmento del sol cayó simplemente al suelo, como si de una bolsa de papatas se tratase. De sus ojos se escapaba el plateado material y de su boca salía un esputo argénteo que, cayendo a mansalva al suelo, relucía cual vetusto sabio entre horda de ignorantes.
Increíblemente, Deremaredledwellemreberederl había muerto, y con facilidad. Parecía que su anatomía no era demasiado disímil a la de un mamífero común y corriente, sino no podría haber expirado de esa manera. Y, al contrario de lo que Seär esperaba que ocurriese, la espada no se esfumó, sino que se mantuvo tal y como la había visto hasta ese preciso momento, igual de fúlgida. Cabía la posibilidad de que estuviese hechizada, así que Seär debería tener cuidado si es que no deseaba acarrear las consecuencias. El temor estuvo al borde de conseguir que Seär no la tomase, pero el sentido común lo hizo percatarse de que si no lo hacía, no podría enfrentarse a nadie más y quedaría indefenso como un polluelo recién salido de su blanquecino huevo. Si habría de sobrevivir, de una u otra forma, sería con esa espada, no agarrarla no debía ser siquiera una opción. Aún así, no planeaba hacerlo tan campante, con tanto desenfado: primero debía realizar algunos experimentos, podría ser aquello un irreparable descuido, así que era mejor que no estuviese cometiéndolo, siempre era mejor cerciorarse de que todo fuera a estar en perfectas condiciones antes de realizar tan importantes acciones de tal vital importancia.
Tal y como lo había imaginado, a medida que acercaba su mano a la hoja resplandeciente de la espada, un calor insoportable comenzaba a apoderarse de ésta que la obligaba a apartarla de inmediato. Tendría que tener un método..., de ocurrir lo contrario..., de ocurrir lo contrario, pasaría algo que no sería demasiado recomendable de imaginar. Quizás su piel de lidiador se terminase por acostumbrar a la exposición a semejante dosis de torridez, aunque nada fuera cien por ciento seguro. Si sólo tuviera la resistencia de los dioses, si sólo tuviera la omnipresencia de los dioses, si sólo tuviera la omnisciencia de los dioses, si sólo tuviera la omnipotencia de los dioses -y todos los demás “omni’s”-, si tan sólo fuera él un dios, un verdadero dios...
Aquellas elucubraciones le estaban generando sentimientos extremadamente adversos, y no tardó en darse cuenta de eso, por lo que optó por abandonarlos, por lo menos momentáneamente. “Pensar en lo que nunca se será es como tratar de abstraerse observando un cielo estrellado, viviendo en un fétido pantano; lo cual no siempre es malo, menos cuando no hay necesidad al lado”. Y daba la casualidad de que había una “necesidad al lado”. Ya tendría tiempo para mirar a las estrellas.
Sus dedos, a pesar de ser recios y ajados, se dañaron rápidamente intentando vanamente recoger la marcial espada. Aquella fue una de las pocas veces en las que Seär se lamentó de no ser lo suficientemente avispado. Los acertijos -ni nada que fuera de dicha índole- nunca se le habían dado bien en extremo, aunque rara vez era aquello fuente de problemas para él. Si es que había una forma de solventar aquel brete, él no la encontraría, ni aunque transcurrieran varios cientos de miles de siglos. Lo suyo era la lucha, y no otra cosa. Ahora, para su transido pesar, vendrían más belicosos siervos de ella, la tal Sâr - Sabaranallaradifurilanasa, y él nada podría hacer para sortear las cuitas que aquello supondría. Por lo que se sentó en el pétreo suelo simplemente, a esperar a la inminente muerte. Y miró al Sol, ya que creía que podía hacerlo. Al principio entrecerró los ojos, pues sus retinas no lograron soportar todo el brillo que éste reflectaba tan intensamente. Se preguntó entonces Seär cómo podía ser que aquella anchurosa esfera blanquecina, tan imponente y colosal, había perdido una parte de sí misma, y, lo que era más extraño todavía, cómo era que había ganado su consciencia. Según había escuchado en la primavera de su edad, el Sol era, sencillamente, una gran bola de fuego y magma creada por los dioses para calentar y alumbrar a la tierra y a ellos mismos. Podía ser que aquello fuera mentira, sí, podía serlo. Al fin y al cabo, no era la primera ni la última vez que oía viles embustes dignos de ser emitidos por los menos encomiables de los seres.
En cuanto abrió los ojos, Seär vio que sus brazos se habían estirados debido al sentimiento tan plácido de relajación que estaba teniendo. No se recriminó a sí mismo esto último, ya que sabía, y estaba seguro de aquello, que no haría, de ahí en más, mucho más antes de no poder, nunca más, hacer algo. También vio que, allí cerca, sus dedos se encontraban terriblemente cerca de la espada de su sucumbido enemigo.
Se asombró, creía -y su credulidad estaba fundamentada- que no podría hacer eso. Se alegró también, todo lo que él mismo pudo permitirse. Tenía una hipotesis sobre por qué, justo en ese momento y en esa situación, podía hacerlo, y no en otras. La empuñadura de la espada estaba formando una línea recta casi perfecta con la punta de sus dedos, y es por eso que éstos no se calentaban. La respuesta a todo resultó ser de un carácter sumamente escueto: “Deremaredledwellemreberederl, a pesar de ser un sujeto impresionantemente caliente, no podía quemarse”. Probablemente lo que generaba su calor era, simplemente, su espada. De alguna manera, su empuñadura era sostenible.
Sea como fuera, Seär no se dejó disertar más en el asunto, ahora que había conseguido aquello que tanto había ansiado, sus monólogos mentales carecían de importancia. La espada era pesada, bastante pesada, pero, con su sobrehumana fuerza, Seär pudo levantarla y blandirla como si de un puntiagudo estoque se tratase. Vendrían a atacarlo más extravagantes creaturas, lo sabía, pero ahora las esperaría con una radiante sonrisa digna del más risueño de los niños. Al fin estaba preparado para entrar en la lid y rebanar cabezas, lo cual era su única, y por ende preferida, aficción. El éxtasis ya, ni bien alzada la herramienta de batalla, comenzaba a fluir por sus venas y llegaba a su alma como el viento clamoroso que llega, presuroso, desde el sur y da voluntad a los más desfallecidos. El espíritu de Seär estaba exultante como sólo él podía estarlo.
Corrió, pletórico de gozo, por senderos invisibles, riéndose macabramente, pues iba a cercenar miembros, la sangre iba a brotar, las cabezas iban a saltar y de sus troncos se iban a separar; y ése era el sentido de su vida, y ése era el sentido de su todo.
-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! -parecía ése ser el presagio de malas nuevas para el fragmento del Sol, aquel grito tan ensordesedor y estridente, estentóreo como ningún otro.
Hasta las misma rocas parecían sentir el caos que se avecinaba con prontitud, todo el ambiente parecía expectante, aguardando un inminnte colapso. Es que, sí, Seär estaba excitado como jamás lo había estado, y el peso de la espada, inlevantable para cualquier creatura normal, era nulo en ese momento para él. Así que la gran fortaleza se hizo visible a medida que se iba acercando, aunque ya eso no le importaba, nada ya le importaba. Se escuchaba el rozar de pies a lo lejos, pies huidizos que buscaban amparo por dentro de la fortificación. No, no los iba a dejar vivir. Nadie iba a sobrevivir a su avenida.
Aceleró el paso, pues, Seär, y los seres se escapaban en desbandada, porque presentían que lo peor podría ocurrir, y lo que ciertamente iba ocurrir. Su celeridad al avanzar era de otra dimensión, era casi inconcebible que un mortal como él pudiese correr de aquella forma; pero así estaba pasando. Es que, finalmente, Seär se había vuelto a transformar, y cuando lo hacía nadie lo podía parar, ni aún los sempiternos numenes que desde siempre habían cohabitado entre sí. Sangre de exóticas tonalidades empezó a bañar con su tibia presencia todo aquel desolado páramo a una abrumadora velocidad, empapando todo lo allí existente con su mismo apagado color. Y su acero vibraba al despedazar a los seres que por allá corrían, y retumbaba también al atravezar cual centella sus desgarbadas morfologías. La parca estaba bailando, y todos a su alrededor se estaban tirando de hinojos, loando su majestuosa danza.
Una colina de cadáveres multicolores se estaba acumulando lentamente, amenazando con superar en altura a las demás. El rintintín que se obtenía como resultado del entrechocar de las mortales armas entre sí era oído por todos los que allí estaban y poseían el sentido auditivo en normales condiciones, y el sonido era constante y casi rítmico, musical.
Y la vida, todo, era una obra de arte, sin duda, a ojos de Seär. Era una obra de arte, sí, una obra de arte embelesante, eximia, soberbia, conspicua y todos los epítetos que a cualquier ser pensante podrían ocurrírsele; pero no era perfecta. Sí, y también sin lugar a dudas podía ser mejor, considerablemente mejor, mucho mejor. No podía estar satisfecho Sear, no con esto.
Con rabia palpitante engarzada hondamente en su corazón, Seär se abalanzó sobre sus rivales, deseoso de resultar pernicioso para ellos. Estaba furioso porque nada de aquello representaba un real desafio para él, era todo demasiado fácil, hasta como para ser cierto. Así que entró con prontitud a la amurallada ciudad, cuyo postigo estaba abierto y por el cual ingresaba presurosa ingente cantidad de creaturas de la más variopinta calaña: había algunos de tez roja como el fuego incandescente que brilla en el alma de los más desfavorecidos; otros de piel violeta centelleante; además de otros de color cian, magenta, azur, azul, rosa, dorado, gris, negro, blanco, plateado, naranja, púrpura y fosforescente. Algunos tenían tres brazos, otros dos y otros uno; otros tenían ocho piernas, otros seis, otros cuatro y otros diez; unos pocos tenían a modo de miembros superiores unas incisivas pinzas de gran capacidad de corte; mientras que otro grupo determinado poseía unas luengas cimitarras a modo de deletéreas garras. También variaban sus correspondientes estaturas, ya que unos medían más de tres metros, un par medían más que cuatro, algunos dos y la mayoría menos de uno. Pero lo que nunca cambiaba era lo endeble de la sustancia con la que estaban hechos: semejaban a la pura porcelana al resquebrajarse súbitamente en cuanto Seär se precipitaba hacia ellos, de lo frágil que era su contextura. En lo que fueron siete parpadéos, Seär acabó con la mayor parte del reino de Fïxlilimribirideleremderefeleoriernmërdelekaemer, gobernado por el fragmento de la estrella más brillante, o también conocida por el nombre de Sâr - Sabaranallaradifurilanasa, sobre cuya existencia casi nada -aún- Seär conocía. Y pasaba por innúmero de corredores mientras lo hacía, y todo se iba permutando en vacua ceniza a su paso; y todo transcurría a una imperceptible velocidad. Y vino un vestíbulo, y más entes recibieron sus muertes. Y después vino otro pasillo que llegaba hasta otra puerta; y una galería más, más espaciosa que ninguna que había visto. Se demoró Seär un poco con esos seres, pues estaba apurado por acabar con todo aquello de una buena vez, había perdido definitivamente la paciencia: no representaban ellos el reto esperado por él. Por lo que todo se llenó de cadáveres, Seär estaba haciendo de ese lugar una enorme tumba con incalculables exánimes bajo ella. Algunos gritaban al caer, aunque otros no llegaban a hacerlo; y ese sonido era sepulcral, y hasta parecía el zumbido de una mosca de lo débil que era. Pasó, pues, por esa galería, y encontró otro pasillo, que lo llevó a otra cámara, y todo se iba deshaciendo y rompiendo gracias a su destreza con la espada. Y también acabó con los seres que allí había, pero fue todo ligeramente más difícil para él, ya sea por el cansancio o por lo que fuera.
Luego de masacrar a otros tantos millares de fenómenos, Seär llegó a una sala distinta al resto. El calor que se sentía ahí era abrasante, mucho más fuerte que el del resto de las habitaciones, y eso que en ellas era casi asfixiante. A medida que se acercaba, todo se hacía más insoportable, muy por encima de lo que cualquier ser humano normal podría soportar y algo por debajo de lo que Seär aguantaba. Unas gotas de incoloro sudor empezaron a poblar la recién afeitada faz del guerrero y a éste le comenzó a parecer que la gravedad había aumentado considerablemente, ya que le estaba costando muchísimo más realizar cualquier tarea que implicara el moverse. Así que desde aquel momento le fue increíblemente más dificultoso la labor de destruir todo aquello que encontrase; cosa que de por sí no era sencilla, pensara lo que Seär pensase -lo bien que suele auto engañarse la gente.
Pasada aquella otra cámara, todos los síntomas sufridos en la anterior se acrecentaron aún más, si es que era posible. Pero, para sorpresa de Seär, estaba totalmente vacía, ni un alma se escondía entre sus recónditos rincones de pétrea tez. Por lo que el hombre siguió su camino por un corredor que había a la izquierda, pues algo lo atraía hacia ese lugar, y esa fuerza hace rato que la había comenzado a sentir. Y allí tampoco había nadie.
Entonces se escuchó un rugido aterrador, como el terrorífico grito de varios cientos de millones de niños siendo asados vivos en una olla gigante por un grupo de horríficos trolls provenientes de frondosos bosques, o como el lamento de un humano inmortal que después de haber recorrido un desierto durante una eternidad de tiempo cree haber visto un oasis, para darse cuenta de que aquello no había sido más que una simple ilusión visual. Seär sintió un cosquilleo, mas su ánimo se mantuvo inalterado. Él se enfrentaba al peligro, no lo sorteaba; no, de hecho, él era la amenaza para el resto, él era el miedo de todos menos el suyo propio; él era él y sólo él.
No tardó mucho Seär en encontrarse con un anchuroso dragón escamoso, de unas diez yardas de longitud, con una gran cola verdácea acabada de forma triangular; unos iris naranjas brillantes, que destilaban furia y audacia combinadas en una dantesca mezcolanza; unos ollares abiertos que exudaban humo en cada exhalación; una mandíbula provista de cortantes colmillos de colosal vastedad; y unas alas reptilianas tan inmensas que ocupaban casi un décimo de todo el espacio que había. La bestia entreabrió su boca e inquirió con su rasposa voz:
-¿Quién eres? Sólo un idiota irrumpiría de esa forma en los recintos de Sar - Sabaranallaradifurilanasa.
-Soy alguien -contestó Seär entre resuellos.
-Sí, ya sé, alguien estúpido -dijo el dragon sin darle importancia al hecho de que su respuesta hubo sido así de brusca-. Aunque tú no me lo des, yo sí te daré mi nombre, pues me place hacerlo: me llaman Rerelremedereweeldemeredasedstë, y soy uno de los tantos hijos de la regente de este lugar.
-¿Todos los que acabo de matar eran tus hermanos? -preguntó Seär-. Se nota que el destino quiso que acabara con toda una familia: y así será.
-En parte; podría decirse -dijo el dragón y acto seguido explicó-: en realidad, más que hermanos, fuimos creados por los fabricantes. Hace ya varios siglos, había un hechicero al que llamaban Derüt, la sombra de la luz, pues había sido el general de un gran reino, pero gracias a su traición había sido invadido por una horda de bárbaros. Derüt era, y todavía lo es, el más poderoso de entre todos los seres bióticos de la tierra, y él, con la ayuda de su prodigioso arte, consiguió llevar a su vida más allá de los límites previstos originalmente por los dioses: aún hoy, que ya lleva vividas varias centuras, apenas lleva arruga alguna en su rostro. Bien, llegado a un momento, Derüt formó su propio grupo de delincuentes, y todos los seres pérfidos se unían a él como si se tratara de un extraño imán del que no se podían escapar ni aunque así lo quisiesen. Su intención era fundar un extenso reino que se iría expandiendo hasta abarcar la mayor parte de la Tierra, y quería ganarse, además, el favor de los dioses. Pero resulta que un día, en una incursión marítima con una de sus fragatas, conoció a una graciosa deidad de maravillosa belleza y garbosidad al hacer las faenas que su entorno y ella misma requerían para que todo prosperase de la manera que deseaba. Y la lujuria se apoderó de Derüt de una forma que nunca lo había hecho: tal era la magnitud de su hermosura. No pudo, por primera vez en su vida, soportar la tentación de la carne, y se rindió ante el esplendor de Nelü, aquella diosa sobre la que ya te hablé. Derüt le confesó el amor que le profesaba y, para su total asombro, la deidad le contestó que ambos guardaban el mismo sentimiento para con el otro; por lo que el hechicero se quedó a vivir con ella y así vivieron durante algunas décadas.
“Al estar con Nelü, la magia oscura de Derüt se hizo más poderosa todavía, y al hacerlo, sus ambiciones también crecieron, ya que, a pesar de todo, su corazón seguía siendo humano. A la par que su codicia también creció su orgullo y este último le impedía razonar objetivamente; tanto, que incluso se vio forzado a empezar a maquinar planes para dejar de mantenerse subyugado por los demás dioses. Con Nelü a su lado, Derüt tomó una fracción del mismísimo Sol, el que todo alumbra, y ninguna de las deidades que rigen el universo se percató de que esto ocurrió. Mediante la magia oscura combinada con los poderes divinos de Nelü, Derüt pudo darle voluntad a ese fragmento, además de conciencia, deseo, y todas las herramientas necesarias para que ella los materialice en el mundo exterior a sí misma, si así lo quería.
“Nelü no compartía, no al menos con tanto ardor, los mismos designios que Derüt, y solía reprocharle su comportamiento, pero terminaba aplacada, convencida e incluso impresionada por su inamovible determinación; al punto que se le hacía casi imposible negarle favor alguno.
“Ahora bien, Sâr (el nombre del fragmento del Sol resumido, no da para escribirlo todo de vuelta) estaba elaborada enteramente por un compuesto sacro, de lo más sagrado que los numenes habían fabricado, y, por ende, cobijaba dentro suyo el poder divino de la creación, el más apreciado por los mismos dioses debido a su unicidad. Y Derüt, que había estudiado hasta el hartazgo, conocía, o más bien deducía su funcionamiento mediante las matemáticas y la biología, la forma en que este poder actuaba. Y sabía lo que hacer en consecuencia, también. Con la influencia mágica de Derüt, Sâr comenzó a parir innumerable cantidad de hijos, y ella misma estaba sorprendida, pues le habían dicho que debía copular para tenerlos, pero ella no lo había hecho, o al menos no se acordaba de que algo similar a lo que imaginaba ser eso le hubiese sucedido. Los primeros en nacer fuimos nosotros, los dragones de terrible aliento, y fue ése el período en que Sâr se encontraba en su apogeo en lo que a concebir hijos fuertes respectaba: éramos nosotros los más infernales de sus retoños, y yo era, y aún lo soy, el más aterrador de todos ellos.
“A medida que Derüt probaba nuestras habilidades y verificaba nuestra eficacia, cada vez quedaba más convencido de que era el momento indicado para declararle la guerra a los dichosos dioses, pues veía posibilidades de triunfar en la contienda. Con todo lo que tenía en su mano, al fragmento del Sol, Sâr, capaz de controlar cual marionetas a todos sus hijos y ver con sus ojos como si se tratara de los suyos -tal y como te está mirando en este momento-, sus propios poderes mágicos, que trascendían los de cualquier otro ser que hubiese existido jamás, y los de su esposa Nelü, definitivamente podría adueñarse del planeta.
“Pero, lamentablemente para él, le cortaron la mano antes de que pudiera mover siquiera un solo dedo. Nelü, a pesar de la insistencia de su cónyuge, se negaba en redondo a atentar contra sus congéneres, y urdió en su mente, a escondidas, un procedimiento para escapar de su morada sin que Derüt lo notase. Entonces llamó a una sierva de los mares que era amiga suya, la diosa menor Ëvis, mientras Derüt estaba haciendo esquemas de batalla junto a los dragones y Sâr, pues era un experto, entre otras cosas, en la estrategia militar, y quería, además, aprovechar al máximo el largo alcance que el fuego del dragón le permitía poseer, teniendo en cuenta siempre el poderío de los imponentes enemigos a los que habría de enfrentarse.
“Ëvis llamó a los delfines, que eran sus súbditos, y éstos se llevaron a Nelü consigo. Acto seguido, tomó la forma de ella, con las ropas incluidas. En cuanto Derüt volvió con su esposa, no notó cambio alguno en ella. Nelü había llegado con los delfines a la isla de Streütrefjs, donde habitaba Serër, uno de los dioses más poderosos de todos cuanto habitaban el mundo. Serër podía lanzar gritos descomunales, que vibrasen por todo el planeta, pero de decibeles tan altos, que sólo podían ser escuchados por ellos mismos, los dioses. Nelü le narró cuidadosamente todo lo que había visto desde que Derüt había llegado a su isla, traicionándolo vilmente de esta manera. Y Serër realmente se sorprendió por su relato, pues le costaba mucho creer que un simple humano pudiese causarles tantos problemas a los dioses, pero distó de encontrarse gravemente preocupado, sinceramente no concebía la posibilidad de que tuvieran que hacer un gran esfuerzo para erradicar la amenaza que Derüt suponía.
“Gritó entonces Serër, y su grito fue escuchado. Los dioses se volverían a reunir en concilio y decidirían las tácticas a tomar. En cuestión de un sólo día, todas las fuerzas de la naturaleza se habían juntado en Setrütrefjs, como hacían siempre que oían el llamado de Serër. Y allí estaban los cuatro grandes dioses: Ferëntreh, rector y emperador de las regiones septentrionales, Serürethûn, rector y emperador de las regiones meridionales, Viluramë, rector y emperador de las regiones occidentales, y el propio Serër, que era el rector y el emperador de las regiones orientales. Discutieron sobre el asunto durante tres días, pero recién al cuarto quedó totalmente dispuesto el plan de ataque.
“Mientras tanto, Derüt estaba furioso a la par que desesperado. No pasaron tan sólo unas pocas horas hasta que no se hubo dado cuenta de que aquella no era su flamante mujer, sino que se trataba de otra creatura. A pesar de ser idénticas en lo que al físico y todo el aspecto empírico se refiere, y a pesar de que su actitud era igual, también, en apariencia, había algo en ella que le daba la certeza de que no era su Nelü, algo que era más bien místico. Al notar eso, no hizo otra cosa más que entrar en llanto, como si de un frágil bebito se tratara, siendo él el mayor y más magno de entre todos los de su especie. Lo siguiente que sintió fue el odio desbordante, un rencor que nunca antes había conocido, y que superaba cualquier barrera de lo soportable por una mente cuerda; y es por eso que ésta estalló finalmente, quedando él totalmente loco, atado con las cadenas que su propio cerebro le ponía.
“La traición de Nelü habría sido doblemente mala para Derüt, pues, básicamente, sus esperanzas de triunfo estribaban en tres factores fundamentales: el aislamiento de cada dios en particular, su falta de preparación y el desconcierto provocado por la sorpresa. En sus circunstancias no tenía prácticamente chances de vencer: los dioses estaban, ya, todos reunidos en un único punto, estaban prevenidos, por lo que no los podrían sorprender en un estado de impotencia, y tenían una estrategia; el mundo repentinamente se puso en contra del hechicero, y todo era culpa de la traición del ser al que más amaba, del único ser al que amás había amado: la diosa Nelü. Aún así, no pensaba rendirse, iba a luchar hasta el final. En su demencia, Derüt fabricó, por medio de Sâr, a la mayoría de los que acabas de matar: los más inútiles de sus hijos y esbirros, los que, con sus poderes combinados, no podrían rivalizar ni con los del más débil y manso de los dragones. Hasta me avergüenza aseverar que tenemos un origen común.
“Como decía, los dioses se habían preparado e iban a entrar en batalla. Nelü había recibido indulgencia de parte de ellos, y no le esperaba ningún castigo por tener originalmente connivencia con Derüt. Mientras que Derüt hacía un último intento por aumentar, aunque sea un poco, sus filas; pero no se podía dar cuenta de que, en su inestable estado, era incapaz de elaborar fértiles retoños. Resultaba Derüt incapaz, también, de darse cuenta de algo crucial: Sâr se había percatado de que las cosas no iban tan bien como se esperaban, y sabía que los designios del hechicero, sean cuales fueran, no debían llevarse a cabo; para su propio beneficio y el de sus hijos. Así que, cuando se comenzaron a escuchar las trompetas que anunciaban la llegada de las deidades, Sâr ya tenía bien engarzado en su mente lo que habría de hacer. Derüt, confiado de que Sâr le sería leal, no tenía idea de lo que pasaría. Montó en mi grupa, entonces, Derüt, pues sabía que yo era el más fuerte de entre todos sus esbirros y quería hacer gala de mi inusual tamaño y mi destructivo poder.
“En cuanto estuvo a punto de lanzar la primera piedra, Sâr tomó control de mi cuerpo y lo hizo aterrizar para después besarle las rodillas y los pies a los dioses, implorando misericordia. Serër, que no se dejó conmover demasiado, me sujetó los miembros con una cadena espiritual, y después sujetó las de Derüt. El resto de los dragones y demás hijos de Sâr, al vernos, también se rindieron y exigieron piedad para con ellos. Y los demás dioses hicieron lo mismo que habían hecho conmigo y con el hechicero: nos inmovilizaron completamente. Después entraron a las antigüas estancias de Nelü, nuestro refugio y morada, nuestra fortaleza, la vaciaron hasta que nada quedó allí dentro, encontraron a Sâr y también la sujetaron.
“Nos llevaron después a Streütrefjs, donde comenzaría nuestro juicio. Luego de muchas semanas de discusión, el jurado dictaminó su sentencia: Derüt sería condenado a muerte, ya que era un humano que había adquirido la inmortalidad ilícitamente y, encima, sólo había causado calamidad con ella, llegando a atentar contra ellos mismos; y Sâr y sus hijos, serían desterrados de la tierra y del mar, y serían obligados a vivir en las alturas, sin poder bajar nunca por ningún motivo; ellos se habían rendido, sí, pero sólo al final de todo, cuando veían que nada podían hacer para ganar, y es por eso que habían recibido una condena, al contrario de Nelü (arrepentida desde el primer momento), que había quedado totalmente exculpada.
“Así que los dioses levantaron estas montañas, y aquí vivimos desde entonces. El frío de este lugar nos mataría de no ser porque Sâr toma su rol de fragmento del Sol irradiando calor constantemente, gastando una mínima parte de su poder y combustible al realizar esto. Pero, tal y como están las cosas, Sâr crecería de tamaño y explotaría, como hacen todas las estrellas, recién dentro de varios millones de años, por lo que no tenemos nada de lo que preocuparnos en lo que a eso respecta.
“Ésta es la historia. Éste es el porqué estamos acá.
-¿Eso es todo?
-Ahhhh, no, me olvidaba de algo importante -balbuceó el dragón-. Resulta que Derüt al final no murió, pues Nelü estaba afligida por él y no quería que se cumpliera la perentoria sentencia. Entonces improvisó una canción ante todo el jurado, cuando todos se disponían a irse. Y su voz era hermosa, y su silueta era exquisita, y sus ojos esmeraldas, y sus labios rubíes, y sus cabellos como oro rutilante caían a su espalda, y su canción hablaba sobre las desventuras de su marido, y enterneció a todos allí. Entonces cambiaron su sentencia, decidieron, pues, que Nelü, si lo deseaba, podía volver a su isla y llevarse a Derüt, vivo, con ella, pero nunca podrían moverse de ahí ni mucho menos fraguar malignos designios, a lo cual la diosa aceptó gustosa.
“Y así viven ambos a día de hoy.
-¿Para qué me contaste todo esto? No me interesaba, en verdad -dijo Seär, que había entrecerrado los ojos en más de una ocasión y, creyó, se había quedado dormido por momentos. Su nivel de concentración era prácticamente nulo excepto en lo que a pelear se refería.
-Es que has acabado con la mayor parte de los hijos de mi madre, eran unos inservibles, pero también eran amados, de cierta forma -contestó el dragón sin mostrar signos de enfado por lo brusco de la respuesta de Seär-. Sâr tiene una propuesta que hacerte, yo si fuera ella no te la haría, pero no lo soy.
-¿Y cuál es? Además de darme el placer de poder asesinarla, no creo que pueda darme mucho más.
-Eres un impertinente, y no te molestas en tratar de ocultarlo ni por un segundo -el dragón, por un instante, pareció cambiar de actitud ligeramente-. Un guerrero de tu nivel podría mostrar un poco de más educación, pero creo que no la recibiste en lo absoluto.
-Estás en lo correcto: no sé leer ni escribir, ni sumar ni restar ni dividir, ni ninguna norma moral que cualquier persona normal recibiría en los albores de su existencia -dijo Seär, como casualmente-. Es hora de que yo te cuente mi vida, que es lo que me parece más correcto después de haber oído atentamente toda tu retahíla de soporíferas frases. Mi padre, un borracho violento y sin escrúpulos, le hizo un favor al mundo suicidándose cuando yo tenía unos seis años de edad. Mi madre, una prostituta que le metía los cuernos a mi padre hasta con el verdulero, murió de una enfermedad a la que los médicos llamaban sida, cuando yo tenía unos nueve años. Nunca me importó su destino. De mis cuatro hermanos yo fui el único en sobrevivir: una plaga se encargó de borrarlos de la faz de la tierra cuando yo tenía tan sólo once años de edad.
“Recién me sentí vivo a los trece, cuando entré a una banda de ladrones y asesinos. Éramos pocos, pero salvajes, y sabíamos escabullirnos y huir cuando esto era un absoluto menester. Allí aprendí a utilizar la espada, y resultó ser bastante más sencillo de lo que creía a simple vista. No había nada más emocionante para mí que hurtar baratijas, no sentía miedo, más bien al revés: mi sangre fluía de una manera distinta al resto del tiempo, y las sensaciones que tenía... eran inexplicables, tan soberbias que no podría describirlas con claridad. Gracias a mi destreza, pronto me transformé en el lider de mi grupo de delincuentes, y todos me lisonjeaban.
“Aún recuerdo mi primer duelo real con espadas. Ya había entrenado incansablemente con mis compañeros, pero nunca había sido algo demasiado serio, nunca había sido a muerte. Resulta que una vez, en medio de una trinca, un soldado salido de quién sabe dónde se acercó blandiendo su espada, todos mis colegas se proponían a escapar, pero yo me quedé ahí y me enfrente a él. No estaba atemorizado, sino más bien curioso: aquello nunca me había sucedido, y probablemente sería excitante también. Y lo fue, y más de lo que esperaba. Todavía me acuerdo de cómo me sentí cuando el filo de mi espada cortó su estómago cual rodaja de jamón, cuando escuché su grito de dolor retumbar en mis tímpanos, cuando la sangre brotó de su vientre cual tórrido geiser. Lo que me embargó en ese momento fue inmedible, el grado de felicidad que yo sentí en ese instante fue incalculable...
-Tenemos que arreglar el asunto del que ya te hablé, así que apura en pronunciar tu grandilocuente discurso -comentó con sorna el dragón, al que tampoco le había entretenido en demasía la historia de su interlocutor.
-Como desees -dijo Seär con una sonrisa-: terminé de crecer con aquella gente, hasta que, por accidente, me crucé con cierto mago. Él mató a todos mis camaradas, pero tuve la suerte de poder deshacerme de él antes de que hubiese hecho lo mismo conmigo. Me hice famoso después de eso, y me vi obligado a dejar de transgredir la ley. Me hicieron noble, pero la vida cómoda no me dejó conforme, así que un día la abandoné y partí en búsqueda de aquella sensación que tan bien me había hecho: la sensación de estar al borde de todo, en la cúspide de la adrenalina, matando a alguien...
-Felicidades, tuviste una vida muy linda -dijo el dragón esbozando una extraña mueca que podría denotar tanto diversión como su antítesis, aburrición-; pero así como a ti no te importó la muerte de tus padres ni la de tus hermanos, a mí no me interesa en lo absoluto lo que tu hubo ocurrido, ni a ti ni a tu familia.
-¿Y qué te hace pensar que a mí sí las vicisitudes que a ti te hubieron pasado? -preguntó Seär.
-Volvamos a lo que nos concierne a ambos y tú no te cansas de eludir: la propuesta de Sâr -dijo el dragón-. Mira, ella quiere que simplemente ceses en tu capricho de quererla matar y que te conviertas en su nuevo siervo. Vio que eras fuerte, y, ya que habías acabado con una buena cantidad de sus hijos, se le ocurrió que sería una buena idea poder reemplazarlos.
-Está bien -dijo Seär.
-Me alegro.
-Pero... -dijo Seär- exijo una condición.
-¿Cuál?
-Que debo matarlos a ambos antes.
Entonces el dragón, furioso, espiró fuego en dirección a Seär. Pero el guerrero ya había empezado a correr desde que el momento en que terminó de lanzar su amenaza, y su celeridad era digna de admiración; así que Seär, para cuando llegó la llamarada, ya se encontraba lejos del peligro; aunque no por demasiado. Quizás no se había dado cuenta, pero se había acercado demasiado al dragón, así que éste aprovechó esa cercanía para intentar darle un zarpazo y desgarrar su frágil carne, aunque no terminó haciendo más que dar un golpe fallido, pues Seär había visto que estaba alzando ligeramente su brazo y pudo anticiparse a sus movimientos, evitando finalmente el contacto con su pinchuda garra tirando su columna vertebral tan sólo un par de centímetros hacia atrás. Irritada, la bestia dio otra exhalación, pero ahora Seär aprovechó su cercanía, con una rapidez a la que sólo él podía alcanzar, pasó por debajo del reptil, esquivando en su trayecto, también, un potente pisotón de éste. Seär era realmente inteligente, era ahora algo paupérrimo para el dragón: aunque no había recibido una educación formal, la experiencia le había otorgado instintos notablemente desarrollados y una agudeza mental más propia de una jauría de voraces lobos hambrientos. El homo sapien sabía lo que hacer: al ser un dragón, básicamente un animal de largo alcance, debía acercarse a él para entrar en su especialidad, el corto alcance, además, el encontrarse en una sala techada le era sumamente propicio en lo que a mantener al dragón lo más quieto posible respectaba, sobretodo porque se trataba de una creatura, esencialmente, alada, y la acortación de su movilidad le permitía controlar mejor la situación de manera notoria.
-¡Ahhhhhhhhhhh! No te escaparás -rugió Rerel (nombre resumido del dragón)-. Sabes que no puedes.
Lanzando fuego, Rerel dio una media vuelta sobre sí mismo a la mayor velocidad que pudo, pero, en cuanto lo hizo, Seär había pasado nuevamente por debajo de él, teniendo que eludir, esta vez, a su triangular cola, que, bien robusta, arremetía contra su persona. Aunque Rerel vencía en lo que a potencia de choque se refería, Seär era mejor que él en lo que correspondía a velocidad, al menos en aquellas circunstancias. El dragón se estaba, poco a poco, enojando, aunque su ojerosidad no fue tangible hasta transcurrido otro tiempo más. Le molestaba no poder aplastar a un simple humano, que ni siquiera poseía poder mágico alguno, alguien que, a sus ojos, era como cualquier otro de sus hermanos. Nunca se había considerado a sí mismo lento este dragón, de hecho se lo consideraba como uno de los ejemplares más veloces y de mejores reflejos de su ralea; así que no se iba a perdonar a sí mismo el seguir quedando en ridículo de esa forma. Seär, mientras tanto, proseguía con su infalible táctica, esquivando al fuego y las garras de Rerel pasando por debajo o por al lado de él, y lo hizo hasta que el dragón comenzó a sospechar que se estaba burlando de él, cuando en realidad lo que estaba haciendo era buscar su punto débil, como siempre solía hacer con sus adversarios. Ya conocía el guerrero la forma de moverse de Rerel, todos sus movimientos ya eran, para él, completamente previsibles. Ahora sólo bastaba encargarse de encontrar la parte tierna de su piel, aquella que no estaba acorazada por las presuntamente inquebrantables escamas y que, según sus teorías, no por todos lados lo recorrían.
Su espada chocó con furia contra su estoica piel, pero ésta, de propiedades increíblemente resistentes, soportaba intacta todas las embestidas. Fue así, hasta que el dragón, llegado al límite máximo de su paciencia, finalmente explotó de furia, y sus movimientos se hicieron realmente espasmódicos y difíciles de calcular. El fuego también estaba pasándo más cerca de Seär, y a tan poca distancia pasaba, que, en una de las expeleciones del dragón, no pudo evitar, por más que hubo aplicado todas sus energías en ello, del todo la llama, que socarró una pequeña porción de su muslo derecho, causándole una gran ponzoña que no pudo evitar plasmar en un resonante alarido de atenazante desazón.
-¡Jajajajajajajaja! Eso te pasa por enfrentarte a fuerzas superiores a ti, inferior humano. Que te sirva de escarmiento -Rerel se ufanó casi instantáneamente de lo que había acabado de hacer.
Mas Seär estaba, más que adolorido y lloroso, contento, embriagado por el cautivante aroma de la conflagración. Sólo había sido un poco de carne rostizada, aquello no le afectaría en lo absoluto, mas bien al revés: sería como un incentivo para él. Moviendo ligeramente su músculo pudo cerciorarse de que lo que sospechaba realmente era cierto: su herida apenas sería una insignificante menudencia que en nada de lo que le interesase le perturbaría.
Seär no ansiaba imaginar demasiado el resultado de un posible enfrentamiento de su espada con las garras de Rerel. En verdad no deseaba saberlo, al menos hasta que no fuera el momento indicado, considerando el hecho de que era concebible la posibilidad de que su arma directamente se rompiese en el instante de la colisión, sería complicado poseer confianza ciega en que no se resquebrajase mínimamente al estrellarse y que no podía haber una forma preferible de hacer un ventajoso uso de su relumbrante espada. Se preguntó, entonces, qué pasaría se la metiera entre sus labios resecos, tal y como había hecho con la primera de sus víctimas de aquel extraño lugar.
Ésos eran sus pensamientos cuando otra llamarada de fuego se escapó de la hendidura bucal del verdáceo reptil, pero que fue nuevamente evadida por el conspicuo humano en una exótica vuelta carnero que lo impelió algunos metros hacia delante. Rerel se adelantó unos pasos para pocisionarse mejor ante su enemigo, pues en sus mientes no fraguaba buenas intenciones; de ninguna manera. Pero en cuanto su antebrazo se distendió con el fin de causar en él inhumano perjuicio, éste, inopinadamente, logró conseguir la velocidad requerida como para subir por su muñeca, procurando siempre evitar el contacto con las pinchantes uñas, y también sin resultar ser tan descuidado y golpearse vehementemente contra ésta. Y bien le valió su destreza.
Al ver Rerel cómo Seär se dirigía hacia su propio rostro gracias al impulso que él mismo le había dado, no pudo sentir otra cosa más que un vasto regocijo, ya que su litigante era, sin lugar a duda, estúpido. Así que abrió nuevamente su boca, pues iba a lanzar fuego e iba a, por fin, acabar con su miserable vida. Pero Seär sonrió, como agorero de infortunios, y lanzó a su espada de una forma que el dragón nunca se habría imaginado que podría hacer: cual volatil lanza la había arrojado el tenaz guerrero. Antes de que hubo salido de su desconcierto, la tizana le había atravesado la boca a Rerel, había entrado a ella y había sentido un terrible dolor que a todo su ánimo fuertemente estremeció. La espada afilada había cortado una parte de su bífido sinhueso, y había provocado irreparables deterioros en sus mullidas amígdalas, además de en su rojiza úvula.
Ahora fue el turno de Seär de reír.
-¡Jajajajajajajajaajajajajajaja! ¿Quién es que era el superior? Veo que yo, sino no estarías ahora en esas condiciones y yo, tal y como me ves, casi incólume.
Evidentemente, Rerel no podía contestarle, porque sino lo habría hecho. A decir verdad, su dolor era tal que lo que se habría limitado a hacer, seguramente, habría sido un simple y atronador aullido de bestia enloquecida. El calvario del desafortunado dragón era tétrico hasta límites rara vez sobrepasados, principalmente porque jamás había sentido sufrimiento físico alguno y todo aquello era muy nuevo para él.
Y la espada seguía allí clavada, y la empuñadura seguía reluciendo ahí, sobresaliendo un poco por sobre sus resecos labios. Se tiró entonces al suelo el dragón de todo el suplicio que el destino, insidioso, le estaba haciendo sobrellevar. La sangre, negra como un agujero sin fondo, caía a raudales en el suelo, creando charcos compuestos enteramente por dicho líquido. Seär no podía hacer más que quedarse observando aquella terrífica escena, aunque con mirada impávida: él no era de los pavorosos que se amedrentaban ante todo.
-¿Ya dejaste de lloriquear, bestia inmunda?
Para el horrible asombro de Seär, Rerel volteó su mirada hacia él, y sus ojos chispeaban de forma increíble, rezumaban un repugno que sólo los de su especie podrían patentar. Entonces el reptil escupió la espada, que impregnada de sangre en su totalidad estaba. Seär no pudo evitar esgrimir una mueca de asco ante tan desagradable imagen que ante él se presentaba. La sangre, para la completa sorpresa de Seär, de la boca del dragón dejó de brotar, y sus iridiscentes ojos ahora reflejaban júbilo y no otra emoción.
-No estaba seguro de que pasaría esto, pero finalmente ocurió -dijo el dragón en un tono de voz que expresaba, por sí mismo, gran alegría-. Mi padre, Derüt, que es como yo lo llamo a él, me otorgó más cualidades de las que en un principio creía poseer.
Era imposible, su lengua no debía estar en condiciones de hablar, y menos con esa claridad. No podía ser...
-“Una vez, mientras estábamos descansando de nuestro entrenamiento rutinario, me dijo con su usual tono de voz tan pastoso y difícil de entender; aquel que, a veces, hacía que uno cayera en la cuenta de lo que se estaba hablando recién algunos segundos después de que lo hubiese dicho. Éstas fueron sus palabras: “Tu fuego es capaz de derretir todo cuanto toque, y tu escudo es casi tan especial como él”.
“Pero ahora, y sólo ahora, pude, finalmente, comprenderlo. Puedo regenerarme: mi lengua, que hasta hace poco estaba neutralizada, en estos momentos se encuentra en óptimas condiciones. Mi escudo, evidentemente, es esta función que él me dio, con la cual puedo resistir contra cualquier agente hostil terminando sin perjuicio alguno. Estoy hasta empezando a dudar de que las aspiraciones de mi padre fueran tan sólo descabelladas fantasías, una simple producción de su irremisible trastorno.
“Así que, ya ves, no tienes ninguna opción excepto la de la rendición.
-Si tú lo dices -dijo Seär.
Entonces, cuando parecía que iba a arrojar su espada -la había recogido en cuanto el dragón la expectoró-, sonrió, mostrando nuevamente su tosca dentadura, o lo que aún quedaba de la misma. El dragón, apenas atisbó aquel injurioso gesto, lanzó otra llamarada hacia el cien mil veces maldecido Seär. Pero éste la esquivó como bien sabía hacerlo.
Seär estaba dando, insólitamente, vueltas alrededor de Rerel. El fuego circundaba al cuerpo del dragón cual un molinillo de papel encendido girando a toda velocidad. La situación del lagarto era, desde ya, completamente patética. ¿Cómo un ser humano normal podía alcanzar tal rapidez? Su interrogante no parecía tener respuesta.
El dragón rugió: estaba exasperado. Seär aprovechó aquello para lanzarle una estocada en su pierna... que lo único que consiguió fue quebrar su tizana en un ensordecedor chirrido que dejó a los oídos del guerrero, ya maltratados por las estridencias continuas de la querella, en un estado momentáneamente infuncional. El metal se partió en incontables pedazos que se desparramaron en innumerables migajas por el suelo, perdiendo todas éstas su característico brillo que tan bien las distinguía. Mas de la empuñadura seguía sobresaliendo un segmento transversal de metal, y su filo, a pesar de no ser como el de antes, podía seguir rebanando carnes y sesgando cuellos; y eso fue lo que, ciertamente, no tardó en corroborar Seär al tocar su pinchuda punta con el extremo de su roñoso dedo, del cual, al punto, no tardó en escapar una rojiza gota de titilante sangre.
-¡Ves! Sabía que eras un idiota -profirió Rerel con sorna-. Te dije que no podías romper mis escamas con ningún material existente en este mundo. Ahora estás realmente acabado: sin espada ni herramienta a nadie puedes lastimar.
Seär no tuvo la decencia de responderle.
El dragón, mientras se reía, hacía algo que el guerrero no se esperaba en lo absoluto: se tiraba de pecho encima de él, mientras lanzaba una llamarada de fuego hacia la misma dirección. Seär se vio repentinamente acorralado, y corrió: simplemente corrió, como nunca en su vida había hecho. La sangre le hervía en la sangre, pero no le importaba: sólo pensaba en ser, Seär, lo más rápido posible. Su cerebro se autosugestionaba a seguir, y toda su mente, en ese entonces, sólo era capaz de enfocarse en el vaivén de sus pies, primero uno, después el otro, y así; todo a una velocidad fantasmal; era una hazaña digna de una eminente deidad. Pero en determinado momento sintió que se caía con una gran brusquedad y violencia, y le pareció que, al golpearse la nariz, se la había partido en dos el blanquecino tabique. Al caer se había escuchado un sordo baque que había retumbado por toda la sala y que fue oído por el terrible dragón.
-Jajajajajajajajaja -rió-. Estás perdido.
Pero antes de que Rerel pudiera hacer cosa alguna, Seär había logrado zafarse. Acto seguido, el guerrero pensó: “Es mi oportunidad”. Entonces escaló por la cola del dragón sosteniéndose fuertemente con sus sudorosos dedos. Rerel notó esto, así que se incorporó lo más rápido que pudo, pero en cuanto lo hizo Seär ya estaba forcejeando para no caerse de entre una de sus coriáceas alas. Tuvo que esforzarse mucho este tenaz personaje para no soltarse de su asidero, tanto que, por un instante, creyó que ciertamente lo iba a abandonar.
Pero no lo hizo, y saltando desde coyuntura del extremo superior del ala izquierda Seär pudo elevarse hasta sostenerse de una de las puntiagudas orejas del reptil.
-¿Cómo te subiste hasta ahí, maldito!
Seär no tenía tiempo para explicaciones, por lo que, dando una vuelta por encima de su oreja, llegó hasta la frente del dragón y, aprovechando ese impulso, le clavó el fragmento de espada que se mantenía adherido a la empuñadura de cuero. Probablemente, de haber sido ésta más larga le habría llegado al cerebro y habría muerto, pues ése era uno de los órganos que no podía regenerar. Pero de estar intacta también, seguramente, no habría podido ingresar por la cavidad del ojo, cosa que, gracias al corte perpendicular que se había generado, era posible.
De forma que Rerel gritó como nunca lo había hecho, aún como lo habría hecho de poder hacerlo en el momento en que Seär le había lanzado la espada y ésta se había clavado muy por dentro de su esponjosa boca. Es que si hay alguna parte de cuerpo que al dañarse causase dolor, ésta es la de sendos ojos.
A pesar de que Seär hizo todo lo que estaba en sus manos para caer de la manera menos perniciosa posible, terminó por ser víctima de un terrible colapso que le causó una fractura de rodilla que apenas pudo silenciar. Aún en ese estado, creía, podía ganar.
-¡Che, bestia estúpida! Acá estoy.
Rerel, dominado por una furia que hasta el momento había desconocido, lanzó una llamarada de fuego a su izquierda, de donde provenía la rasposa voz del guerrero, pues no podía calcular su posición exacta al tener todavía la empuñadura clavada férreamente en su ojo izquierda. El fuego de no haber sido influido por un agente exógeno habría girado en un ángulo de cuarenta grados, pasado rozando su propio abdomen, algo cerca de Seär y no se habría dado a sí mismo. Pero los avatares no transcurrieron de esa forma.
Pasó que Seär, mientras azuzaba al dragón para que lo atacase, había sacado su campera de su mochila y, al momento en que el reptil había escupido su fuego, éste ya había calculado su trayectoria y había sonreído, porque sus planeas habían funcionado a la perfección. Al estar el fuego girando, un pequeño incentivo podría modificar considerablemente su recorrido. Y eso fue exactamente lo que el guerrero hizo que ocurriese.
Agitando de la manera más brusca con la que jamás había agitado una campera, Seär logró formar una pequeña corriente de aire. Ésa era la última de sus energías, y la enfocó toda en ese decisivo movimiento. Por la fricción, la campera se rasgó en incontables secciones de lo rápido que se sacudió. Pero Seär había cumplido su cometido: la pésima puntería de Rerel y su impetuosidad habían hecho su aporte, pero él había sido el principal artífice.
El dragón estaba con los colmillos entreabiertos, rugiendo desesperadamente, presa de un odio que le había calcinado el alma hasta su último hálito. Su cuerpo estaba desfigurado por su propio fuego, y eso era algo completamente inédito en toda la historia del mundo, y él no dudaba ni medio segundo de que todos sus hermanos, apenas se enterasen de lo ocurrido, estallarían en resonantes carcajadas. Estaba a punto de morir, pero aún no lo había hecho.
-Mirá lo que hiciste -se mofaba aquel humano tan vulgar-, ¡ay, pobre de vos! Por fin, ahora, comprendés la naturaleza de tu propio ser: las velas, por más cera que posean, siempre terminan siendo consumidas por su propia llama. ¿Te das cuenta ahora de lo que realmente significaban las palabras de Derüt? “Tu fuego puede derretir todo cuanto toque, y tu escudo es casi tan especial como él” Es evidente que, si el fuego puede derretir todo, entonces puede derretir tu escudo también, al ser él parte del todo; así como también lo es el hecho de que es casi tan especial como él, y no tan especial como él, es porque puede ser destruido y franqueado.
Seär levantó su hacha para darle muerte a esa penosa creatura que desintegrada en el suelo se quedaba. Pero, para sorpresa del agónico reptil, el guerrero no la bajó y, pasados unos segundos, el encono volvió a colmarse en el pútrido corazón del dragón.
-¡Hazlo! Ya sabes que la vida no vale nada para mí y que sacármela es lo mejor que me podrías hacer.
Pero el guerrero negó con la cabeza.
-Lo mejor que puedo hacer por ti, pero no por mí -contestó-. Si te mato ahora, no voy a poder reconciliarme con tu madre.
-¿Qué quieres decir?
-Que acepto su propuesta -al decir eso, tiró su hacha al suelo.
-¡Qué? ¿Y por qué ahora? ¿Querías esperar a que acabara en este estado para aceptarla? ¿Acaso sólo deseabas damnaciones para mí?
-No -dijo-. Lo que pasa es que no lo había pensado de la manera correcta. Si te mato a ti, y después a todos en este reino, ¿Qué voy a poder hacer en este mundo? Mi vida perdería el sentido en su totalidad. ¿Y si me enfrentara también a los dioses? Dudo que pueda causarles más problemas que un pequeño bebé. Derüt ya sufrió las consecuencias por subestimarlos, y yo no tengo más probabilidades que él.
-¿Quién eres para hablar sobre Derüt, si nunca lo viste ni tampoco sabes qué tan poderoso era? Todo cuanto conoces sobre él es por boca mía, y yo te digo que puedes vencerlos, y te insto a que al menos porfíes en intentarlo.
-No -dijo-. Porque, si lo hiciera, ¿qué tendría por hacer en el mundo?
-No sé. ¡No sé! -el dragón soltó una lágrima con la que plasmó todo el desprecio que bien adentro tenía guardado-. Sólo mátame, no me importa lo que hagas después.
-Qué mal, porque a mí sí -dijo Seär volviendo a recoger su hacha-. Y tu vida depende de la decisión que voy a tomar ahora.
-¡Aunque no me mates, moriré de todas formas! -gritó Rerel-. Habiendo quedado como una masa informe y con todos los miembros imposibilitados de moverse, no creo que ninguno de mis órganos no se hubiesen dañado.
-Capáz que Sâr pueda curarte, pero eso no viene al caso -dijo Seär-: si ella se entera que te perdoné la vida, puede que me acepte como uno de sus hijos. Si no lo hago, no cabe duda de que no me exonerará.
-¡Ella sabe que, de seguir viviendo, seré el mayor de los desgraciados, así que no te preocupes por eso, que entenderá tu forma de actuar!
-No lo creo -dijo Seär-. Sos uno de sus hijos, y no creo que repudie el que te deje con vida. La misericordia siempre se sabe apreciar.
-¿Pero no deseas, acaso, probar tu valía ante los mismísmos dioses? -preguntó Rerel-. ¿Es que eres un cobarde y temes enfrentarte a alguien demasiado más poderoso que tú?
-Yo sólo no podría contra los dioses, no tendría ninguna posibilidad de triunfar -dijo Seär-. En cambio, con ustedes, podría tener alguna chance.
Se imaginó Seär lo que sería estar montado en un dragón, quizás en Rerel, si es que sobrevivía, por las montañas, dirigiéndose hacia la gloria absoluta... Pero no, Derüt ya había cometido ese error y él no pensaba seguir sus pasos.
-No te permitiré que te salgas con la tuya, y te estoy advirtiendo -farfulló Rerel; había perdido la capacidad de hablar con claridad.
-¿Para qué querés que te mate? Lo que decís no tiene sentido.
-Ningún dragón se olvidaría nunca de lo que me pasó, y se reirían de mí hasta mi muerte, y aún siglos después -susurró Rerel-. Además, aunque lograse sobrevivir a esto, no podría seguir moviéndome por mi cuenta. Eso es peor que morir para un dragón.
-¿En serio? Mala suerte.
Seär se había dado vuelta y se estaba alejando cuando sintió un último escozor, una última molestia. Rerel, desde atrás, había dado una postrera exhalación. Y lo último que había sentido Seär antes de que se le deformara el rostro, diluido los ojos, la boca, la nariz, el cabello y el cerebro, y licuados todos los demás órganos, había sido calor. Mucho calor.
1 comentarios:
me quedó cortada la imagen... bah! xD
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