Reto V de cierto foro

Bueno, he participado en un reto de cierto foro, y tuve que escribir la historia de cierto usuario, y, a su vez, otro tuve que escribir uno sobre mí. He aquí sendos relatos:
Prólogo


Durante la primavera del año 142, en la Cuarta Edad de Arda, en una famosa posada asentada en Bree, un joven soñaba con Aman.

Había llegado hacía unas horas, tras el atardecer y mostrando una bolsa tintineante, tomó asiento. Engullía como si no hubiese comido en semanas y por su aspecto; delgado y poco cuidado, bien aparentaba que no lo hubiese hecho. Mantequita se sonrió, le caía bien el muchacho y aún pasó una hora más cuando parecía haber saciado su apetito.

-Tienes estómago de hobbit, esto…

-Mithrandir es mi nombre, ahora.- Dijo el chico sonriendo.

-¿Mithrandir? Ese nombre me suena. – Murmuró Mantequita rascándose la sien.

-Ja. – Se jactó una voz desde el rincón – Que osadía usar ese hombre. – La oscuridad cubría sutilmente el lugar de procedencia de la voz y Mithrandir sólo alcanzaba a ver unas botas muy usadas apoyadas sobre una silla y el ascua de una pipa al encenderse.

-¿Por qué? Me sienta muy bien– Respondió el joven, intentando atisbar mejor a su interlocutor. Tras las botas encontró unas pantorrillas, ¡de chica! y tras la bocanada de humo surgió un rostro femenino, ¡qué rasgos! Una fina y remendada capa verde vidrio ocultaba su pelo, pero ya con eso a Mith se le secó la boca.

-Como osas usar el nombre de Mithrandir, el de los muchos nombres.

-¿Es que no se pueden repetir?

-No. No dependiendo del nombre que quieras usurpar, enclenque, ni el honor del pueblo que se lo entregó.

-Bueno, todo depende de cómo se mire, yo lo veo más bien como un homenaje, que yo sé bien a quien me estoy refiriendo, creo. – El joven recuperó tan rápido la compostura que apenas se notó su ligero lapsus, tenía el pelo abundante y revuelto, con un flequillo que hacía entrever unos ojos pícaros y con un rostro apuesto de barba incipiente, de las que aunque lleven meses sin rasurar muestran que su dueño hacía pocos años que había dejado la adolescencia. – Permite que te explique sentada a mi mesa, puedo invitarte a comer algo si quieres. -Y la sonrisa sincera que Mithrandir brindó a la misteriosa desconocida la empujó a sentarse con él.

Una vez fuera del rincón parecía otra cosa. Llevaba ajadas ropas de camino bajo una capa corta y además iba muy bien equipada, pero seguro que era más bajita que él y desde luego ahora la veía casi más joven, aunque la pipa engañaba.

-Y ¿Tu nombre es? – preguntó el galán mientras le ofrecía asiento.

-Zancadas – respondió ella con solemnidad.

-Verás Zancadas, tengo una importante teoría de superpoblación en la Tierra Media muy estudiada. – Comenzó a explicarse el joven- Tras la maravillosa prosperidad del Reino Unificado y la estupenda convivencia con los pueblos vecinos comprenderás que el nivel de población se haya incrementado en mucho. Tras la Guerra del Anillo y los pactos del gran Rey Aragorn hijo de Arathorn y a través de muchas generaciones hijo de Isildur, la población humana ha crecido una barbaridad, en ciento cincuenta años hemos… hmmm… triplicado, ¿quintiplicado podría decirse? nuestro número, y una de las consecuencias es que a los padres ya se les acababa la inspiración ¿Sabes cuántos Sams o Gimlis hay en la Tierra Media? pero no con tan notables sobrenombres, claro. Verás, entonces, que sea lógico que en los censos se repitan los nombres. No imaginas cuántos Légolas conozco.

El cuerpo de la joven montaráz dio un pequeño respingo ante el último nombre y le miró con el ceño fruncido, intentando decidir si quería darle una oportunidad de credibilidad a esa teoría y a su interlocutor.

-¿Justificas con eso poder usar el nombre Sindar del Gran Gandalf el Blanco?

- Justifico eso y mucho más. – Afirmó el joven inclinándose sobre la mesa, dando un toque de misterio a su voz, intentando despertar el interés en esos ojos almendrados y profundamente verdes que le miraban con cierto desdén. – Sin duda el incremento de la población afecta a más cosas, como el crecimiento de pueblos y ciudades, o el aumento de tala y caza, que si sigue a este ritmo pronto afectará seriamente a los bosques y sus habitantes y eso llevará a problemas, que al final acabarán en guerras. Esperemos que no lleve eso al final de la tranquila paz que vive la Cuarta Edad.

Mithrandir daba a sus palabras todo su razonamiento, profundo y sincero, mas el tono de su voz, en ocasiones, indicaba que había estudiado bien su teoría porque quería venderla.

-¿Acaso eres un erudito estadístico o algo similar? No tienes pinta de eso, bueno tampoco tienes pinta de montaráz, de cazador o artesano, de sabio, de mago ni de muchas otras cosas. ¿De qué tienes pinta? Y ¿Qué solución plantearías a tu teoría? Aunque me permitirás decirte que me parece un poco dramatizada. Sobre todo con el tema de la deforestación…

-La solución está en abrir fronteras. – Sonrió el joven, como si estuviese a punto de verbalizar sus deseos por primera vez en voz alta.

-Las fronteras están abiertas y las relaciones son estupendas.

-Bueno, yo me refiero a otro tipo de fronteras, algo más delicadas.

El joven cambió su postura para valorar un poco más a Zancadas. Sus ojos se habían abierto imperceptiblemente cuando creyó comprender sus palabras y supo que no quería hacerlo sin ella. El color de la capa era el mismo color de sus ojos, dejaban ver una melena pelirroja muy bosquiniana que enmarcaba el rostro, esta no era una capa de viaje, demasiado liviana ¿Porqué querría llevar una capa “de andar por casa”? Acababa de conocerla, pero sentía una conexión inesperada, o al menos eso es lo que más deseaba en ese momento.

-¿Una jarra de cerveza? – Sugirió Mith cuando vio acercarse a Mantequita.

-¿Hidromiel?- Sonrió Zancadas. Ya era suya. – ¿A qué te refieres con fronteras delicadas? – Preguntó bajando el tono, cuando habían servido sus bebidas.

-A aquellas que marca el Mar, la Gran Falla, los Mares Curvos. Ya sabes.

-No, no sé.

-A sí, si sabes – reafirmó Mithrandir. – No creas que todo el mundo reconoce mi nombre Sindarin, Zancadas.

-Pero si te refieres a abrir fronteras con… Aman. Eso es algo imposible, esas fronteras son más que invisibles, sólo los elfos saben llegar al Segundo Mundo donde está Aman y sólo los elfos cabalgan las Llanuras de Valinor, sólo... – la joven se cayó, pensando que acabada de decir demasiado. Y a cada palabra de Zancadas, efectivamente Mith tenía sospechas nuevas hacia su interlocutora.

-Pero se hicieron excepciones cuando fue necesario y también fueron hobbits a Aman. Los elfos deben comprenderlo, tal vez los hombres tarden cuatro o cinco siglos en necesitar más espacio y fuercen fletar barcos desde los Puertos Grises. Pero qué son 600 años para los elfos. Tal vez nuestra naturaleza vuelva a despertar nuestros peores instintos cuando la necesidad apriete y los hombres se levanten contra los elfos aquí en la Tierra Media, para forzar a Círdan a crear barcos Cisne para ellos, capaces de llegar a Aman. ¿Puedes imaginar la evolución del hombre y sus relaciones cuando seamos miles de millares? Está claro que yo no lo veré, pero los elfos sí, y el haberme dado cuenta de la situación que se desencadenará me hace responsable de encontrar una solución. Si no se hace antes de la forma más diplomática posible sería fatal para el futuro de todos.

-No permitirán que los hombres campen en la tierra de los Valar y los Maia, en sus bosques, en sus montañas, en sus praderas. Ninguna raza de Aman lo permitirá.

-Ni a los hombres, ni a los semielfos, bien sé que tienes razón. – De nuevo esos ojos verdes se dejaron pillar. – Pero tendremos que hacérselo comprender.

-¿Tendremos? – Preguntó Zancadas arqueando una ceja, intentando disimular su incipiente entusiasmo.

-Una vez allí no van a echarnos – dijo Mithrandir, recostándose en su silla con los brazos cruzados y una amplia sonrisa en su rostro. Ya estaba dicho.

-¿No van a echar-nos? – Volvió a preguntar la joven, devolviendo la sonrisa - ¿Quieres que te acompañe?

-Lo tengo todo pensado, pero ahora sé que sin ti no podría hacerlo.

Y aquellas palabras flotaron durante segundos hacia los ocultos oídos de Zancadas.

- Hay muchas cosas ya pensadas – continuó Mithrandir. - Ya te dije que es una teoría muy estudiada, y no iremos solos en el camino. También nos acompañarán tres amigos míos, con los que he quedado aquí, en el Poni Pisador, espero que lleguen mañana y podamos partir pronto ya que el viaje es largo y tenemos que llegar a los Puertos Grises en el cambio de estación. ¿Sabes? Esos son los únicos días en el que, tal vez, algún escaso Cisne de Círdan parta hacia Aman. Entonces nos meteremos de polizones.

- ¡Ja! ¿De polizones? ¿Ese es tu inicio diplomático? - y la sonrisa de Zancadas indicó a Mithrandir que tal vez si existía esa conexión.

-Espera a escuchar el resto del plan…

Cada uno se retiró a sus habitaciones con una sonrisa en los labios, llenos de expectación, preguntas y sueños. Al día siguiente iniciarían su viaje, que duraría meses hasta ver el mar y ahora Zancadas no podía creer dónde se encontraba.

Todo había salido perfectamente, efectivamente Mithrandir lo tenía todo pensado y muy bien atado. Aunque todos los compañeros de viaje se dieron cuenta que Zancadas era semielfa, absolutamente nadie hizo el menor comentario. La compañía era grata y juntos hacían buen camino, todos parecían grandes y viejos amigos; Aewin, una joven rhohirrin, hermana pequeña de muchos hermanos y hermanas, a la que en su pueblo escasas posibilidades que alimentasen sus sueños y esperanzas le quedaban. Baren y Falen eran dos hermanos que tampoco encontraban su sitio. Los cuatro tenían el alma pura y eso se veía reflejado en sus relaciones con los demás, en sus amigos y contactos. Si que estaba todo pensado sí.

El plan incluía dar el cambiazo de la Edad. Cada cierto tiempo había algún barco cisne que partía de los Puertos Grises, eran escasos, pero los había y si tienes muy buenos contactos y llevas planeando ese viaje desde que gateas, podrías saber, al detalle, si esos barcos llevan presentes de los artesanos elfos que aún habitan los bosques, incluso antes de que se inicie la creación de los mismos. Y parecía que Mithrandir tenía esos contactos. Incluso otros más poderosos.

El viaje tuvo las pausas necesarias para ser vigorizante pero no agotar. Los paisajes cambiaban lentamente, pero a cada paso el vínculo entre Zancadas y Mithrandir crecía, cuando bajaban el ritmo a sus monturas y conversaban, entre bromas, de cosas serias, cuando sus ojos se cruzaban a través de las llamas de las hogueras nocturnas, intentando poner fronteras a lo que las leyes físicas comenzaban a hacer sentir. La joven semielfa imaginaba cómo sería su primer beso, pero el joven mostraba una determinación y seguridad en el plan y durante el viaje, que pese a no estar en nada reñida con su entusiasmo, la hacían pensar que no era el momento.

El cambiazo se hizo en los mismos Puertos Grises. Como estaba previsto pudieron acceder sin problemas a los perfectos baúles color hueso de pulida madera, con relieves evocando las enredaderas y las grandes flores de los bosques de los elfos, que guardaban toda clase de artesanías y armas. Una vez los cofres fueron abiertos con sutil habilidad, pudieron sustituir su contenido. Como Zancadas conocía ya muy bien el plan no se asustó cuando vio cómo sus compañeros, tras ingerir una poción transmutadora de otro buen amigo de Mithrandir, se convertían en los objetos que portaban las cajas, de modo que no dudo en beber la suya y confiar por completo en su amigo.

Ahora quedaba la tarea más ardua, la de explicar sus intenciones, si, pero Zancadas no creía que ya aquello estuviese sucediendo. Hacía un mes que habían abandonado Tirion, la Kôr de la Primer Edad, ahora caminaban con las Pélori a su izquierda y las fértiles llanuras y prados de Valinor a su derecha, mientras dirigían sus pasos hacia los bosques de Oromë.

-Aún no puedo creerme que esto sea cierto – dijo la joven deleitándose en el caer del sol en el horizonte.

-¿Aún piensas que no merezco mi nombre, Aneko, hija de Légolas, hijo de Thranduil, hija también de Katriana, la beórnida animista?

Otra vez los ojos de la joven denunciaron su sorpresa, mientras su compañero le guiñaba uno de los suyos. Y no imaginó nunca que ese primer beso pudiese suceder en aquel increíble lugar, tal vez los mismos Valar podrían estar viendo como se sellaba su pacto sin palabras.

"

y el mío...



Momentos cruciales


La región estaba desolada. Cientos de cadáveres estaban esparcidos por todo el páramo cual miles de hombres descansando después de varias horas de insomnio, o cual un argénteo mar calífero empapando la zona. Se escuchaba el graznido de los cuervos retumbar en las rocas como una orquesta de seres infernales tocando millones de instrumentos desafinados, mientras el Sol radiante alumbraba con su brillo matutino al bruñido acero que se embutía en los cuerpos de los belicosos, aquellos que habían luchado en aquella fragorosa batalla que tantos perjuicios había provocado en sus briosos combatientes. Entre los cuerpos muertos, entre las rodajas de músculos descarnados y las tiras de órganos, entre los metales abollados y carcomidos, entre los ríos de escarlata sangre que discurrían por el lugar, se erguía una persona viva. Se trataba de Mors Mortis, cuyo denodado corazón aun latía violentamente por debajo de piel y costillas; y cuyos tenaces pulmones aun no habían dado un postrer respiro. Era una persona delgada y esbelta, de un metro ochenta y cinco de estatura; de cabello negro como el ónice, o como una noche inescrutable bajo un manto de estrellas titilantes; de ojos marrones cual las hojas de los árboles que, una vez concluido el tórrido verano, comienzan a marchitarse y terminan cayendo suavemente en medio del deleitante rocío otoñal. La contienda había sido terrible..., horrorosa, y, desgraciadamente, Mors recordaba demasiado bien todas las vicisitudes transcurridas desde el nefando momento en que todo comenzó, cuando la semilla del mal aun no había sido del todo germinada...
Los protervos se contaban por varios billones. Habían acabado con varios pueblos, violado a las mujeres, asesinado al resto y robado sus pertenencias. Se trataba de una hueste de muertos vivientes, seres feroces donde los haya. Eran puros huesos, se solían vestir con raídos taparrabos; y usaban hachas, azadas, espadas, lanzas y cualquier otro objeto punzante con el fin de desgarrar la carne de cualquier creatura biótica que encontrasen; desmenuzarla cruentamente; mutilar los miembros una y otra vez; juguetear con los restos, ya sea haciendo picarescos malabares, o moviendo las mandíbulas para que pareciera que estuvieran discutiendo; y, después, quemarlos a fuego vivo hasta que adquieran una dorada y opaca tez; y terminen o bien tirados en el suelo sin más meditación o bien arrojados a un costado para que no estorben en el camino. Nadie sabía de dónde venían, ni quiénes eran con exactitud, sólo que eran muchos, demasiados; y que no conocían la piedad, ni la bondad, ni el amor, ni el miedo. Ya estaban en Francia, pues habían llegado a España e Inglaterra cientos de refugiados de la masacre parisina, los testigos de la caída definitiva de la ciudad y de su ulterior e irremisible masacre, y ellos habían sido quienes le informaron de lo sucedido a las otras naciones, las que aun pervivían a pesar de todo. Caía la lluvia cuando todo ocurrió en la metrópoli, una lluvia copiosa e intermitente, un diluvio que dejaba impregnado en el aire una densa humedad que ofuscaba la visión y dejaba a la nariz embriagada de un cautivante aroma; además de dejar las calles y callejuelas inundadas y asoladas, a las ratas muertas, a los ancianos muertos y a los jóvenes muertos también; todas víctimas de un terrible suplicio y agonía al hacerlo.
En España, donde Mors Mortis había nacido, se debían acantonar a las tropas. Había que transformar a la mayor parte de la población en milicia y entrenarla hasta el nivel marcial más alto que las circunstancias permitían. Y así se hizo. El general del ejercito más grande jamás visto en toda la historia de la humanidad, y de la historia que aun estaba por escribirse, se llamaba Pedro Ronoroth y dirigía la resistencia del azote de las mesnadas de los Laxos Seres. Ronoroth se mostraba como un tipo duro e impasible; una persona implacable en todo sentido; austero en sus costumbres; de facciones adustas que denotaban una profunda y estoica severidad; de manos ajadas que hacían innegable el hecho de que en algún momento los trabajos manuales habían sido una parte ineludible de su rutina; y que, además, tenía un tono de voz áspero que no admitía ni réplicas ni ruegos de ningún tipo. Éste había sido el adalid de la especie; pues sus proezas militares ya eran narradas por todos cuanto habitan el mundo, están vivos y son capaces de hablar. Ronoroth se había escabullido en las regiones más desoladas y abatidas por los invasores y había salvado a incontables personas del exterminio, dirigiendo a los sobrevivientes hasta los países que aun se mantenían en pie y salvaguardándolos de esa forma. Después de realizar tamaño heroísmo, a las fuerzas armadas no les quedó otro remedio más que darle un buen puesto entre los suyos. De hazaña en hazaña, fue escalando posiciones hasta llegar a ser lo que ahora era...
Mors Mortis sólo era un cabo común y corriente en ese entonces, sin ninguna característica en especial. Lo único que era capaz de hacer en su situación era admirar a sus superiores desde abajo y servirles en todo lo que podía; incluso a riesgo de su vida, si es que se le presentaba aquella honrosa oportunidad. La vida militar había sido asaz dura para él; tanto, que su mente había quedado total e irreversiblemente transformada por la misma, y ya nada que pudiese hacer nadie, ni siquiera un Dios –o eso pensaba él mismo—, podría hacer que todo sea como antes. Mors había pasado de ser un enclenque débil y tímido a un adulto recio y altanero a base de cientos de ejercicios físicos; una dieta rica en pan rancio, polenta fría y pegajosa, y cordero podrido; varios días de desvelo; y amenazas e insultos de parte de sus compañeros. A pesar de todas las desdichas, a pesar de todos los pesares, Mors seguía apuntando lejos. Mors era un soñador. Cuando era un niño mimado por sus padres no tenía objetivos, su existencia carecía de sentido por completo. Mas ahora tenía algo que cumplir...
Por lo que fue grande su alegría al enterarse de que el general Ronoroth había asignado a su batallón a la vanguardia. Sería un mártir y, si los humanos ganaban la guerra, los viejos narrarían sus epopeyas bajo una reconfortante fogata... Aquellos endemoniados muertos vivientes invadían todo el horizonte, y aun más allá; se podían atisbar a lo lejos los trillones de cráneos resplandecer por la luz que presidía el amanecer; pero no importaba. Mors tenía algo de miedo, pero también estaba emocionado ante lo que se avecinaba. Sonaban las trompetas, augurando muerte y destrucción, y los tambores fabricados con huesos y cuero humano redoblaban anunciando con clamor las cuitas que le deparaban al incipiente porvenir. El guerrero temblaba, pues estaba ansioso por astillar huesos; y sus ojos castaños observaban, voraces, a las presas que se erguían frente a ellos cual innumerables torres de calcio a punto de desmoronarse y caer.
Los muertos se acercaban. La tierra se sacudía con brutalidad y las venas cada vez palpitaban con mayor rapidez; mientras incontables gotas de sudor comenzaban a surcar por los rostros, dejándolos relucientes como máscaras de desconcertada expresión.
Y los muertos gritaban, pues iban a desgarrar, iban a triturar y despedazar; y les fascinaba hacerlo. Empezaron a correr, pues, en su búsqueda, mientras las flechas de los vivos silbaban y mientras algunos caían para volver a levantarse automáticamente. A pesar de la antinatural velocidad a la que estaban acercando los exangües, los humanos no se dejaron amilanar y aceptaron el desafío; corrieron ellos también hacia la gloria eterna... y hacia una expiración segura. Las espadas danzaron en la penumbra; manaron desde venas y arterias sangre en chorro, regando al césped de rojo líquido; los huesos, en un sordo chirrido, se astillaban, partían y deshacían; los brazos, cercenados por el frío acero, volaban por doquier; se veían marañas de pelo desgreñado chamuscados en el fango, eran cabezas pálidas que contemplaban la batalla con ojos ciegos y mirada vacía; el tintineo que se obtenía del entrechocar del metal contra el metal semejaba al suave repiqueteo de una dulce llovizna, o a una familia brindando por la llegada de un nuevo y deslumbrante año; los lamentos agónicos de los hombres al ser rebanada su cutis, al ser despedazada su anatomía y neutralizado su metabolismo, sonaban como un susurro ahogado, eclipsado por las estridencias de la querella.
Mors Mortis peleaba contra dos exánimes a la vez. Se sentía agotado, demasiado agotado. El Sol ya había aparecido en el cielo, entre las esponjosas nubes blanquecinas. El enemigo parecía contarse por infinitos. Mors Mortis sentía su cuerpo agarrotado y cansado, y la armadura le molestaba sobremanera. Apenas podía mover sus brazos, sólo mediante un esfuerzo sobrehumano lograba hacerlo.
—La infantería española nunca retrocede –musitó.
Entonces alzó su centelleante espada, a la que había bautizado como Vigo en honor al pueblo en que había crecido, y la bajó bruscamente; y las vértebras del ser que se encontraba en frente suyo se partieron y resquebrajaron, su espina dorsal quedó en posición invertida y sendos miembros superiores inutilizados. Pero quedaban más... Los bastardos eran ágiles, sólo observar a uno de ellos por una fracción de segundo bastaba para darse cuenta de eso. Pero carecían de una extraordinaria fuerza, y ése era el punto débil en el que Mors debía ahondar. Y Mors era fuerte como un toro a la embestida, así que aquello no era motivo de preocupación para él. En una furiosa acometida por parte del homo sapien, la cimitarra del exánime salió disparada de sus manos esqueléticas; y con otra arremetida más la calavera fue la disparada.
Parecían haber transcurrido meses desde que el altercado empezó, en ese momento Mors ya ni recordaba otra cosa que no fuese vislumbrarse a sí mismo lanzando estocadas, bloqueando ataques y esquivando mandobles. Aunque los de su bando habían sido diezmados, los adversarios no parecían haber disminuido su número ni un ápice. Pero aun había esperanzas, Ronoroth aun seguía con vida; o eso pensaba Mors. Justo en el instante en que le vinieron dichas elucubraciones, alguien profirió unas ininteligibles palabras de extraño acento; y, por alguna razón, éstas le generaron a Mors un espasmo involuntario, e instintivamente se arrojó al suelo. Sintió entonces un calor abrasante en su mejilla derecha y después un intenso olor a cerdo asado, además de náuseas en el estómago. Y se tocó el cachete, pues lo sentía arder todavía, y estaba tan caliente que se quemó los dedos con los que hizo contacto. Entonces se entristeció mucho, puesto que los daños que su cara había sufrido eran irreparables.
Sollozando calladamente, volvió la vista y vio que casi todos los humanos estaban muertos y ahora estaban siendo reanimados con la ayuda de las artes arcanas del nigromante de negra túnica. ¡El Nigromante! Era aquél, el causante de todas aquellas calamidades, el nigromante del que tanto se había hablado a lo largo del mundo, el ser más odiado. Él había sido, seguramente, el que provocó aquella gigantesca ráfaga en forma de llamarada con la que había incinerado a la todos los que quedaban... con su sola excepción. Mors estaba camuflado con la ayuda de la capa de polvo que cubría todo su ser. Sólo parecía una víctima más, y él sabía que si se movía en demasía podría ser descubierto y lo asesinarían como consecuencia. Mors trató de aguzar la visión con el fin de escudriñar al nigromante; quería estudiar su posición exacta y esquematizarla mentalmente para así meditar las posibilidades de solventar su brete. Mors, tan sólo por un breve instante, creyó vislumbrar unos ojos detrás de la capucha y su corazón se encogió ante el rencor que destilaban. Una vez que el nigromante terminó de entonar su esotérico cántico, los cadáveres finalmente revivieron. Mors maldijo para sus adentros, pues aborrecía con todo su ser a aquél diabólico personaje y a sus marionetas, y también aborrecía el ritual que culminaba en la formación de nuevos esbirros; y todo lo que con ellos tenga que ver. El nigromante dio algunos pasos hacia Mors. Mors tenía miedo y mucho. Sabía que debía actuar en ese momento.
Saltó entonces Mors el bravo, abalanzándose hacia su enemigo. Fue tan rápido como un pestañeo, con tanta celeridad avanzó que casi ni existió por un momento. La punta de su espada se dirigió en línea recta hacia su objetivo. Y todo quedó quieto y en silencio. Todos eran los espectadores de cómo el aguerrido humano se arrojaba hacia el misterioso nigromante. Por alguna razón, nadie se movía. Cuando la punta de la espada estaba apunto de llegar al nigromante, estando a tan sólo unos pocos milímetros de su contrincante, Mors también se inmovilizó; y, por más que insistió en el asunto, ya no pudo moverse en lo absoluto. Vino una brisa fresca del norte que corrió la capucha del poderoso mago y Mors descubrió con asombro que se trataba de... ¡Ronoroth!
—Te admiro por tu valentía..., pero eres un insensato –dijo con una mueca despectiva.
Ronoroth, con sus párpados desmesuradamente abiertos, era la encarnación de la locura.
—¿No vas a decir nada? –preguntó el nigromante— Si vas a quedarte así eternamente ordenaré que te maten. Si te dejé vivir fue porque quiero discutir algo contigo.
—¿Qué? –indagó Mors en un murmullo apagado.
—Eres el último sobreviviente de la devastación, eres el único humano que se mantiene en pie de este enfrentamiento. Quedan más humanos, aunque pocos... pero yo me encargaré de que seas testigo de sus fines antes de que lances un último estertor.
—¿Por qué haces esto? Eras un humano, ¿por qué acabaste con tu propia especie?
—Las razones son más simples de lo que crees. Yo de niño era el típico desgraciado del que todos se mofaban. Incluso fui agredido por mis semejantes. Y es por eso que siempre detesté a mi propia especie, y cuando miré aquel libro, el Libro Negro..., me fui descubriendo a mí mismo, por primera vez era consiente de lo que era capaz de hacer. Se me dio la oportunidad de vengarme de las inicuas creaturas que tan desventurado me habían echo y no dudé en aprovecharla...
Mors Mortis, en ese preciso instante, se percató de algo de suma importancia. El nigromante nunca había apartado a sus rojizos ojos de su cuerpo, y lo miraba con tanta intensidad y concentración que parecía querer atravesarlo de lado a lado; y ni por un pequeño instante había dejado de hacerlo. Además, los cadáveres a su lado se movían, aunque a una lentitud exasperante, tan lento era que su andar que Mors no pudo evitar enorgullecerse por haberlo percibido. Podía ser eso... ¡Sí!, ¡debía serlo! Si era de aquella forma, Ronoroth le había mentido, no lo estaba dejando vivo a voluntad. Pero aquello también significaba que se acercaba su final. Eso sería preferible a contemplar la defunción de cada mujer y niño que aun subsistiera...
—... Poco a poco fui aprendiendo de los métodos arcanos del libro y supe que eran inconmensurablemente vastos. Y pude desarrollar mis habilidades más allá de todo extremo, como nadie nunca lo había echo...
Entonces Mors vio, realmente, una nueva esperanza. Un escudo que estaba tirado cerca de él refulgía en la nariz del nigromante, y el fulgor que irradiaba sólo tenía que subir un poco más... Mors imploraba que así fuese. El Sol seguía alzándose más y más... “Tiene que seguir parloteando, al menos un poco más... Por favor” pensaba Mors.
—En definitiva, lo que acabo de decir nada cambia las cosas. Esta charla de recién sólo fue para ganar tiempo, porque morirás de todas formas, y ahora mismo...
—¡Espera! –exclamó Mors— Aun quiero decir algo...
—¡¿Qué pasa?! –Pedro parecía impaciente— ¡Dilo ya!
El reflejo del Sol en el escudo llegó hasta los ojos de Pedro, que se vio obligado a cerrarlos, a apartar la vista por un instante, y, con eso, el encantamiento ocular que paralizaba a Mors se rompió justo cuando los exánimes estaban por llegar hasta él. Y Vigo traspasó al nigromante; que lanzó una mirada de desconsuelo antes de caer de bruces, entre vómitos de sangre. Y la magia que mantenía a los muertos, vivos; que con el encantamiento ocular había quedado casi interrumpida, pudo liberarse totalmente antes de quedar obsoleta. En ese momento un exánime incrustó con rudeza un hacha en el hombro de Mors y después se esfumó repentinamente. El sino del guerrero era incierto...

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