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El área geográfica del desierto se extendía hasta donde la vista alcanzaba a ver. Las dunas se erguían desde las profundidades de la tierra como innumerables excrecencias que se alzaban por sobre el cerúleo horizonte. La arena invadía todo aquel páramo desolado, donde no existía ni siquiera el más mínimo indicador que marque, aunque sea, una pequeñísima señal de vida. El Sol, nuestro mayor dador de luz, se hallaba completamente oculto, y si algún ser hubiese nacido en aquel preciso momento y en aquel preciso lugar no se habría percatado de que hubiese algo además de esa asfixiante oscuridad que todo lo cubría. El cielo se encontraba totalmente abovedado de estrellas, y la luna miraba fría, radiante y refulgente al infecundo paraje de ambarina piel con su pálido rostro blanquecino.
Se podía escuchar, sin la necesidad de aguzar la audión en demasía, a los violentos rugidos que sonaban con el viento, la tolvanera, que bramaba vehemente con ayuda de sus trillones de partículas que chocaban constantemente entre sí. Estas partículas que rechinaban con asiduidad estaban compuestos, quizás, por algo de polvo, algo de arena y algo de roca, que se elevaba y agitaba por sobre el suelo, probablemente, gracias a la acción de la vigorosa corriente de aire que todo lo movía. Giraba y giraba incesantemente esta gigantesca tormenta de arena, llevándose a todo cuanto podía. Si por alguna artimaña del destino algún ser biótico se hubiese topado casualmente con ese furioso torbellino que todo lo devastaba habría terminado irreversiblemente muerto, ya que estos impetuosos átomos golpeaban con tanta fuerza que todo material cuya resistencia sea menor a la de un poderoso acorazado resultaba víctima de un terrible e irremediablemente inevitable despedazamiento.
La arena estaba seca y áspera en todo el sector. La refrigerante humedad junto con todas las propiedades ambientales que se generan como consecuencia de su presencia estaban absolutamente ausentes en las cercanías. Durante un día habitual hubiese sido normal que las temperaturas lleguen a picos de hasta cincuenta y cinco grados Celsius, mientras que en el momento de caer el Sol el clima bajaba hasta los menos treinta grados centígrados.
Un halcón volaba a una rauda velocidad bajo los resplandecientes luceros de la noche, a aproximadamente unos ochocientos kilómetros por sobre la superficie, mirando fría e indiferente a unas diminutas y esponjosas nubes que flotaban a alrededor de tres leguas enfrente de él con sus agudos y penetrantes ojos, sin los cuales hubiese sido imposible percibir algún objeto tan distante. Sus alas planeaban plácidamente en la nitrogenada protósfera, balanceándose con suma agilidad y con la dosis justa para conseguir levitar con eficacia, como precisamente lo estaba haciendo en ese momento. Su pico apuntó hacia abajo y sus afiladas garras se contrajeron en un espasmódico movimiento que duró tan solo un instante, para más tarde volver a relajarse con una lentitud relativamente grande.
Pero una imagen que ni siquiera los pragmáticos y sin dudas extraordinarios sentidos de este perspicaz ejemplar volátil podían llegar a vislumbrar desde esas alturas, ni siquiera en una ínfima parte, se hallaba a incontables yardas de distancia. Un bulto se levantaba de entre los descomunales mares de arenisca, que poco a poco iba creciendo con un parsimonioso ritmo excesivamente desesperante. Como seguramente deducirán, este no era un promontorio cualquiera, ya que su provocante era un agente exógeno increíblemente curioso. Al principio no era más que una imperceptible mota de arenilla, pero una vez hubo pasado cierta cantidad de tiempo esta fue hinchándose hasta adquirir considerables dimensiones. Originariamente apenas sobrepasaba los dos yoctómetros de longitud, pero más tarde llego a medir cerca de las tres pulgadas. Pero muy pronto también logro superar esta marca, esa y muchas otras más. Su diámetro alcanzó una magnitud de cosa de unos cinco codos en cuanto hubieron transcurrido otros tantos minutos. Prontamente, su tamaño alcanzó su punto culminante.
Estaba claro que ella era, innegablemente, una criatura colosal. La sombra que proyectaba en el paisaje solo habría podido ser observada junto con cada uno de sus cabos mirándolo desde arriba a cinco mil pies, lo que les puede dar una idea de lo monstruoso de sus medidas. Sus miembros eran anchos, robustos y macizos, físicamente no poseía una refinada asimetría y estaba plagado de imperfecciones a nivel estético: su brazo izquierdo era más oblongo que el derecho, mientras que la mano zurda era más luenga que la diestra; y tenía un desperfecto similar en ambas piernas, además de una cabeza demasiado crecida en proporción al resto de su morfología. Tenía unos ojos tranquilos y dulces, del color de la miel, unos labios estrechitos apoyados sobre una mandíbula que estaba bastante desviada, en el sentido que se suele utilizar, hacia delante. Su nariz casi ni existía, apenas había una pequeña elevación, solamente notoria a muy poca distancia, y dos agujeros bien marcados a modo de fosas nasales. Sus áureos cabellos eran escasos, pero eran largos y se esparcían por todas las partes de su cuerpo, tenían una frágil contextura, y parecían poder quebrarse con facilidad. Todo su cutis; o más bien el forro que recubría sus carnes, ya que esta no semejaba a la que solían poseer los mamíferos ni un ápice; se asimilaba a la de una dorada sustancia viscosa, barrosa, tal vez algo inconsistente, y con incalculables llagas que recorrían todos sus rincones cutáneos. Por supuesto, es una obviedad que esta entidad carecía de un atavío que sirva para que lo decorase y protéjase contra gélidos céfiros.
Este ser amarillento se comenzó a agitar flemáticamente en un compás exasperante. Sus extremidades oscilaban de un lado a otro con una sorprendente pesadez y sus pupilas se agrandaban y contraían con una asombrosa rapidez, en una señal de que estaba expectante e impaciente de lo que estaba por venir. Su boca se abría y se cerraba como si estuviera murmurando algo, o cavilando en voz baja, aunque ningún sonido salía por esa cavidad. Sus pies formaban parte de este meneo corporal, e iban de un lado a otro, aunque estando siempre en el mismo eje, hundiéndolos ligeramente más en la arena. La luminiscencia lunar se reflejaba en su bruñida cabeza de tal forma que parecía que esta emitía luz propia.
Entonces la ingente polvareda se acercó precipitadamente hacia él. Pero él no parecía haberse dado cuenta de ello, ya que no se inmutó en lo absoluto: sus flácidos y a la vez estoicos músculos no se flexionaron ni medio milímetro, ni siquiera ante un peligro de esos estratos. El polvo ya golpeaba contra su rostro con una monstruosa fuerza arrolladora: las partículas golpeaban con tanta potencia que habrían sido capaces de perforar una ferruginosa muralla como si fuese un pedazo de vainilla. Pero su gesto siguió siendo el mismo de siempre: el de un total y decidido desinterés hacia todo lo que le rodeaba, tanto de las estrellas que se perfilaban por encima de él como de la tormenta de arena que se cernía sobre él. Pero la tolvanera no quería rendirse así sin más, y comenzó a girar cada vez con mayor rapidez, en un desesperado intento por perjudicar a ese ser que se limitaba a pararse sobre el arenoso suelo. Pero esta vez tampoco consiguió impeler en su ánimo irrisorio, y su pasividad retornó a sus niveles normales, por así decirlo. Las dunas se iban desfigurando en toda el área, la borrasca estaba revolviéndolo todo.
La bestia alzo la mano izquierda, con los dedos bien abiertos. Mantuvo sus serenos ojos color miel cerrados mientras se desataba el vendaval. Entonces, la polvareda lentamente se empezó a agitar a un ritmo cada vez más pausado. Se movía sin prisa la arena, y parecía como si fuese todo en cámara lenta y la arena gire alrededor de la bestia como por arte de magia. Entonces la arena se empezó a juntar y a hacerse más densa en donde estaba la mano de la bestia, y muy de a poco toda la arena que estaba girando terminaba allí, como si fuese un agujero negro que todo chupa.
La arena no tardó demasiado en comprimirse toda en ese punto. Ahora, lo que antes había sido una gigantesca tormenta de arena, estaba condensado en una pequeñísima esfera de tan solo dos centímetros de radio que la bestia sostenía con el pulgar y el índice. Después, apretó su puño y deshizo a esa bolita en lo que había sido desde el primer momento: simplemente arena que desparramada por el férvido desierto desolador estaba.
Un agujero se abrió en medio del cielo. La circunferencia que lo rodeaba parecía que estaba como doblada, como si el espacio mismo se estuviera deformando. La entidad amarilla esbozó una casi imperceptible media sonrisa. Adentro del orificio parecía salir un destello rojizo, o anaranjado, además de un efluvio que semejaba al vapor. Muy pronto el destello fue cambiando de color con rapidez, paso a ser azul, cian, verde, gris, negro, blanco, plateado, dorado, fucsia, púrpura, violeta, lila, fluorescente, naranja, rosa, celeste, marrón, hasta volver a ser rojo. El destello fue ganando luminosidad de a poco, y no falto mucho hasta transformarse en una fuente de luz casi tan potente como los astros de la noche. A medida que el destello iba ganando luz propia, el intersticio iba ensanchándose más y más, hasta que no pudo evitar alcanzar un considerable radio de unos cinco metros. Llegado a un punto en el que el rojo parecía estar tan contenido, y parecía estar tan intenso, que lentamente se fue formando una gota en la esquina inferior de la abertura, una gota que fue ganando en dimensiones y en espacio una vez que paso cierta cantidad de tiempo. La gota poco a poco fue colocándose más abajo, y más abajo, hasta incluso superar los lindes del hueco con el mundo exterior. Creo que no hace falta repetir el hecho de que la primera bestia observaba todo esto sin sentir ni la más mínima perturbación, un humano normal habría dicho que es absurdo que algún ojo que se pose sobre ese extraño fenómeno no quede impactado de por vida, o por lo menos algo interesado, pero lo que sí era inverosímil era la indiferencia sobrehumana con la que miraba todo aquello la primera bestia. Como era de esperarse, aquella gota que habría podido ser confundida con una renegrida gota de sangre, aunque quizás sí lo fuese, cayó bruscamente sobre la árida superficie del desierto, dejando una mancha morada en el lugar donde aterrizó.
La arena, al sentir el contacto de este raro líquido, largo por un momento una especie de gas que se elevó hacia las estrellas. Esta mácula se iba expandiendo a una velocidad relativamente rápida mientras transcurrían algunos segundos. Era curioso que, a diferencia de lo que debería ocurrir, el color rojo de la mancha no se opacaba a medida que ganaba vastedad, sino que mantenía la misma tonalidad prácticamente en perfecto estado.
Una silueta se fue marcando como si la mancha estuviese destinada a expandirse solo hasta esos límites desde el primer momento. Una vez que se hubo dibujado completamente sobre la arena, había quedado claro que la forma que se había creado no era humana. La primera bestia se incorporó, aunque con una notable haraganería en sus movimientos. Caminaba con torpeza, sin ganas, y bamboleando la cabeza de un lado a otro. Cuando llego hasta donde se encontraba la mancha se agacho con dilación y hundió sendas manos en la rasposa arena. Sus muñecas quedaron sumergidas allí por algunos instantes, inmóviles aparentemente, mientras sus ojos buscaban algo. La silueta cada vez se dibujaba mejor, ahora había ganado nitidez y contornos mas delineados, y cada vez parecía más real. Por ultimo, también gano firmeza y una fuerte solidez, suficiente como para que no se deshaga con facilidad. Fue entonces cuando finalmente la primera bestia levanto en una única, imprevista y brusca sacudida a la segunda de entre la arena.
Esta segunda bestia era de tez rojiza, grande en tamaño, aunque no tanto como la primera. Su estatura estando totalmente erguido debía de ser de aproximadamente unos cuatro o cinco metros, y uno de ancho. Pero si había algo en lo que superaba en extravagante a su antecesor eso era en cuanto a las deformidades físicas: su hombro izquierdo estaba como dislocado hacia arriba, además de tener unos miembros demasiado extensos en comparación con el resto de su cuerpo, inmoderadamente desproporcionados: la punta de sus dedos incluso podían llegar a acariciar a sus rodillas. Su piel era roja ardiente, como la lava misma, e incluso por momentos parecía emitir una tenue luz propia. Sus ojos eran como dos enormes piedras de carbón ardiente, carecía de pestañas y de cejas, su boca era angosta y fina, aunque más que boca parecía simplemente un tajo que alguien había abierto entre la nariz y el mentón con una herramienta punzante. Sus cabellos eran pelirrojos, pelirrojos como fuego rutilante y centelleante, cada uno de sus pelos apuntaba hacia el anchuroso cielo como si de una tórrida llama hirviente se tratase. Su nariz era respingona, y, sin contar la punta que era bastante carnosa, parecía como si le hubiesen cortado ambos flancos con una navaja, ya que estos no se caracterizaban por poseer un abundante relleno. Su quijada, al contrario de la otra creatura, estaba desviada hacia atrás, y su volumen era más chico que del anterior. No había nada que lo proteja contra los helados vientos, aunque su epidermis sí estaba empapada de pies a cabeza con una inmedible cantidad de granitos de infructuosa arena.
El segundo ser apenas percibió al primero dio muestras de reconocerlo. Elevó sendos ojos hacia él, y lo escudriñó con la mirada por un momento. La primera bestia no parecía tan interesada en la segunda, como estaba ella con él. El segundo ser empezó a moverse con gráciles movimientos, en los cuales todas las partículas de polvo que es encontraban adheridas a su fárfara cayeron al suelo para incorporarse a las otras tantas que habían debajo.
Una hoja venía arrastrada por el viento. Allá a lo lejos había un oasis probablemente, y de ahí era de donde venía ¿O no? Debía de ser así, ya que en el horizonte se alcanzaba a ver un montón de hojas más, que venían como una inmensa hueste de feroces soldados verdes. El segundo ser alzo la cabeza y miró con algo de interés a la hojarasca que se estaba juntando.
Las hojas se juntaron tanto que empezaron a formar a una persona con cuatro miembros y una cabeza.
Después, otro más cayo del cielo. Era un tipo negro, como una sombra. Cuando su boca se abrió, parecía como si hablara desde las profundidades de algún otro mundo mucho mas siniestro que ese.
“El sello se ha roto” dijo.
Entonces empezó a llover.
2 comentarios:
Auuuuuuuuuuuuuh...!
Leí Zona Cero. Se nota que es tuya... Tiene un ritmo muy similar a Gritos en el Horizonte, pero esta es quizá más pausada, más descriptiva.
Es muy extraña, se asemeja a un sueño o a un principio de la creación... Van saliendo las bestias así como de la nada... Nu sé... @_@ Y queda con un final en plan... (piense usted lo que quiera, xD)
No está mal, pero a mí personalmente me gusta más Gritos en el Horizonte, ^^.
uoooooooooo! gracias por leerla, creo que sos la primera en hacerlo xD. por qué el usted? no me gusta tanta formalidad... :'(
(broma xD)
Sí, a mí también me gusta más mi otra historia, ésta se me hace medio cansadora llegado a cierto punto ^^U. Por suerte es un texto sin fines de lucro, sino no me ganaba el pan xd
Saludos lobaa!
auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuh
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