Utopía
Quiero ver
a tu iglesia arder,
a la gente correr
mientras se escucha mi "re"
Quiero ver
a tu gobierno perder,
a los políticos morir,
mientras se escucha mi "mi"
Quiero ver
a tu mansión estallar,
a tu risa callar,
Mientras se escucha mi "fa"
Quier ver
a tu lengua descontrolada,
Gritando, siempre, "¡Maldición!"
Mientras se escucha mi "sol"
Quiero ver
a los edificios caer,
a la estructura de tu sociedad rota,
mientras se escucha mi "la"
Quiero ver
a la naturaleza resurgir,
creciendo como en las selvas de brasil,
mientras se escucha mi "si"
Quiero ver
Quiero estar en comunidad,
Entender a todos y a todo
mientras se escucha mi "do"
Voy a saber el funcionamiento,
y tener plena consciencia de mi posición,
Voy a subir o bajar si lo merezco,
y mi canción va a sonar
¡No a las empresas!
¡No a los medios!
¡No a los países!
El infinito
el mismo sol, la misma casa
objetos que parecen lo único que existe
secuencias repetidas hasta que dan ganas de vomitar
Alma perdida, incapaz ya de amar
sin esperanza, viviendo porque sí
porque no hay otra cosa que hacer
tocando la guitarra en la oscuridad
todo te da nauseas al final
Querés escapar de este círculo...
aunque incluso este deseo sea otra parte más
de esta película, que revovina siempre en el mismo momento,
hasta la misma toma, la misma escena
¡Basta, te odio, pará con eso!, pensás.
No te exaltes si todo acaba mal,
que es difícil huir, y a veces desesperante, lo sé
que todo siempre está igual.
y sólo te queda actuar con radicalidad
Así que te digo: estás avisado, no te sorprendas más
Tu corazón se endurece y ya nada importa
Tus ojos están cerrados, no te interesa lo que ocurra
Sos un espectro, un fantasma, que atemoriza y enloquece de noche
No podés llorar más, estás perdido,
Los pedazos de tu espíritu están esparcidos por el viento
No sos nadie, ¡ansia matar, pero no mates!
¡Ansia morir, pero no mueras!
¡Ansia llorar, pero no llores!
Busca aliviar tus penas en los demás, sólo para recordar
que no sos nadie, nada para nadie,
Tu garganta reseca está siempre
Tu odio volvió a aflorar, sabés que digo la verdad
pero sos un inútil, ¡Sufrí, sufrí, como si tuvieras fiebre!
En tu mente estalactitas, nunca están de más
No hay límites para eso, y a dios le gusta experimentar
El cielo está soleado, se burla de vos
Los pájaros cantan y te ignoran,
las flores florecen, coloridas,
y a ellas les sos indiferente, como a todo
El mundo está así porque le gusta la ironía
¡Jajajajajajaja! No aguantás esta risa
No aguantás nada ya, en realidad
Pero mi risa te es excesivamente horrorosa,
más que las demás,
porque existo, y te lo estoy recordando
Apenas los sueños son para vos
la vida, la amistad, los noviazgos
la aventura, la diversión,
Pero sólo hay depresión
en la rutina, que no para y no para nunca
Soledad, resentimiento, locura
Estupidez, reflexiones enfermizas
Cosas de tu mente que te dan miedo,
y el infinito, desplazandose sobre tu rostro
Implacable, perpetuo, mudo, un tren girando y girando en la eternidad
Nubes rojizas, nubes verdes
el sol vuelve a alumbrar tu cara, que está cansada
y ya no te es grato, es parte de lo demás
Vos no sos una buena persona, no más
lo bello es tan feo en el fondo como lo feo
La atmósfera de afuera llega demasiado intensa,
todo hace mucho que es extraño y no lo soportás
¡Qué pena!, ¿no?
Muy pocas balas hay, y ninguna para una mano temerosa,
guiada por un cerebro que sólo puede mirar la eternidad
Algún día... algún día, es tu lema
Pero estás seguro de que es todo mentira, de que no es así
Porque no hay días o noches en el infinito..., y despertás
y todo está igual
¡Invadidos! [2]

John Sutten estaba terriblemente asustado. A juzgar por la oprimente sensación de deshago en su pecho, comparables quizás a la de dos simios viejos, lanudos y desdentados ejerciendo presión sobre una muñeca de tela que encontraron en algún callejón vacío en alguna tenebrosa ciudad inexistente, las involuntarias contracciones que padecía su garganta, que se achicaba dos centímetros y medio en cuestión de medio segundo y volvía a dilatarse una cantidad semejante de espacio en un periodo de tiempo considerablemente igual, calculaba que su nivel de endorfinas administradas en su cerebro habría bajado un ochenta y cinco por ciento, y su flujo sanguíneo habría ido en notable aumento, aunque eso último era mucho más sencillo de corroborar y calcular al haber una manera directa, tangible, de medirlo. Debía cuidarse mejor de lo que cuidaba a todas las otras cuestiones que le concernían si lo que deseaba era sobrevivir de aquella más que extrañísima y mortal situación.
Ya habían pasado tres noches desde que había sido secuestrado por esos endemoniados alienígenas, y el recuerdo de lo que pasó todavía estaba grabado como por terrible fuego en su cabeza; todas las imágenes estaban horriblemente nítidas, era casi como si le estuviese ocurriendo aquello en ese mismo momento...
Después de esa cena con su irrisorio subordinado, Adam Risseflant, se había encaminado hacia la tan preciada cama, con los ojos hinchados y el cerebro burbujeante. Primero había dado dos pasos hacia un lado, se posicionó bien y se quedó como cavilando en lo que vendría a hacer luego hasta finalmente, moviendo el codo ocho centímetros verticalmente en un acto más propio del subconsciente y con la otra mano rascándose con tres de los cinco dedos de esa mano cincuenta de los ochenta mil cabellos que tenía en su cabeza, que medía un cuarto de metro de circunferencia en sus puntos más distantes, dirigirse hacia su habitación dando exactamente cuarenta y ocho pasos, siendo el más largo de aproximadamente un codo de longitud y el más corto de unos pocos milímetros, en lo que fue más bien un arrastrar de pies. Mientras caminaba había pasado por varias pantallas con letras rojas, verdes, azules y doradas y números de los mismos colores que indicaban estados de la nave sobre los que él no quería elucubrar en aquel preciso momento. Lo único que había sido un absoluto menester en aquel momento había sido dormir.
Cuando por fin llegó a la cama, junto con todo lo que eso representa, se comenzó a preguntar cuán maravillosos serían sus sueños aquella noche. Movió todo su cuerpo para el costado derecho, apoyando todo su peso en uno de sus brazos. Sin darle importancia a este hecho, siguió deleitando con renovada ansia a su muy circunvalada masa encefálica con una reconstrucción de lo que podría ser su quizás muy prontamente avenido dulce sueño. Se perdió entre sus pensamientos al sentir un dolor intenso en todo el sector derecho de su anatomía, lo que le indicaba que se encontraba en una no muy conveniente posición y que debía cambiarla. Así fue como se movió para la izquierda en cuestión de unos tres segundos, permitiendo de esa forma una mejor circulación de sus glóbulos rojos. Dio un suspiro entonces, inhalando y exhalando el oxígeno de sus pulmones con mayor rapidez e intensidad. Y entonces, sin siquiera advertirlo, como por arte de magia, se durmió.
Pero estos sueños que anhelaba con tanta vehemencia terminaron por resultar ser de un carácter más terrible de lo esperado. Fue la peor pesadilla que jamás, en sus doscientos años que había vivido, había tenido. Y no había tenido pocas, hasta algunas de las peores estaban incólumes pese a las décadas.
Muchos seres se congregaban, hablaban en un lenguaje extraño; en realidad, todo era extraño: como si las ideas que la mente menos estaba dispuesta a definir se hubieran reunido allí, condensadas hasta límites insospechables sólo con la finalidad de torturar. Eran cinco las níveas lunas que refulgían en la noche, una más deformada que la otra, decorando a la escena con un pequeño toque de su monótona opacidad. El cielo tenía un color raro, era algo así como rojo, o quizás naranja, no lo habría podido saber muy bien, una barrera de inconocimiento se alzaba entre el suelo y los edificios, y lo que había sobre ellos: y sólo dejaba traspasar a las luces más distorsionadas, las que iluminaban más para cegar que para dejar ver. Unas rústicas, casi provisionales, casas de madera y cartón se erguían en el suelo, era como un gran campamento de una guerra que nunca jamás se iba a dar en la que iba a participar un expectante ejercito de infinitos miembros. Y también había aves surcando de aquí para allá, aves de aspecto aterrador, y que además eran ingentes en tamaño, y tenían plumas negras y largas, y unos picos plateados brillosos que se curvaban cual mortal guadaña, y que también provocaban sonidos aterradores que hacían daño al oído, dejando tras de sí un eterno zumbido que retumbaba en el espíritu, atormentándolo así con insistencia y la más terrible crueldad que provocaba la más asquerosa locura y profunda introspección. Sutten no se podía mover en aquella dantesca escena, estaba quieto como una estatua; realizó pues un sobrehumano esfuerzo por mover sus músculos, pero no logró desplazarse ni siquiera un ápice, y la impotencia era horrendamente descabellada. Una agobiante sensación de perdida, una sensación de miedo, de irreparable falla, se comenzó a apoderar de su corazón, que a cada segundo latía con mayor ahínco. Las caras que había no expresaban nada, y los ojos que en ellas estaban incrustados se encontraban abstraídos, cada uno en un universo propio y distante, infinita y eternamente distante; no había alegría en esas facciones, pero tampoco tristeza: todo era indiferencia, vacío insondable, lenguaje inútil. Entonces, bien arriba, en lo alto, apareció ante él un luminosísimo astro amarillo. Ésa era la gran estrella seguramente, al menos eso pensó él. Iba creciendo cada vez más aquella esfera incadescente, y pronto todo por encima de él se vio absorbido por su presencia, y de eso lo primero fue el cielo, apagados para siempre sus indiscernibles misterios; lo siguiente, los blanquecinos satélites naturales, su muerta belleza desaparecida para siempre. Su piel sentía el calor en carne viva, y pronto su cuerpo se empezó a pegotear y a rezumar sudor como un marrano, sus ropas se mojaron y su pelo se mojó de tal forma que parecía que recién había salido de alguna piscina, la bañera, o algo por el estilo. La luz era tan fuerte que dañaba mucho su visión, le escocían los ojos como si fuesen el fuego más ardiente. Todos a su alrededor se seguían moviendo, y a nadie parecía importarle que el Sol se alzase tan grande y tan potente entre las esponjosas nubes, cada uno férreamente encadenado a sus propias cavilaciones circulares. Entonces lo recordó. Aquella no era la realidad, no, y debía despertar cuanto antes, lo comprendió al instante prácticamente. "Quiero volver a mi nave, quiero volver a mi nave". Pero seguía allí incorporado, y el lucero era cada vez más fulgurente. Sólo cuando la mitad del éter había sido devorada y reemplazada por aquella lámpara insoportablemente caliente, los habitantes de aquella ilusión onírica comenzaron a dar muestras de reacción, aunque eran bastante leves: parecían todos más apurados, como si estuviesen un poco inquietos; como quién tiene miedo de llegar tarde al trabajo. Se estaba derritiendo, él y todo lo que estaba a su alrededor. Dio un último esfuerzo por moverse, por gritar, pero nada pudo hacer. Las lágrimas transparentes comenzaron a correr por sus pómulos hasta llegar al mentón y caerse al suelo en forma de gotas.
Sus cabellos se empezaron a quemar, se tiñieron del rojo del fuego, para más tarde evaporarse en un chasquido. Ahora si que estaban todos realmente alarmados, y en su desesperación corrían de un lado a otro, algunos sollozaban, otros se lamentaban en las sombras, algunos simplemente se sentaban en una roca a esperar la muerte con una sonrisa, y unos gritaban hasta que la garganta se les arruinaba; pero ninguno de ellos podía hacer nada ya, todo estaba condenado. Cuando John Sutten dedujo que escapar era imposible, dio una larga y profunda bocanada de aire, y se puso a esperar pacientemente a la muerte. Sólo en ese entonces pudo moverse él con libertad, y fue como si nunca no habría sido así. Todo era muy lejano para él ya, los sonidos venían de muy lejos, y el paisaje lo veía como si lo estuviese oteando todo desde una gran montaña. Lo único que le llegaba con claridad era ese resplandor, el resto era muy borroso e impreciso.
Entonces descubrió que, fuera del mundo onírico, la cama solar se había activado sola. En aquel momento fue cuando despertó, y descubrió que el astro extremadamente lumínico no era otra cosa que el tubo bronceador emisora de rayos ultravioletas. Lo que había pasado era que accidentalemente, mientras se sacudía de un lado para el otro, había presionado el botón que activaba ésa función.
-¡Maldición! -murmuró para sí mismo Sutten, apagándo la función "cama solar". Después le dio algunos puñetazos a la estoica pared, para descargar toda su furia contenida, aunque no logrando causar más que un ruido sordo, casi inaudible, además de lastimar sus nudillos.
Se levantó inmediatamente y después de fijarse la hora en el reloj atómico que estaba allí colgado se enteró que era la una de la mañana todavía. No había pasado casi nada de tiempo, lo cuál le pareció sumamente extraño porque le había dado la sensación de que había pasado mucho más.
Dio un giro a su cabeza de unos veinticinco grados, pues había algo que lo inquietaba desde el fondo de su corazón. El sueño, de por sí, le había dejado un sabor más que amargo, quizás más amargo de lo podría ser que se enterase de la muerte de todos sus hijos por un paro cardíaco, al mismo tiempo y en una casualidad que nunca en toda la historia se había dado; y esa sensación le había cambiado toda su psicología, aunque sólo ligeramente, del shock que le había causado: y eso que pocas eran las cosas ahora que podían hacer que cambiase, siquiera ligeramente, ya que un niño, un adolescente o un adulto de menos de ciento treinta años puede sorprenderse y cambiar ligeramente su lógica, puede irla perfeccionando poco a poco a medida que sabe más y más sobre el mundo, para que se vaya encajando a cada pequeño y minúsculo pedazo de las leyes y la manera en que funciona el mundo, pero cuando se pasa ese periódo, prácticamente todo se sabe, y ya nada puede cambiar, ni siquiera un poco, la lógica, la forma de pensar, básica o más detallista, de alguien. Vio entonces a su subordinado en su mente, porque la imagen de su rostro había sido insinuada, probablemente, por alguna de las máquinas que estaba viendo en la realidad tangible, o quizás porque estaba más inclinado a pensar en la única persona que había visto en los últimos cincuenta y algo de años. Lo odiaba en demasía a aquél, por razones sumamente evidentes: resultaba ser una persona irritante hasta límites imprevistos, resultaba ser fastidioso aún cuando uno creía haberse acostumbrado del todo a él, siempre enontraba la manera de hacerse detestar, y aún aunque hubieran pasado años y años enteros juntos no podían verse capaces de entenderse del todo, eran simplemente incompatibles. Pero Sutten suposo que, a pesar de todo, algo de cariño le guardaba a su camarada, aunque fuera implantado por la fuerza del destino: era el único ser con el que podía comunicarse, interactuar, y eso ya era de agradecer. Pero no temía por él en ese momento, no, y eso que se encontraba en un estado bastante vulnerable luego de transcurrida su horrorosa pesadilla. Adam Risseflant era un ser humano capaz, quizás tenía todavía más potencial que cualquier otro. Era más inteligente que nadie, tenía una enorme fuerza de voluntar, y podía adaptarse a todas las circunstancias por más adversas que fueran.
De todas formas, John Sutten tenía un mal presentimiento que deprimía su espíritu. Era como si tuviera la certeza de que algo terrible sucedería. Su cuerpo se lo decía, su alma. Era evidente.
-¡Jajajajaja! -así se rió John Sutten.
Qué estúpido que era. "¡Por Dios!" pensó. Se trataba de un científico de primera línea, y se encontraba con tristeza y preocupación a raíz de un sueño, ¡un sueño! Ciertamente, parecía que la aislación había causado finalmente frutos en su mente, se estaba volviendo un loco, un paranoico, no muy diferente de los de los barrios bajos que hacen uso frecuente de las drogas más pesadas y adictivas porque piensan que puede provocarles algún bien, o porque su condición social eso les obliga a hacer. La única solución a este recién descubierto nuevo problema, pero que pudo haberse gestado hace mucho ya, era dormir y olvidarse de todo aquello, retornar a un estado de normalidad mediante el olvido.
Así que se dirigió de vuelta a su cama. Dio un giro de ciento ochenta grados, caminó cinco pasos, y ya estaba en frente del lugar donde presuntamente retornaría al misterioso universo onírico. Flexionó la rodilla izquierda, y luego se dejó caer a una velocidad muy baja. Pronto él quedó en perfecto paralelo con el piso de la nave, y metido en aquella cama que le proveía de la temperatura exacta como para que se sintiera relajado y estuviera totalmente apto para hacer eso que algunos llaman dormir y otros echar una siesta.
Todo estaba oscuro ahí dentro. Todo propiciaba el sueño. Mas no podía dormirse.
Se tiró primeramente para el costado derecho, le parecía más adecuado a su cerebro dicha pocisión para entrar en el letargo voluntario. Para hacerlo, desvió a su cuerpo de su posición unos ocho centrímetros primero para la izquierda, y después otros tanto para la derecha, extendiendo sus músculos de su brazo derecho algunos milímetros para que ejerzan presión contra la colcha y lograrlo; y en todo el proceso había visto sólo el negro que le hacía pensar en cosas que no existían. Eran increíblemente interesantes las propiedades del "negro", motivo de asombro incluso para la mismísima comunidad científica. ¿Cómo era que había un color para lo que no existía, como el cerebro podía clasificar la inexistencia como si fuera una parte de la existencia más? Porque vemos negro cuando no vemos nada... Y sin embargo, el negro mismo sugiere algo que está en la realidad, y por eso es mucho más interesante que el blanco a ojos de la ciencia.
Después de meditar en toda aquella metafísica pseudo objetiva sin importancia alguna, Sutten bostezó abriendo sus mandíbulas todo lo que eran capaces de abrirse, e inhalando oxígeno mientras lo hacía. No tenía buenas expectativas en lo que a la idea de dormir se refería, y en cuanto lo aceptó por completo, supo que toda pugna sería del todo innecesaria. Mas, aún así, a pesar de todo, no tuvo la fortaleza suficiente como para levantarse, sus músculos y todo su cuerpo en general le decían "no, no, quédate ahí, por favor quedate", aunque no textualmente, y sí más bien mediante señales nerviosas. Hizo caso a su organismo, pues, y quedó allí tumbado algo más.
Quizás no estaba encarando del todo bien el problema por el hecho de estar encarándolo, yendo de frente demasiadas veces seguidas y recibir siempre todos los golpes, cosa que, en realidad, ningún espíritu estaba destinado a soportar sin enloquecer, resquebrajarse completamente, como infortunada consecuencia. Debía, probablemente, adoptar una posición más pasiva para con la vida y los enigmáticos y dolorosos aspectos que el objetivo central inherente a ella hacían que poseyera. Tenía que encarar el problema con sus ojos, en el sentido metafórico puesto que la consciencia no se trataba tanto de visión ocular, su mirada científica, y resolver sus conflictos como sólo él y otros pocos podían hacerlo en cuestiones de dicha ralea: aplicando la más estricta e irreprochable lógica. Si no pensara en atacar cada uno de sus inconvenientes con toda la fuerza que tenía podría simplemente calmar algo su estrés, disminuir considerablemente la incipiente y cada vez más preocupante ezquizofrenia, y ayudarlo a elucubrar sobre todo lo que le concería con mayor frialdad y, por lo tanto, eficacia. Pero, entonces, ¡lo estaba haciendo todo mal en ese preciso instante! Si se planteaba las cosas de ese modo tan complejo y difícil de realizar, no estaba haciendo más que enfatizar en la imposibilidad de realizar lo que debía ser hecho correctamente, con lo que resolverlo requeriría de un esfuerzo más grande que de hacerlo de otro modo, y estaría contra sus problemas con la misma vehemencia, si no es que más, que antes.
Con un suspiro de rabia, Sutten se incorporó bruscamente en lo que fueron algunas milésimas de segundo, o quizás un poco menos, reloj alguno puede medir con la más exacta de las precisiones. Entonces se pasó la mano por la cabeza, preguntándose cuándo terminaría todo, y no pudiendo remediar nada. Se sacudió su abultado cabello, una y otra vez, hasta transformarlo en una especie de afro mal hecho y, sea cual sea el peinado que esa cosa resultante fuera, mal hecho. La locura le hacía mal, le envecejía la mente, le cansaba. Y, aunque no lo parecía, estaba viejo, muy viejo... Más de lo que estaba naturalmente predispuesto por Dios y, si bien había drogas que podían solventar las psicosis más graves, la mente, en situaciones sumamente excepcionales, podía encontrar caminos alternativos por los que desviarse. Generalmente, una vez que ocurría era demasiado tarde.
Lo mejor sería, pues, tomar un café; caliente, espumoso, azucarado. Sonrió ante la sola idea de tomarse uno; le pareció más brillante aquella idea que todas las otras que había tenido en otros campos y ambientes totalmente diferentes a ese, y mucho más, al menos para él y otros poco que pensaban igual, absolutamente trascendentales, como lo eran, evidentemente, las ideas científicas. A veces la mente se acostumbra a tomar los caminos más largos, y la simpleza resulta ser la más complicada de las alternativas; meditó en ese momento Sutten. Posiblemente, de haber sido menos idealista, abstracto, se le habría ocurrido hacer eso mucho antes de cuando lo había hecho. El cerebro relantiza el cumplimiento de los deseos corporales, sólo para cumplirselos bastante después, pero con todavía mejor forma, eso si no se le anteponen antes las adversidades o el objetivo se pierde en el camino.
Entonces se fue hacia el lugar donde iría a ingerir aquel tan suculento líquido. Para hacerlo, tuvo que recorrer el camino que ya había hecho tantas, pero tantas veces consecutivas, y durante tanto tiempo, que era como si fuera el único que existiera; sus piernas no podían moverse de diferente manera. Así que hizo lo que ya se imaginan, y en cuestión de cierto lapso de tiempo estaba frente a la cafetera.
La sustancia que planeaba con tanta fruición beber estaba allí, y debía calentarla para que adquiriera la temperatura adecuada para su consumisión, por lo que encendió el botón que ponía en funcionamiento la eléctrica maquinaria que satisfizaría dichos deseos, y en cuestión de media milésima de segundo, éstos estaban perfectamente realizados. Así que sacó una tacita de porcelana de la alacena que estaba pegada al techo de la nave, exactamente en el medio, de entre otor montón que había. Aquella taza, al igual que todo lo demás que allí había, tenida impreso el símbolo del planeta tierra, una línea vertical atravezando una mano humana, y el símbolo de la organización espacial en el inverso de los mismos; cosa de saber a quién le pertenecía cada pequeño objeto que había, aunque estas dos marcas a veces, dada la longitud de lo que a menudo debía ser marcado, era casi imperceptible.
A menos de dos metros de donde estaba había una mesa de madera bien pulida y barnizada, y dos banquitos para sentarse y merendar. Una vez que hubo puesto el café dentro de la taza, Sutten caminó los pasos que era necesario que caminara para que llegara hasta la silla desde donde se sirvió el líquido que iba a ingerir, y se sentó sobre lo que estaba construido específicamente para eso. Se puso, pues, de la forma más cómoda posible, destensó en un par de chasquidos la gran mayoría de sus músculos, tomó de la taza y la bebió.
-Hola, terrícola -se escuchó que decía alguien.
John Sutten se estremeció de la cabeza hasta los pies, y comenzó a temblar espasmódicamente, víctima de un miedo inhumano, perverso, casi delirante, y se quedó petrificado cual estatua viviente. Había estado temiendo, desde lo más hondo de su corazón, que ocurriera ese momento desde que había tenido aquel sueño tan estrambótico, aunque la idea se la había planteado mucho antes, o, más bien, su compañero de viaje, el tan odioso Adam Risseflant. No, no quería pensar que fuera eso, debía ser otra cosa, aquella voz no debía ser otra que la de su compañero, que le estaba jugando una mala broma cambiando su tonada de esa manera tan espantosa. Si era un chiste, era de humor negro cual carbon de hoguera. Entonces, contra su voluntad, se dio vuelta, y por el resto de su vida se arrepintió de hacer eso.
Una creatura de aspecto extraño se erguía allí, frente a él. Tenía los ojos gigantes, casi tan grandes como dos pelotas de fútbol americano colocadas paralelamente en ambos costados de su cabeza, a unos ocho centímetros, y colocados verticalmente, apuntando al techo de la nave. Su nariz apenas poseía volumen, era una pequeñísima elevación que terminaba en dos orificios que llevaban la mirada al vacío más absoluto. Y su boca, apenas era una línea horizontal; no tenía labios ni nada que se le pareciera, al menos no a simple vista; y la longitud de ésta era, quizás, incluso menor a la de la distancia que había entre un extremo y otro de la uña del dedo pulgar de la mano derecha de un homo sapien sapien cualquiera. Y su craneo, si es que había huesos debajo de aquella piel tan aparentemente blanda, era de proporciones bíblicas, quizás un poco menos inmensa que su cuerpo. Mediría un total de un metro aproximadamente este ser, si los cálculos mentales de la maravillosa mente que John Sutten tenía eran correctos. Era flácido también, sus brazos eran delgados como sogas que se usan para escalar montañas, sus manos eran anchurosas y de dedos alargados y desproporcionados; el mayor tendría unos tres centímetros, el del medio unos diez, el anular, ocho, el meñique cinco y un sexto dedo unos seis.
Su aspecto físico le pareció más bien risible y grotesco, pero a la vez le provocó un miedo asqueroso. Vislumbrar un ente tan extravagante tan cerca de uno cuando da vuelta la cabeza, nunca es agradable.
-¿Quién eres?
-Soy un alienígena -le contestó. Tanto cuando hablaba como cuando no, el ser no parecía mostrar expresión sentimental alguna. Este hecho fue desconcertante para Sutten, bastante.
-Ah -se le escapó a John en una exhalación repentina.
-Sí, así es –corroboró la criatura.
El pobre hombre estaba congelado del terror que le provocaba aquella situación tan extraña. Pestañeó varias veces, como esperando que en la próxima apertura de los ojos las cosas no fueran así.
-¿Y de qué planeta vienes? –le preguntó finalmente en un balbuceo, ya que el presunto extraterrestre no parecía tener intenciones de acercarse a él para saludarlo y comenzar una relación amistosa. No, la generosidad no era algo propio de los de su tipo, el vetusto Sutten se percató.
-No creo que sea de tu incumbencia –le hizo saber el ser.
La tajante respuesta de su contertulio fue como un balde de agua fría cayendo sobre su esferoidal cabeza. Por más de que ya estaba casi totalmente seguro de que él no era bueno, la parte de sí más objetiva aún guardaba esperanzas.
-¿Y a qué vienes?
-A secuestrarte.
John se puso rígido cual miembro viril de chimpancé al contemplar a su pareja en el fastuoso coito. No, no podía ser, no eso...
-¿Es en serio? –farfulló.
-Sí –su rostro seguía igual de indiferente.
Si lo otro había sido un balde de agua fría, esto había sido como zambullirse en nitrógeno líquido.
-¿Y por qué?
-Fue la orden que me dieron.
-¿Y por qué te la dieron? –John trataba de alegar su inocencia mediante interrogantes carentes de sentido- ¿Qué les hicimos nosotros a ustedes?
-En realidad no sé, y yo no soy nadie que tenga la obligación de contestartelo. Respondete tus propias preguntas en base a lo que veas.
-Esto debería ser un error, soy simplemente un científico... –barboteó Sutten, sumamente alterado.
-Eres un humano que ha alcanzado las estrellas, no un ejemplar cualquiera –lo atajó el alinenígena-. No pongas excusas donde no las hay.
-Las estrellas le pertenecen a sí mismas, al cielo, no son de nadie -porfió Sutten en un intento desesperado por darse la razón.
-Sí, hasta que yo diga lo contrario –dijo el extraterrestre.
-¿Qué quieren de nosotros? –preguntó Sutten con la voz entrecortada-. Hay otro montón de personas en la tierra, podrían experimentar en ellos, o hacer lo que sea que quieran hacerles.
-Ustedes representan un peligro para nosotros por motivos que no me place darte en este momento -le respondió el ser.
-¿Eres una alucinación? ¿Finalmente he enloquecido? -preguntó Sutten, desconsolado a la par que esperanzado.
-No, ya quisieras que así lo fuera –le repuso.
-¿Entonces por qué los telescopios terrestres no pudieron detectar vida, si son capaces de ver los planetas que orbitan todas las estrellas? –inquirió inútilmente Sutten (él no leyó el otro cuento).
-Porque sí.
Sutten agachó la cabeza. Una lágrima salió de su ojo izquierdo antes de parpadear repetidamente durante unos segundos. Su rostro se metió para adentro en un gesto de dolor.
-Si no quieres contestarme a ninguna de mis interrogantes, ¿por qué te quedas ahí parado como un zombie muerto en vez de estar secuestrandome, que es lo que tus superiores te encomendaron? –Sutten había aceptado su derrota como sólo alguien como él podía hacerlo: mostrando los dientes y gruñendo hasta la inevitable y tortuosa defunción.
El ser, después de meditar en la pregunta del hombre durante un tiempo, finalmente dijo.
-No sé, nosotros simplemente hacemos ese tipo de cosas.
-Ah.
Después de un silencio.
-Bueno, ¿entonces estás listo para ser maniatado y secuestrado?
-No, ¿cómo demonios se supone que puedo estarlo? Es absurdo, no entiendo la mentalidad de ustedes. ¿Acaso están todos locos? –la actitud del científico era de desafío, sus ojos relampagueaban con una fúlgida llama inmortal y su rictus estaba rígido.
-Es lógico que no nos entiendas, no conoces nada de nuestra civilización y nuestras costumbres –aseveró-. Y no, no lo estamos.
-¿Puedes hacerme el favor de no hacerme nada?
-No, lo siento –le respondió.
Entonces Sutten cayó de brazos, rendido. Ya no había nada que podía hacer, y debía aceptar eso.
-Bueno, entonces hazlo ya.
-Está bien, tú quieres que lo haga, entonces lo haré.
Parecía una broma pesada.
-No, no quiero que lo hagas. De hecho, ¡te lo suplico, por lo que más quieras no me secuestres, tengo que volver a la Tierra y ser un héroe, secuestra a mi compañero, Adam Risseflant, es un joven maleducado y presuntuoso que no merece nada de lo que tiene, yo en cambio tengo todo, saberes, adrenalina, rapidez, contactos y una considerable suma de dinero dignamente conseguidos! ¡Por favor, por lo que más quieras, no me hagas daño! –Sutten no sabía cómo habían salido esas palabras de su boca, pero sus sentimientos habían logrado aplacar la moralidad prácticamente por completo, la ética había quedado ya muy lejana para él.
-Tranquilo, personalmente yo no tengo que hacerte daño, aunque puede que mis chicos sí –lo apaciguó pronunciando dichos vocablos flemáticamente-. Suplícales a ellos y no a mí.
-¿Acaso no tienes sentimientos tú también?
-No, tengo objetivos implantados en mis mismos pensamientos. Mi sistema nervioso, por llamarlo de alguna manera, sabe adónde va, porque es perfecto y no necesita ninguna emoción para saber con exactitud qué es lo que debe hacer.
-En ese caso eres parecido a un ordenador, ¿no es así? –Sutten estaba en parte temeroso y en parte curioso.
-Soy un soldado, tengo lo que tengo que tener. Para eso fui construido –contestó, lacónico.
-¿Entonces eres directamente una máquina?
-No, soy un ente biológico, aunque muy distinto a los animales de tu sistema solar.
-¿Ninguno de los tuyos tiene emociones?
-¿Te refieres al estímulo externo necesario para que el cerebro cumpla su función en el organismo?
-Mierda, quizás sí fue que el maldito de Adam le puso algo a mi té –soltó repentinamente Sutten en una risotada.
-Sí, supongo que te refieres a eso.
-Sí, creo que estamos en la misma sintonía.
-Sólo te diré que cada uno de nosotros tiene naturalmente una función diferente que cumplir, diferentes objetivos en la mente (no el mismo como vosotros) pero que combinados cumplen una sola función, dada totalmente al azar, pero que le da a nuestra existencia una dirección totalmente precisa que hemos de seguir hasta nuestro inevitable fin.
-Temo que no te entiendo del todo.
-Es normal.
-Llegué a la conclusión de que carecen de sentimientos.
-Al igual que nacemos con diferentes objetivos, también algunos nacen con diferentes formas de cumplirlos. Hay veintinueve tipos de mentes en total, todas tan distintas entre sí como la noche del día, y nunca nos entenderemos entre nosotros. La mía se especializa en la táctica militar, aunque siempre puede haber investigadores o lo que ustedes llamáis artistas, de éste, el mío, o cualquier otro tipo; pero son inevitables, incluso lógicas, las tendencias.
-¿Y en ninguno de esos tipos hay lo que ustedes llaman tan desacertadamente "estímulos externos"?
-Sí. Aunque ninguno siente dolor. Uno de estos tipos, en determinadas situaciones, cambian de objetivos dependiendo de las circunstancias, por mera necesidad. Están movidos a hacerlo, por así decirlo. Son muy valiosos ellos, porque son realmente pocos, y muy adaptables.
-No entiendo qué tiene que ver eso que me estás diciendo, con los sentimientos que nosotros sí podemos tener.
-Saca tus propias conclusiones. Sólo me limité a decirte la verdad, al menos la que podía decirte.
-Bueno.
Después de un tiempo meditando y sin sacar nada en claro, Sutten dijo.
-No entiendo, pero no importa. ¿Cuál es tu "objetivo"?
-Somos guerreros, somos muy buenos en eso. Sabemos ocultarnos, sabemos pelear. Nuestro objetivo tiene que ver con eso, lo sabemos, pero no estamos del todo seguros de cuál es.
-¿Y por qué dices que es un objetivo central, y que es inamovible?
-Es la base de todos mis pensamientos, así como los del tuyo es la supervivencia –explicó el alinenígena como si fuera lo más normal del mundo-. Nuestra concepción del funcionamiento de las cosas va cambiando de forma que nos sea más apto cumplirlo. Es extremadamente simple.
-¿Y cómo puede una especie sobrevivir, si no tiene eso como base? –preguntó Sutten con mirada perpleja.
-Eres realmente tonto, difícil de creer que hayas podido escapar con celeridad de tu sistema planetario –se mofó el alienígena-. Todos nuestros tipos COMBINADOS, resultan en ese mismo objetivo, la supervivencia, pero individualmente no es de esa manera.
-¿Entonces dependen absolutamente unos de los otros?
-Sí. Individualmente sucumbiriamos, aunque, como individualmente tampoco tenemos como base la supervivencia, no nos importaría demasiado el morir.
-Creo entenderte un poco más.
-Eso dice cosas buenas de tu especie.
-Me alegra que uno de los tuyos lo confiese.
-¿Y por qué ahora sí me estás contestando a lo que digo?
-No sé. Ni me importa.
-Eres una contradicción andante, mi amigo.
-Al contrario, somos seres perfectos, de infinitamente mayor complejidad que vosotros. Es absurdo que trates de aleccionarme, es como si un niño tratara de retar a un político alegando que es mejor para dirigir a las masas que él.
-Con esa presuntuosidad, no haces más que poner en evidencia tus innumerables defectos.
-Se acabó la discusión, ahora, no te muevas.
Inmediatamente, sintió Sutten que cualquier movimiento que efectuara, sería inútil. Había sido inmovilizado de alguna manera, tal y como en su sueño: tal era su parálisis, que hasta el respirar se le hizo dificultoso. Y, repentinamente, todo se desvaneció para él.
***
Entonces ocurrió todo aquello que ya había sido mencionado en otro lugar, y que no hace falta narrar en este mismo, al menos no en con un nivel de detalle como el que había tenido en ese otro lugar. Pasó que Adam Risseflant descubrió, asombrado, que John Sutten no era John Sutten, su superior, sino otra cosa... algo muy diferente y extraño, que nunca jamás habría imaginado que podría llegar a existir, aunque sí que conocía la idea de un ser aproximadamente semejante al que ése era. Se trataba de un alienígena verdecino de un planeta ubicado en una estrella a cerca de trescientos mil años luz, casi en el otro extremo de la galaxia. Lo más inverosímil, extrafalario y alucinante había sido que había mantenido una extensa conversación de más de una hora con susodicho exótico ser, y habían discutido sobre cuestiones metafísicas cual si de viejos chochos griegos se tratara. Sutten entonces se había sorprendido sobremanera, pues este extraterrestre le pareció muy sabio, y tenía muy claras asuntos en los que a él le costaba terriblemente mucho discernir, y no tenía sentido gran parte de lo que éste decía, en lo absoluta, a pesar de que John reflexionara una y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez sobre lo mismo, él, con la increíblemente ingente capacidad mental que poseía, que era aún mayor que la de la gran mayoría de las personas que eran partícipes del período de la historia que estaban atravezando, que tenían un promedio en cuanto a rapidez cerebral muchísimo más grande que el de ese mismo planeta, la misma especie, pero varios siglos atrás; pero que sin embargo, él, un genio entre genios, creía, por algún motivo místico, él, precisamente él, tan descreído de todo el absurdo ocultismo, que había algo de verdad en todo eso.
El caso fue que habían discutido sobre la vida, sobre cómo una estructura invadía a otras, y sobre la incompatibilidad de la subsistencia de ambas al mismo tiempo. Como consecuencia de esa conclusión a la que, al parecer, había llegado la creatura aquella proveniente de aquella región tan ignota y alejada del cosmos y de la de todos los que eran congéneres suyos, o al menos una gran parte de ellos, los suyos, es decir, los humanos terrícolas, debían morir por causa de ellos, o bien resultar esclavizados y firmemente controlados, útiles sólo como un apoyo más para seguir en la cima. Por eso mismo, John Sutten había sido secuestrado, y ahora le tocaba el turno a Risseflant de serlo.
-Son unos malditos, ¿lo sabían? -rugió Adam.
-Como digas.
-No, como diga no -discrepó Adam-. Tienen un grave problema. Problema mental. Un buen golpe en la mollera les vendría de lujo.
-Soy de tu misma opinión -dijo sardónico el extraterrestre-. Ahora no te muevas más, que te vamos a inmovilizar.
-¿Por qué? -preguntó sorprendido Risseflant-. Ya bajé el arma. No tengo ninguna opción, aunque no me guste.
-Bueno, tu arma no importa un comino. Pudimos haberte inmovilizado en cualquier momento, predecidiendo cuándo ibas a disparar en base a tus movimientos faciales y corporales, si es que te habrías atrevido, y detenerte.
-¿Entonces por qué? ¡Por qué?
-Así es el protocolo –contestó el alienígena-. Los que son juzgados por la ley deben ser inmovilizados.
Adam suspiró de puro odio.
-Bueno, adelante, inmovilizenme, malditos engendros -gritó Adam con vehemencia-. Les daré su merecido. Preparen bien sus ojetes, porque padecerán casi tanto como ustedes.
Entonces se escuchó el sonido como de un globo pinchandose, y de la boca del humano comenzó a salir sangre a borbotones.
-¡Mierda, se mordió la lengua!
Risseflant empalideció repentinamente, mientras caía estrepitosamente al suelo, a la par que expulsaba sangre cual si de caudalosa catarata se tratase. Su cuerpo comenzó a temblar espasmódicamente, y habría sido terrible contemplarlo.
-Si sigue así, morirá.
CHAN CHAN
Sobre la pereza
Sobre la pereza
Camilo Estronshot estaba sentado en una silla; con las piernas estiradas y relajadas; la columna vertebral recta y en posición de descanso; la nuca apoyada en un extremo de ésta; y los brazos extendidos a ambos lados del asiento. Estaba tan aburrido y tan impertérrito y fuera de preocupaciones que por un momento creyó que se iba a dormir, a pesar de encontrarse en su trabajo. Pero no le importaba, ya que su cabeza no estaba lo suficientemente activada en aquella circunstancia como para darse cuenta de lo graves que podrían a llegar a ser las consecuencias. Esta increíble falta de preocupación también se podría deber a la casi inutilidad de su presencia en el lugar donde ejercía su deprimente empleo, pues no había habido ningún caso de asesinato en más de dos años y medio, y si no ocurría ninguna muerte sospechosa transcurridos muchos más meses, más era probable que su sueldo terminara por ser aún más rebajado, cosa que era de temer para nuestro joven detective; que por ese motivo deseaba desde lo más profundo de su corazón que alguien resultara fallecer por razones desconocidas en un intervalo corto de tiempo, comenzando el conteo a partir de aquel instante en el que se encontraba.
Le haría excesivamente bien a su economía si tal cosa sucediera.
Camilo Estronshot era un joven de treinta y dos años, llevaba una barba sin cortar, aunque no demasiado larga: había tenido que ser una persona bastante lampiña; su nariz era de unas magnitudes bastante considerables, pero no se podía decir que fuera alguien completamente narigón porque no era de diámetros tan enormes como para poder catalogarlo como tal; sus labios eran algo finos y no tenían ninguna propiedad que fuera necesaria recalcar; llevaba el cabello algo largo y todo tirado para atrás bien a la antigua; y vestía una campera negra de cuero, unos pantalones de jeans y unos zapatos negruzcos. Era alguien que muy a menudo pecaba de perezoso, no obstante era bastante jovial con las personas que lo rodeaban y generalmente sacaba buenas conclusiones en la mayoría de los casos en su trabajo.
Fue en ese entonces cuando, inesperadamente, llegó aquella feliz noticia que tanto esperaba Camilo Estronshot. Mientras estaba apunto de cerrar los ojos por completo para sumirse total y definitivamente en el más que maravilloso mundo de los sueños, una sombra de un hombre alto y robusto entró en la oficina, provocando que los abriera en un instante.
—Te ves tan bien descansado..., como siempre, Camilo —dijo Juan Ramírez, un humano formidable de estatura y con una musculatura perfectamente esculpida que le daba una imponente estampa.
—¡Oh, cállate! —farfulló Camilo, bastante molesto—. Ahora no me vengas a decir que tú eres un trabajador demasiado sacrificado.
A Juan Ramírez no le pareció afectar mucho ese comentario. En realidad nunca le perturbaba nada.
—Todo parece indicar que tus días de vagancia han terminado —anunció con su pastosa voz.
—¿Qué quieres decir?
—Encontraron a una pareja muerta en la plaza Frosternair —respondió Juan Ramírez sin denotar emoción alguna en su pétrea faz, para la descomunal alegría de Camilo Estronshot— y todo parece indicar que se trató de la típica pareja de jovencitos enamoradizos enfrascados en dantesco trío.
—Muchísimas gracias por informarme de este asunto —dijo Camilo Estronshot intentando con todas sus fuerzas ocultar su sonrisa (no era muy prudente burlarse de los muertos)—, tomaré el caso.
—Bien, si necesitas algo pégame un grito —dijo Juan Ramírez mientras saludaba con una mano.
—Te pegaré más que un grito si no me dejas trabajar en paz —dijo Camilo, que se había echado a reír—. Mira que este día me siento de muy buen humor.
El lugar en que los hechos habían transcurrido era una gran plaza que se encontraba a aproximadamente media ciudad de en donde estaban. Camilo iba sentado en un asiento de su FIAT modelo seiscientos, una versión de automóvil vieja y anticuada; pero a él no le daba mucha importancia eso, ya que no se consideraba un gran fanático de los coches, ni tampoco le era grato transportarse por medios de vehículos tan cómodos, aunque quizás el que poseyera un auto de tan baja calidad se debía más bien a su extrema falta de interés hacia gastar grandes cantidades de dinero en asuntos de dicha jaeza. Aunque a él realmente no le atraía demasiado la idea de poseer buenos y lujosos medios de transporte, le causaba bastante placer manejar por las calles, recorrer los locales y los edificios, apretar el acelerador para ir un poco más rápido; doblar en las esquinas; escuchar las bocinas; sentir el sol en medio del rostro; percibir una agradable brisa en los antebrazos; respirar unas bocanadas de aire puro mientras el viento mecía suavemente sus cabellos.
Por fin, después de tantas escenas inútiles, Camilo Estronshot había llegado a la escena del crimen. Rodeada por una inmensa cinta policial estaba el centro de la vasta plaza Frosternair, y por el resto de ésta se podía pasear tranquilamente con la familia, con amigos, con una mascota o solo.
Ambos cuerpos se habían encontrado intactos, enterrados a solamente dos centímetros de la superficie de tierra; éstos se hallaban en un estado de putrefacción media, es decir que se podía dar un calculo a simple vista del tiempo que llevaban muertos de unos dos días aproximadamente; y alrededor de éstos y a doscientos metros a la redonda se podía notar el terriblemente asqueroso olor que los cadáveres, otrora humanos bióticos, despedían. Camilo se acercó con un pañuelo en la nariz, pasó por encima de la cinta de la policía y miró con una mueca de desagrado aquella repulsiva imagen.
Los forenses iban equipados con sus habituales guantes de látex, sus bolsitas con cierre a presión para las evidencias, tizas blancas para marcar los lugares donde fueron encontrados sendos cuerpos, entre otras herramientas, como por ejemplo tijeras, bisturís y gasas. Luego de que hubieran recogido todas las evidencias posibles y que desnudaran los cuerpos inertes por completo los llevarían a la morgue para realizar una autopsia, pero antes de que sucediera aquello Camilo deseaba investigar a fondo la escena del crimen, pues era crucial hacerlo si lo que quería era realizar una fructífera investigación del caso.
—Estos no fueron encontrados así, ¿o sí? —le preguntó Camilo a un forense mientras se rascaba la pera.
—Claro que no —le contestó— ellos estaban enterrados en una finísima capa de tierra de tan sólo dos centímetros.
Camilo observó al instante que la tierra que rodeaba a las víctimas estaba algo corrida y que la ropa estaba impregnada de polvo.
—Me imagino que es algo completamente innegable para todos de que el homicidio debió haber ocurrido a la noche, quizás entre la una y las cuatro de la mañana, y que el o la asesino o asesina debió haberlos matado rápidamente y en silencio, y hacer un entierro improvisado —reflexionó Camilo mirando a un perito que le devolvía la mirada anonadado, como preguntándole qué quería de él.
“Habría sido mejor que el ministerio de seguridad me hubiese asignado un asistente con el que discutir todo esto, bien a lo Sherlock Holmes y Watson, pero como éste es un pueblo tan pacífico no lo creyeron muy necesario” pensó Camilo arrodillado frente a las víctimas y observando cómo los forenses hacían la tarea para la que habían sido contratados.
La blusa que llevaba puesta la víctima mujer poseía en su interior un celular BlackBerry, unas cuantas monedas (se podía colegir que las había llevado con el fin de viajar en colectivo), un billete de veinte pesos viejo e invadido por centenares de pequeñas arrugas, además de un juego de llaves adornado con un adorable llavero con forma de corazón. Todos estos objetos fueron colocados en bolsas herméticas con sumo cuidado, al ser considerados como pistas fundamentales en la pesquisa, y se colocó una etiqueta en cada una de éstas en las que se escribió con un marcador indeleble negro la palabra del castellano “EVIDENCIA”.
Un hecho considerablemente curioso tanto como para Camilo como para los forenses fue que la víctima de sexo masculino no llevaba ningún elemento tecnológico o de ninguna otra naturaleza en su abrigo de cuero más que un par de centavos, suficientes para realizar un corto recorrido en autobús. Por lo general, las personas solían llevar consigo algún celular, algo de dinero o, por lo menos, llaves que permitiesen hacerlas retornar a sus hogares.
El Sol estaba brillante en el medio del despejado cielo, tirando todos sus rayos infernalmente calientes sobre la desgraciada nuca de Camilo, que inmediatamente sintió una innumerable cantidad de olas de calor recorriendo cada fibra de su ser, y le dio la sensación de que su hirviente sangre recorría sus venas tan deprisa que en algún momento éstas le irían a estallar en fragoroso estruendo. Entonces su garganta se comenzó a comprimir, señal de que era un ineludible y absoluto menester para una plena satisfacción personal ingerir algún líquido que suprimiera, aunque sea en proporciones mínimas, su terriblemente atormentante y abrasante sed. Por lo tanto cogió una botella de coca cola que previamente había comprado en un kiosco y bebió la sustancia que había en su interior con una desesperación casi innatural. Una inimaginable sensación de bienestar surgió en su corazón en el preciso momento en que el milagroso brebaje pasó a través de su deshidratada laringe. El resto de los agentes federales que se encontraban allí se lamentaron irreparablemente de no haberse acordado de comprar anteriormente algún tipo de bebida que apaciguara sus respectivos malestares, y observaron esta escena con mirada de bestia sedienta y voraz.
-¿Cómo crees que murieron? -le inquirió Camilo a uno de los agentes federales que pasaban por allí.
-Bueno... -el hombre se rascaba el cuero cabelludo con nerviosismo, mientras que su facciones reflejaban la misma concentración de los matemáticos al hacer sus intrincadas fórmulas-. Debió de haberlos matado alguien que conocía a la perfección la anatomía humana, cabe la posibilidad de que hubiese sido un médico o alguien que tuviese profundamente estudiado el funcionamiento del cuerpo..., quizás algún asesino serial muy observador, o algún otro hombre, quizás de mediana edad, con padres cirujanos..., médicos; no sé...
-Sí, se nota que no sabes -dijo Camilo tocándose la barbilla con gesto ceñudo-. Que los cuellos de sendas víctimas estuvieran perfectamente doblados y que no se pudiera percibir daño más alguno en ellos, no denota, de ninguna forma, conocimiento biológico de parte del agresor. Cualquiera sabe que de un golpe fuerte en la nuca, todo animal vertebrado expira como consecuencia de sucederle aquello.
-Puede, sí, que tengas razón... -porfió el mismo hombre-, mas hay algo que todavía no me deja demasiado convencido. ¿Cómo es que sus aspectos se mantienen así de tranquilas, con una apariencia tan relajada y apacible? Es la primera vez que observo semejante portento. Generalmente, sólo los cadáveres más ancianos son los que, ya fuera de este mundo, siguen mostrando una expresión similar; y ni estos últimos lo hacen si es que resultaron ser los infortunados blancos de un psicótico homicida. Nadie le sonríe a la parca, ni el más noble ni el más infame. La chica y el chico debieron haber muerto en el mismo instante, sin siquiera darse cuenta de que algo anormal estaba ocurriendo. El golpe que les dislocó el cráneo debió haber sido ejecutado por una mano desmesuradamente diestra; no puede haber otra explicación al asunto.
-¿Y qué tiene que ver todo eso que me explicaste con tener conocimientos del metabolismo de los humanos? -preguntó Camilo.
-No sé, simplemente tengo esa sensación -contestó el contertulio del inspector-. Si el muchacho y la muchacha no tuvieron tiempo siquiera para darse cuenta de lo que les estaba por deparar el destino, entonces todo tuvo que haber pasado fugazmente...
-Bah, sólo sabes emitir esas sandeces tan características de los estúpidos como tú -lo interrumpió Camilo-. Pero, aún así, quiero saber tu nombre... ¿cómo te llamas?
-Ricardo.
-Bien, Ricardo: eres un idiota -dijo Camilo escupiendo al suelo-, se nota que sólo te pagan porque sabes recoger cosas del suelo y guardarlas en una bolsa. Deja de hacerte el inteligente y haz tu trabajo.
-Pero, yo estaba respondiendo a su...
-¡Cállate de una vez y haz lo que te digo!
Ricardo pareció mirarlo con un marcado desdén, pero en nada protestó por la brusca forma en la que se dirigió Camilo a él.
Una nueva ola de viento tórrido azotó a los presentes, que contemplaban su situación y protestaban silenciosamente, exasperados, de lo mala que era, y que por poco terminarían como la pareja de mozalbetes, la que a pocos pasos de ellos estaba, si pasaba que no encontraban con celeridad algo con lo que hidratarse y refrescarse vehementemente sus rostros, que exudaban, estreñidos, el cristalino sudor que deleznable fragancia les estaba provocando.
-¡¿Qué prodigio de la providencia puede estar causando semejante martirio en nosotros?! –se lamentaba en silencio uno de los presentes, uno que había estado en un constante trajinar y cuyas venas casi estallaban de lo rápido que habían latido.
Pero su interrogante quedó sin contestación.
Aquella noche, Camilo no pudo dormir bien. Se rascaba su cuero cabelludo con constancia; pues algo lo inquietaba en demasía, que era aún más perturbador al ser eso algo desconocido, no identificado y registrado por su ingenua, impetuosa y ociosa mente. Quizás, al final de todo, Dios sí castigaría a los pecadores, mandándolos a angustiarse durante toda una infinidad en el Tártaro, y él no tardaría en ser juzgado como lo impío que era, que con tanto descuidado y negligencia trataba todo cuanto ante él se le interponía...; no, eso se lo dejaba a hombres de mentes más imaginativas que la suya. Un escéptico no debía temer lo que no existía, y alguien objetivo consideraría lo que sí existía, para realizar sus análisis y deducciones. Pero ¿qué existía y qué no? Los filósofos, desde siempre, negaron la realidad rotundamente, al creerla incierta y poco verídica, pero Camilo, que a veces había disertado en el asunto, sabía que aquellos antiguos hacían que las palabras se comieran a sí mismas, en el sentido metafórico de la expresión. Ciertamente, pero, ¿por qué elucubraba en aquello? No era un intelectual, y tenía un misterio por resolver, y éste definiría su condición económica y social. ¿Por qué la incertidumbre lo roía cual cruenta carcoma que no se inhibe ante el ingente tamaño de un árbol, y lo deshace hasta la última partícula? ¿Por qué el remordimiento se estaba apoderando de su corazón, un remordimiento que nunca había sentido, y uno que nunca creía que iría a sentir?
Una hoja de papel estaba sobre una mesa de madera, y Camilo estaba sosteniendo una birome azul. Hacía calor, y por eso un ventilador estaba vibrando allá arriba, en su techo, con sus aspas metálicas dando vueltas sin parar, semejando al girar a un molinete sostenido por la regordeta mano de un cándido infante.
La mirada del detective se quedó abstraída, vacía: prisionera de ideas incoherentes, inconexas y descabelladas. Su madre, si estuviera viva, estaría decepcionada de lo que estaba haciendo, puede que incluso irritada, no sería de extrañar que aquella, que ante cualquier cosa se impacientaba, profiriese con sus habituales chillidos una inaguantable retahíla de insignificancias que poco bien le harían a sus atormentados oídos. Había sido una buena mujer sí..., estúpida e histérica, pero buena a fin de cuentas, y no se podía decir que muchos en el universo hubiesen sido mejores que ella.
¡Y de vuelta había caído entre las redes de la desconcentración! Definitivamente, tendría que haber alguna especie de hechizo que hacía que no se pudiera focalizar en los cuestiones sobre las que era un requisito que lo hiciera si lo que buscaba era ganarse el pan y sobrevivir de esa manera...; y ésta una magia sin lugar a dudas poderosa, era. Podía ser que la falta de práctica había ocasionado que se denostaran sus habilidades como indagante, o que sencillamente no hubiera nacido para desempeñar el rol para el que, creía antes, había sido concebido.
Entonces se percató de algo. Deliberar en el mismo pensar no lo ayudaría en nada en su incursión mental al caso del que él era el principal partícipe. Incluso aquello que estaba haciendo en ese momento no era más que algo que sólo podía estorbar; al ser tiempo despilfarrado, tiempo en el que podría haber ahondado en el tema que sin lugar a dudas le atañía, y verdaderamente le concernía.
El asesino... En él debía centrarse Camilo, pues. ¿Qué métodos utilizó y qué fue lo que lo llevó a matar de esa forma tan particular? ¿Era un envidioso del amor, o un lunático obsesivo de los noviazgos y el arte que con sus muertes podría crear? Se sabía que había hombres de todos los estilos, siempre podía surgir una nueva rama de ellos e innovadores motivos para cometer crímenes, no le sorprendería que prontamente se descubriese que una persona mataba a otras para coleccionar sus orejas, al considerarlas enigmáticas y curiosas.
Un sempiterno océano de posibilidades se abrió ante él, y su vastedad por poco lo dejó obnubilado. Debía decantarse por alguna de ellas..., siguiendo la analogía, se podía decir que lo que hacía era como tratar de encontrar una pelusa, una pluma o, aún mejor, un átomo, en susodicho mar, siendo muy difícil al ser lo espacioso que era, y al haber tanto más de lo ignorado allí.
¡Y seguía con sus malditas comparaciones!
Una brisa fresca venía de algún lugar. Camilo alzó la cabeza y recordó que estaba prendido el ventilador. Se frotó el pecho, se dio algunas palmadas en el vientre, que de tan poco se había alimentado recientemente, y apagó la maquina que repiqueteaba y martilleaba sus sesos incesantemente, por encima suyo. Además, había descubierto que tenía frío, aunque la ventana que tenía al lado estaba cerrada. No tardó este intrépido personaje en interpretar todo lo recién ocurrido como un pésimo síntoma: inconveniente era el mundo exterior, aunque más apetecible y reconfortable que el interior, que era el que lo haría triunfar en las dos facetas. Se sentía entonces Camilo como Eva cuando la providencia le ofreció, amistoso, el árbol cargado con crujientes manzanas, pero advirtiéndole antes que no le sería provechoso aceptarlo. Y aún así ella, la desdichada, y la, ¡oh, más que desdichada!, se rindió a sus instintos atávicos, aunque tentada también por un exótico reptil parlanchín, y probó el manjar que la haría, a sí misma y a toda su descendencia, desgraciada para siempre.
Camilo se rió de lo patético que era. Un vaso de agua fresca podía hacerle algún bien, pero nada como lo que realmente tenía que realizar, y así lo había decidido. No satisfizo su garganta y prosiguió con su cometido.
El agresor era alguien rápido. Sí, quizá sí había algo de verdad entre la sarta de idioteces que Ricardo había proferido. Un atleta, algún fanático de las aventuras que anhelaba el riesgo y carecía de moralidad. Si uno creía, y tenía una firme convicción en ello, que la ética y lo demás no eran otra cosa que una maraña de mentiras, algo que cambió en cada época según los intereses sociales y que, por ende, no era de valor real alguno, ¿había algo mejor, acaso, que demostrarlo?
Camilo, que tenía los ojos rojos y los labios resecos, se rascaba el cabello, le picaba la cabeza, y estaba muy nervioso. No entendía por qué estaba considerando opciones tan remotas e inverosímiles, y no estaba seguro de si no era él el loco que estaba tratando de descubrir, o si no era él al que deberían de meter preso... Sus ideas eran excesivamente demenciales como para siquiera no generar mínimas sospechas sobre su propia persona.
¿Por qué los rostros de los fallecidos tenían el semblante así de indiferente? Había algo raro detrás de todo aquello, algo que no le gustaba, pero que irremediablemente le atraía: como una inocente estrella que no puede evitar acercarse lentamente, con timidez, a un agujero negro que no es capaz de ver, le ocurría que se sentía.
Quizás, aunque sólo quizás, estaba haciendo complicado algo que era increíblemente sencillo en demasía, tal y como aseveraban sus colegas, aquellos con los que hacía su trabajo. No había complejidad, por regla general, donde había una pareja exánime y de tez muerta, en el noventa y nueve por ciento de las veces resultaban ser las víctimas de algún envidioso ex novio de la muchacha agredida en cuestión, sería raro que fuera de otra índole todo.
Los factores extraños acá eran pocos, pero los había, y en ellos debía profundizar Camilo, el tan poco profesional que casi nada le interesaba. Habría de enumerarlos para de esta forma acomodar sus pensamientos, que corrían aceleradamente en cientos de direcciones diferentes, aclararlos y sacar conclusiones al respecto.
Entonces se acordó de que tenía los elementos necesarios para anotar a su alcance. Los tomó y comenzó con su tarea, aquella que hace algunas horas debería haber empezado para un expeditivo y eficaz labor en su acomodamiento de premisas. Y primeramente puso: escasez de recursos en el sujeto de sexo masculino; luego, quebradura de la médula ósea presente en sendos individuos; acto seguido, expresión en la cara algo relajada y plácida en ambos (y "como si todavía estuvieran disfrutando de la presencia del otro" acotó al lado); después, minutos después, exterminio al aire libre. Esta última no supo bien por qué la había escrito, pero pudo intuir que había sido simplemente porque no le era grato dejar tan pocos componentes; ya que eran comunes los homicidios a campo abierto, aunque no a campo abierto y de esa peculiar manera (si es que podía hacer incrementar la extrañez).
El paso siguiente era unir todas estas conjeturas en una única hipótesis que resumiría y zanjaría este tedioso y estresante tema de manera perentoria.
Todavía no había imaginado la alternativa de que el asesino fuera un ladrón, la cual explicaría el hecho de que el hombre muerto tuviera encima suyo poco objeto de valor que fuera digno de renombrar. Pero, en ese caso, ¿por qué no había buscado también en los bolsillos de la mujer? Más si se había tomado la labor de enterrar los cuerpos, poco le habría costado, comparado a eso, tomar lo que la chica tenía. Además, los que robaban solían llevar siempre consigo alguna navaja, o alguna otra arma blanca con la que amenazar.
Podía ser también que este malhechor hubiese visto cómo el hombre se colocaba una alhaja en su bolsillo, quizás hasta tenía un anillo con el que pensaba hacer comprometer a su novia en el sagrado matrimonio. Los dos novios, tan enzarzados en su mutuo amor como seguramente estaban, no se dieron cuenta de la llegada del asesino en ningún momento, pues, además, éste se debía haber movido flemáticamente, con precaución, no se habrían escuchado sus pasos rebotar contra la tierra, ni se habría visto su sombra reflejada en alguna luz.
Y en ese preciso instante se cayó el cielo.
Las gotas caían por todas partes, empañando al vidrio de una forma en que nunca se había empañado. A Camilo no se le ocurrió hacer otra cosa más que alarmarse y desesperarse, mirar a un lado y a otro, con los ojos bien abiertos, paranoicos, recorriendo derredor a la misma velocidad con la que los automóviles avanzaban en las carreras, precipitándose en la recta final. El sonido del agua cayendo estaba inundando su cerebro, y retumbaba en cada rincón de su cráneo con una potencia devastadora. Se levantó entonces, y corrió de un lado para el otro, vociferando estentoreamente incoherencias que ni él mismo comprendía.
Y vino un relámpago que azotó la habitación, y todo cuanto había se estremeció con brutalidad. La ventana se hizo trizas, y volaron incontables segmentos de vidrios, que causaron tanto temor en Camilo, que éste se vio obligado a bajar de su recinto, recorrer con la mayor celeridad posible las escaleras, mientras se podían percibir cuantiosos clamores. Parecía ser el apocalipsis, y parecía que Dios finalmente castigaría a los pecadores, condenaría a los que habían osado transgredir sus normas a una eternidad plagada con los más indescriptibles suplicios que un alma en llamas podría padecer; y parecía que todo iba a darse vuelta, que el mundo iba a colapsar, que todo se iba a destrozar, todo iría a tener terrible desenlace; y sólo los buenos, los puros, los castos y los abnegados se salvarían yéndose gloriosamente al idílico éter que arriba de todo, junto al Señor que en todos lados estaba, se encontraba. La desesperación se hizo dueña de las riendas de todo su ser, y su corazón palpitaba como si fuera a dejar de hacerlo en cualquier instante.
La música comenzó; los violines entonaron su melodioso y luctuoso canto, las cuerdas vibraban, las trompetas, trombones, saxofones y flautas endulzaron esta alegre endecha, y las bocas se abrieron y el mirífico sonido salía de ellas como si de una catarata multicolor cayendo a mansalva sobre el espíritu, animándolo y reconfortándolo, se tratase.
Camilo estuvo en la superficie, en el suelo frío y mojado. Observaba, entonces, alrededor de él, y veía todo cuanto había cerca suyo. Todo estaba podrido, todo estaba deshecho y malogrado, si es que no había estado así desde antes de eso, o si era que no había sido alguna vez de otra forma.
Camilo captó un murmullo en lontananza. Semejaba al tañido de los ruiseñores aquello, aunque no era exactamente lo mismo. Este homo sapien tenía miedo y temblaba ostensiblemente, augurando las calamidades que le avecinaban. El sudor cubría cada poro de la piel que recubría su cuerpo y la lluvia copiosa había amainado hasta transformarse en una suave llovizna. Se sentía el aliento de la vida, aquel perfume único que siempre iba a florecer, entre el orden y el desorden.
Algo estaba barriendo con todo. Los edificios, las plazas, las casas, hasta las nubes mismas llegaba aquello de lo alto y aterrador que era. Una vez que hubiese alcanzado a Camilo, todo habría terminado.
Lloró entonces el detective, no habiendo encontrado la solución de su caso. No había llegado a tiempo, y ya era demasiado tarde para lamentarse. Y las lágrimas cayeron en las baldosas de cerámica, y todo era negro a su alrededor, y todo estaba llamas, y todo estaba anegado..., antes del fin. Nunca más oiría el noticiario en la mañana, ni tomaría un té por la tarde. Nunca más se recostaría en su silla, con los pies sobre su mesa ni se reiría de comentario casual alguno.
Y ahora sí que era su fin, y así que todo se esfumó como había aparecido.
FIN
Cercos del destino
Los astros navegan en el espacio
Girando eternamente, como un molinete
Cercenado mi espíritu,
Atormentado mi corazón,
No he de tener descanso desde ahora
Ya no hay palabras que puedan describir mi dolor
Lejos de mi casa, lejos del amor
Ya no hay nada que apacigüe mi locura
No hay nada que pueda dar fin a mi tortura
En este desolado mundo no he de tener paz
Hasta el fin de mis días
Fantasmas
Esos que erran por los pasillos
y asustan hasta a los más viejos,
vagan, gritan, desesperan y lloran, así son ellos
Blancos como la nieve,
Terribles como la noche,
Ya no hay quién los salve,
Cualquier intento es derroche
Sus ojos muertos
Lloran bajo la luna,
bajo los cuatro vientos
Espantando a todos por la zona
Sus sueños están ya quebrados
y sus cuerpos no están en este mundo
Navegando eternamente, resquebrajados
Sin ninguna esperanza, como forajidos
Me gusta
Me gusta tu olor, tu poesía
Verte mover con elegancia
Sentir tu aliento, tu respiración
Vos sos para mi como una alucinación
Me gusta ver tus colinas
Que a mi lengua le resultan muy amenas
Escuchar tu melodioso canto
Que siempre me deja volando a lo alto
Me gusta tu boca,
Cuya fisura siempre me provoca,
Saborear tu pastizal,
Ese es el deseo más universal
Me gustan tus ojos,
Que resplandecen a lo lejos,
Extasiarme entre tus gemidos
Y luego dormir en la cama, unidos